martes, 5 de junio de 2007

UNA POSADA ENTRE BRUMAS INGLESAS


Cuando lord Jim llegó a la posada la niebla se había extendido por el valle y no se distinguía nada a menos de un palmo. Aunque era temprano, ya había oscurecido en el duro invierno inglés. Estaba citado con lord Sinclair , que ya le esperaba tomando una espumosa pinta de cerveza. Con una señal, le hizo entender al posadero que cenarían en el reservado de siempre y que no querían que nadie les molestara.
--Ya sabes por qué estamos aquí-- dijo Jim mirándole a los ojos y esbozando una sonrisa.
Sinclair se fue a matar al cabrito como habían hecho otras veces y dibujaron en el mugriento suelo del hostal un pentáculo con su sangre. Dentro de él harían la invocación habitual. El ritual se acompañaba con la ingesta de unos brebajes que el propio Jim preparaba con ayuda de las brujas de la comarca. El líquido tenía un efecto euforizante. Y ellos habían llenado sus pipas con opio para toda la noche. Invocaron a la luna, a los espíritus, a los dioses paganos, al Diablo, a Fausto, a Mefistófeles, a Belcebú, al Grandísimo Cabrón de los Bosques... Cuando se despertaron, al mediodía del día siguiente, estaban en la cama juntos y sudorosos. Habían pedido al Maligno prosperidad en sus negocios, alcanzar una posición social elevada y poder en la vida política. Décadas después volvieron a verse las caras en la misma posada. Nunca lograron la influencia deseada. Por contra, se habían quedado atrapados como espectros para siempre entre los muros del hostal y se distraían asustando a los viajeros. Refrán: Quien juega con el diablo acaba matando moscas con el rabo.

martes, 29 de mayo de 2007

PARÁFRASIS DE UN POEMA CLÁSICO

Es aún temprano para nuestro pequeño mundo, pero, escúchame, ha llegado la hora. No te miento. Realmente ahora empieza la vida y, escúchame, se han acabado las lágrimas. Sí, soy yo el que abre cada día los pestillos de la noche y deja entrar todas esas estrellas pequeñas y azules en el dormitorio. Escúchame bien, porque lo que te voy a decir no te lo ha dicho nadie hasta el momento. Abre de una vez esos ojos cansados. ¿No te acuerdas? Un día empezaste a andar, en aquella playa primera de tu vida. Un paso tras otro y --escúchame-- llenos de titubeos. Y te diste cuenta de que el sol te quemaba la piel desnuda, tan desnuda como mi alma ahora. Y parecía que nunca aprenderías a andar como los demás. Pero, escúchame, tus pies hoy van más ligeros que nunca. Y las alas han crecido, escúchame, de tu propio cuerpo. Yo solo he puesto el escenario, algunas palabras, algún beso, pero, escúchame, que lo que comienza ahora es tan difícil como lo era al principio del mundo. ¿Me escuchas? Soy yo el que ama y tiene miedo, el que teme --escúchame-- que el firmamento se le venga encima y le parta la cabeza un día. Pero tienes que oírme, porque si no me entiendes mañana no habrá pan, ni sol, ni música que compartir, ni amor. Escúchame, porque soy yo quien grita en lo interminable. Escúchame, porque de lo contrario no habrá más que un estremecedor silencio. Escúchame porque soy yo quien dice escúchame frente a este precipicio en el que ni tú ni yo vamos a caer. Refrán: Cuando dos se entienden, los corazones se encienden. .

martes, 22 de mayo de 2007

PAISAJE DE MUJER PELIRROJA CON MOCHILA

Muchas mañanas, cuando tomo el camino de la avenida de Pierre de Coubertain me topo siempre con el mismo paisaje humano. A veces, cuando salgo de mi casa me precede una mujer pelirroja, con una mochila a la espalda. A lo largo de toda la avenida parece que la sigo, pero no, en realidad simplemente tomamos el mismo camino. En ocasiones, pienso a qué se dedicará, por qué como yo, toma ese sendero, con esa melena ondulante, esos ojos pequeños y una leve sonrisa. Y hay días en que quiero pararla, invitarla a un café, pedirle que se detenga y con ella el tráfico y la prisa. Pero prefiero su misterio, la magia de la mañana mientras la brisa golpea contra la cara. A veces si el misterio se rompe, la realidad nos hace detritus y pudre todo lo que toca.
La pierdo de vista por Isabel de Moctezuma, entonces aparece una chica, también pelirroja, que todos los días acompaña a una niña al colegio. Mi cabeza vuelve a distraerse. La niña pequeña habla con ella. Van a contracorriente. Las pierdo. Entonces veo a la mujer pelirroja que trabaja en el centro oftalmológico. Abre la puerta. La dejo atrás. Pasan ante mí otros rostros cotidianos. Como todos los días, algunas caras de palo y algunas sonrisas leves. En el quiosco, cerca de La Cruz, una chica rubia de media melena y chandal rojo. Siempre igual, parte del paisaje humano de la ciudad. Quisiera pararme, decirles algo, conocer algo más de su existencia, pero la vida y las obligaciones tienen más fuerza que todo ese deseo inútil. Refrán: No hay nada más liviano que el paisaje humano.