El teléfono sonó a las dos de la mañana de un domingo hace años. La voz femenina --visiblemente alterada-- preguntó por Abelardo . Era obvio que se avecinaba lo peor. Aquella chica a la que di mi teléfono con la ilusión de que alguna vez llamara, en medio de su crisis, había pulsado todos los números que vio en su agenda. Yo, cómo no, aparecí en la lista tras varias llamadas infructuosas al tal Abelardo, imagino.
--Me muero, por favor, estoy en la plaza, junto al Farmacia de Guardia.
--¿Pero qué te pasa? --Me muero, por favor, Abelardo, ven. No tardes ni hagas preguntas. Estoy en las últimas...
Cuando llegué a la plaza Mayor no había un alma. Noche cerrada y frío. Ni siquiera el taxi sempiterno que suele estar allí. Solo ella, mi secreta flor de deseo que se revolcaba sobre su propio vómito, con los coloretes desvaídos y la raya del ojo emborronada y corrida. La mirada estaba perdida y la posición, fetal. Bueno, tenía una melopea de campeonato, fruto del tequila y las cervezas indigestas de un domingo por la noche en un antro cuyo nombre da dentera pronunciar. Demasiado grogui para ir hasta el coche. Demasiado alcohol para apoyarse en mi hombro. Al final vino la ambulancia. Llegamos a urgencias. En el delirio seguía llamando a Abelardo y gimoteaba quejándose de su soledad. Cuando un café y varios inyectables la volvieron en sí, la metí en el coche y la llevé a su casa. No la volví a ver, pero creo que nunca olvidará lo bien que Abelardo se portó con ella esa noche Refrán: ¡Ay Abelardo cómo eres que no se olvidan de tu nardo!
Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
martes, 18 de septiembre de 2007
miércoles, 29 de agosto de 2007
PRÁCTICAS 2007
Los estudiantes de prácticas 2007, junto con los redactores Jaime Jiménez y Juan José Ventura. De izquierda a derecha: Jaime Jiménez, Ana Luz Manzano, María Saavedra, Juan José Ventura, Nacho Llanos, Cristina Román y Álvaro Rubio, en la Zona Zero de EL PERIÓDICO EXTREMADURA. Falta la redactora María Luisa Rodríguez, que estaba de vacaciones.
martes, 28 de agosto de 2007
LAS DIFERENCIAS ENTRE SERVIL Y AMABLE

Ahora que la asignatura Educación para la Ciudadanía está en el centro de la polémica me viene a la memoria una gran lección que aprendí de un profesor de instituto, en mis años mozos en Sevilla.
Don Matías era pacense. Durante toda su vida había explicado la asignatura de Industrias Mecánicas a aquellos cuya absoluta falta de destreza dibujando les obligaba a elegir esta optativa. Con la llegada de la informática tuvo que reciclarse y empezar a investigar sobre este nuevo ámbito. Abandonó sus explicaciones sobre fresadoras y máquinas de hacer tornillos y empezó a hablar sobre PCs. El entendía el respeto como algo recíproco entre profesor y alumno. Por eso quienes asistíamos a sus clases perdonábamos sus lógicas carencias formativas.
--Van a permitir ustedes que me quite la chaqueta..., decía cuando le caían largos goterones de sudor por la mejilla. Y esto, mientras hacía una temperatura de 40 grados en un aula que era un horno.
Un día, un alumno bastante golfo apodado Tarifa le ayudó a colocar la extensión de memoria en un Commodore.
--¡Tarifa pelota!, gritaron en el fondo.
Entonces don Matías se volvió, interrumpió la clase para explicarnos pausadamente la diferencia entre servil y amable. La verdad es que sirvió de mucho, porque aquel pícaro se apartó del mal camino y se especializó en Informática. ¡Cuánto lamento que esa lección magistral tuviera tan pocos espectadores! Me basta darme una vuelta para toparme con una legión de serviles y muy poca gente amable de verdad. Refrán: El servil es siempre vil .
Don Matías era pacense. Durante toda su vida había explicado la asignatura de Industrias Mecánicas a aquellos cuya absoluta falta de destreza dibujando les obligaba a elegir esta optativa. Con la llegada de la informática tuvo que reciclarse y empezar a investigar sobre este nuevo ámbito. Abandonó sus explicaciones sobre fresadoras y máquinas de hacer tornillos y empezó a hablar sobre PCs. El entendía el respeto como algo recíproco entre profesor y alumno. Por eso quienes asistíamos a sus clases perdonábamos sus lógicas carencias formativas.
--Van a permitir ustedes que me quite la chaqueta..., decía cuando le caían largos goterones de sudor por la mejilla. Y esto, mientras hacía una temperatura de 40 grados en un aula que era un horno.
Un día, un alumno bastante golfo apodado Tarifa le ayudó a colocar la extensión de memoria en un Commodore.
--¡Tarifa pelota!, gritaron en el fondo.
Entonces don Matías se volvió, interrumpió la clase para explicarnos pausadamente la diferencia entre servil y amable. La verdad es que sirvió de mucho, porque aquel pícaro se apartó del mal camino y se especializó en Informática. ¡Cuánto lamento que esa lección magistral tuviera tan pocos espectadores! Me basta darme una vuelta para toparme con una legión de serviles y muy poca gente amable de verdad. Refrán: El servil es siempre vil .
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