martes, 17 de noviembre de 2009

Imagen de Extremadura

Extremadura ha vuelto a los informativos de prime time y a los periódicos de tirada nacional. Como siempre lo ha hecho por malas noticias, tanto por intención como por contenido. La verdad es que estoy harto de esta visión tópica y reducida que se da de la región fuera de ella. Sencillamente porque es falsa. Y me molesta profundamente porque no soy extremeño y veo lo injusto que es ese tratamiento. En esta región las personas no se dedican a apalear burros, ni se ofrecen lecciones públicas de onanismo a los jóvenes. Sin embargo, es la imagen que al final va a quedar agazapada en los pliegues de las meninges de los ciudadanos del país tras estas dos semanas. Ni los andaluces somos vagos, ni los catalanes comerciantes, ni los extremeños rurales y agrestes. La simplificación es siempre injusta y en este caso muy casposa.
¿A quién le interesa que Extremadura dé esa imagen? Pues a todos los señoritos cortijeros que durante años han vivido tranquilos porque aquí no se levantaba cabeza. No podemos seguir haciéndoles el caldo gordo . Pido un puñetazo en la mesa para acabar con esto.
Es muy triste que cuando hablo con otros compañeros de Madrid o Barcelona sólo me pregunten por Puerto Hurraco o el botellón. En Galicia, por ejemplo, ha habido crímenes rurales aún más aberrantes, pero los medios los han olvidado ya. ¿Por qué?
Y ojo, no digo que todo en esta región vaya como una boda. Existen problemas como el paro y la cultura de la soba boba que son lastres muy importantes. Pero de ahí a sólo informar cuando pasa algo malo hay un abismo. Refrán: A palabras necias, oídos sordos.

martes, 10 de noviembre de 2009

Número oculto

Ahora que los políticos se tiran los trastos a la cabeza sobre la privacidad de las líneas telefónicas quisiera manifestar mi malestar con eso que se llama "número oculto". Desde hace unas semanas me llaman todos los días a través de ese sistema. La verdad que al principio no cogía el teléfono, pero fue tal la insistencia de quien hacía la llamada que descolgué el móvil. Mal asunto: cortaban nada más escuchar mi voz. Aquello empezó a escamarme. Además, las llamadas eran a horas intempestivas: las tres y media de la tarde, las diez de la noche, las ocho y media de la mañana...
Después, curiosamente, sólo se escuchaban una especie de jadeos femeninos, lo cual excitó mi imaginación a la par que mi irritación. Finalmente, mi interlocutor contestó. Era un hombre de voz grave.
--¿La señorita Virginia Ruano por favor?
--No mire, deben haberse equivocado porque evidentemente no soy yo. Por favor, dejen de llamarme.
--Disculpe, señor, le borraremos de nuestras bases de datos.
Pues menos mal que me borraron, porque al día siguiente me empezaron a llamar mañana y tarde. Me di cuenta que los supuestos jadeos femeninos eran debidos a algún error de la centralita automática desde donde partía la llamada. Hace un par de días le expliqué por enésima vez que yo no soy Virginia Ruano y me atreví a preguntarle que por qué querían localizarla y que si era de Cáceres. "Lamentamos no poder ofrecerle ese tipo de información, ya que es confidencial", me contestaron. Y me sigo preguntando por qué están permitidas en este país las llamadas con número oculto, método vil y torticero. Refrán: A quien te engañó una vez, jamás le has de creer.

domingo, 8 de noviembre de 2009

CIUDAD (Historia para un vídeoclip)

Una ciudad se ve a lo lejos. Poco a poco nos vamos acercando, a cada golpe de batería, a los detalles urbanos, que aparecen por un segundo para después volver a la historia. Un grupo de personas en un carruaje se acerca. Los conduce un chico misterioso con un gorro peruano. El carro va despacio y sus pasajeros miran a un lado y a otro. Mientras cruzan un puente sobre el Guadiana, se van pintando la cara de blanco. Después le llega el turno a los ojos, a las manos, al pelo. Cada golpe de batería es un busto del museo de arte romano, cuya imagen dura tan sólo un segundo. Esculturas y fugaces rostros pintados se alternan al ritmo de la música. Todos se van vistiendo de payasos o malabaristas, siempre con símbolos peruanos, como ponchos, flautas de pan... Es un circo ambulante que llega a Mérida a presentar su humilde espectáculo. Buscan un solar inhóspito y lo llenan de vida, actuaciones y juegos. Los emeritenses los miran extrañados. Cada golpe de batería sigue siendo una escultura romana y ahora se alterna con los rostros de los integrantes del grupo. Los vecinos los miran extrañados. Cada vez más se va llenando el solar de gente, de sonrisas, de alegría y luz. Durante el solo de guitarra uno de los artistas se ve tocándola desde algún punto alto de la ciudad. Entonces llega la policía. Empiezan a echar a los artistas del solar de malos modos. Cada golpe de batería es un rostro pintado de blanco y lloroso o una imagen romana en actitud amenazante. El imperio actual quiere echar a los payasos. Los oprimidos son siempre los inocentes, hace dos mil años y ahora. La gente increpa a los policías. Hay cierto tumulto y confusión. Al final consienten en dejarlos y llegar a un acuerdo gracias al diálogo. Sigue la fiesta. Pero dura poco. Los cómicos tienen que irse. Recogen sus cosas. Se quitan las pinturas de la cara contristeza. Vuelven al carromato que sale en busca de otra ciudad a la que tratar de hacer feliz. El guitarrista sigue en lo alto de la montaña mirando cómo se alejan los artistas. Mañana será otro día en la ciudad.