martes, 7 de agosto de 2007

¡VANESA MIRA CÓMO HAGO LA BOMBA!


Una visita a la piscina de la Ciudad Deportiva cacereña me ha abierto los ojos. Bueno, casi me los cierra de golpe un tipo de más de cien kilos que se tiraba sin parar al agua. El principio de Arquímedes es algo que no falla, haga la temperatura que haga. La verdad es que se estaba bien en la piscina, a pesar de ese tufillo franquista del graderío. Refrescarse es un placer en este tiempo. Yo trataba de acallar mi conciencia después de tantos meses de sendentarismo e inactividad. Pero me era difícil nadar: Había superpoblación de bañistas. Entre ellos, algunos adolescentes con las hormonas revolucionadas. Una socorrista muy pija y chula se les acercó y les conminó a deponer su actitud de saltimbanquis. Pero cualquiera le decía algo al señor orondo. El chavalote ya tenía unos añitos. Pero él hablaba a grito pelao :

--¡Vanesa, mira cómo hago la booooooooooooombaaaaaa!

Y bueno, chof, chof y splash... Es increíble el líquido que desalojaba el tío. Los que estaban al lado le miraban como diciendo: "¿De qué frenopático se ha escapado?". No tengo nada contra la gente de carnes prietas. Yo mismo luzco una barriga que si la vieran los de Nature House se frotaban las manos. Pero es que ese hombre no tenía complejos ni era consciente de que hacer "la bomba" en la piscina de la ciudad deportiva, con todo el público como testigo era algo ridículo. Yo, por contra, en cuanto salgo del agua tapo estas carnes que un día serán polvo. ¡Pero ese hombre no tenía pudor! ¡Qué suerte! Refrán: Lo que se han de comer los gusanos que lo vean los cristianos.

martes, 31 de julio de 2007

¿Y SI CÁCERES TUVIERA TRANVIA?

Durante mi estancia veraniega en Sevilla he descubierto que la ciudad está como loca con el tranvía. He de reconocer que es precioso y que la avenida de la Constitución ha quedado imponente sin coches. El tranvía sevillano tiene sus detractores y defensores, ya que la vibración podría afectar a la Catedral. Además, para evitarla hay que untar las vías con vaselina. Y ya saben; denle a los sevillanos las palabras tranvía , catedral y vaselina y tendrán el chiste y el chascarrillo asegurado. No lo duden.

Por eso me aventuro a imaginar cómo sería Cáceres con un tranvía; y el color de las líneas que habría.

Yo quisiera que hubiera una línea Nuevo Cáceres-Centro, para poder ir cómodamente a la calle Doctor Marañón a trabajar. Otra línea podría ser Aldea Moret-Llopis--Plaza de Italia. Sería la línea gris o la azul, porque ahora hay por allí unos baños famosos.

La línea glamurosa uniría el R-66 con la Sierrilla. Sería la línea dorada o plateada.

Una línea verde de tranvía podría conectar la ciudad con la Montaña. A la que recorriera la ciudad monumental podría tener color marrón piedra.

La delgada línea roja uniría el domicilio de Heras con el de Pavón y el de Vela .

La línea fantasma recorrería La Madrila los sábados por la noche. También habría una línea mortal para aquellos que se meten mierda en el cuerpo en vez de endorfinas. Bueno, habría líneas para todos los gustos, que no son más que la distancia más corta entre dos puntos. Refrán: La tercera vía a veces es un tranvía .

martes, 24 de julio de 2007

EL SÍNDROME DE LA RATITA PRESUMIDA


Una de mis lecturas veraniegas me ha descubierto el síndrome de la Ratita Presumida. De hecho, creo que soy uno de los pocos hombres que lo padecen. El síndrome es esa querencia que nos lleva a emparejarnos con quien acabará sin duda devorándonos o destruyéndonos. Por eso me permito recordar cómo fue aquella historia de la ratita.
La Ratita Presumida era más cursi que una perdiz con ligas, pero entre sus virtudes se encontraba el ser muy hacendosa. Una mañana muy luminosa se puso a limpiar la acera de su casa. Vivía --creo-- que por el R-66, aunque iba al centro de entrenamiento de El Perú de cuando en cuando. Esa mañana mientras barría se topó con una gran moneda de oro. Entonces decidió que iría al Eroski y se compraría un gran lazo azul para su rabo, es decir, para la cola que lucen todos los roedores, incluso las ratitas.
Lo atractivo del lazo la convirtió muy pronto en objeto de deseo de multitud de pretendientes.
Ratita, ratita... ¿Te quieres casar conmigo?, le dijo el ratón.
--¿Y por las noches qué harás?
--Dormir y soñar..., le contestó.
--No, yo quiero algo mejor.
Y vino el topillo y también se le declaró a la ratita.
--¿Te quieres casar conmigo?, le dijo agitando nervioso la trompilla.
--No, yo busco algo más...
Entonces llegó el gato aristogato.
--¿Ratita te quieres casar conmigo? Soy gato salvaje y macarra...
--¡Uy, sí!, le dijo la ratita.
--Te quiero tanto ratita... ¡que te comería!
¡¡¡Y se la comió!!!
Refrán: Tenemos una extraña querencia de amar a quien nos hará firmar de muerte la sentencia.