martes, 17 de agosto de 2010

Queridos paisanos...

De camino a las playas de Huelva uno tiene la impresión de que la mayoría de los coches que circulan a tu lado en la autovía son extremeños. Las vacaciones son una especie de huída del paisaje cotidiano, pero es imposible dejar el terruño atrás. Te persigue, implacable. Cuando llegas al apartamento playero todo son matrículas BA o CC, y coches con leyendas como "I love Los Santos de Maimona". Entonces sientes que no vas a poder librarte del inexorable peso de la tierra.

Yo me sentí así el primer día de playa hasta que perdí las llaves del coche. El segundo juego estaba estropeado, de modo que estaba al borde de la desesperación. Paseaba una y otra vez por la piscina buscándola. Era una de esas con aspecto de tarjeta de crédito, negra. Con nuestros padres íbamos a la playa en autobús. Ahora se te pierde la llave del coche y es como si te arrancaran las piernas. Estaba yo ya a punto de llamar al seguro, a la Renault o al psicoanalista de guardia cuando sonó el timbre. Un amable vecino de urbanización me traía las llaves. Se llamaba Roberto y vivía en Cáceres. Un auténtico Catovi, sí señor.

Ah, estuve a punto de darle un beso en los morros, de alegría. Y entonces decidí que nunca renegaría del paisanaje extremeño, ni en vacaciones. Con las llaves del coche en el bolsillo ya era libre de deambular y de volver.

Por cierto que el Ayuntamiento de Isla Cristina, una vez acabado el negocio del ladrillo ha trufado la playa con tres zonas de aparcamiento de pago: verde, roja y azul. La verdad que por mucho que se hagan chistes, allí de tontos no tienen un pelo. Refrán: Cuando no se encuentra descanso en uno mismo, es inútil buscarlo en otra parte.

lunes, 16 de agosto de 2010

Donantes de sangre

¡Qué pesados son los donantes de sangre! Cada dos por tres te mandan una cartita recordándote que vayas a donar o que cumplas con algún deber ciudadano. Tienen asambleas y reuniones muy largas, así como una comida navideña en la que Franquete acaba siempre contando sus chistes. ¡Madre mía qué tortura! Son, por lo general, gente muy fraternal y cariñosa que se acuerda de ti aunque sólo te vea una vez al año. Más o menos como un tío lejano muy estomagante.
Yo pensaba eso hasta hace unos meses. Alguien al que quiero --delegado de los donantes en su pueblo--, tuvo que someterse a una larga y compleja operación. Durante ésta y después en reanimación recibió varias bolsas de sangre. De no haberlas tenido a mano no hubiera podido superar el trance. Gracias.
Desde entonces ya no pienso que son tan pesados, sino que somos los demás los que --inconscientes de la importancia de lo que hacen-- así nos lo parece.
Sé que los recortes económicos públicos también les han afectado y que han tenido que prescindir de personal administrativo. ¡Qué paradoja que la crisis afecte primero a un colectivo generoso y desinteresado y no a las grandes fortunas e instituciones! Realmente el mundo se está equivocando.
También quiero recordar que el mítico corresponsal de este periódico recientemente desaparecido Eustasio López fue un impulsor de las donaciones en Valencia de Alcántara. Por lo pronto, retiro el adjetivo "pesado" de los donantes de sangre y espero no olvidarme nunca de hacerlo cada tres meses. Y en cuanto a Franquete, le acabas cogiendo el chiste, si no en el primer almuerzo, pues en el segundo. Refrán: Donar sangre es donar vida .

Compañeros de piso

Hace ya unos 15 años compartí piso con estudiantes. Entre ellos había un individuo al que le he perdido la pista y que resultó ser problemático. Lo de compartir piso a determinadas edades es recomendable. Aquella fue la única vez que he tenido problemas de convivencia con alguien. El chico, misterioso y extraño, afirmaba que toda su familia vivía en Canarias y que él estaba estudiando informática en Cáceres. Hasta ahí todo normal. O casi. Pero poco a poco descubrimos que no iba a clase. Se compró un ordenador y el mismo día que lo recibió lo destrozó. Fantaseaba diciendo que los aviones tienen cohetes de propulsión en las ruedas, que su padre cuando nació fue a verle al hospital en trineo. Decía que tenía miedo de vivir en un "régimen comunista como el español". No iba ni siquiera a los exámenes y cada vez esgrimía una excusa más absurda para ello.
Aquello empezó a preocuparnos sobremanera, máxime cuando le pillábamos en mentiras enormes e inútiles: "Vengo de Madrid, de visitar a un amigo que tiene una serpiente pitón", nos decía a las tres de la tarde cuando se había ido de casa al mediodía. Aquello me asustó tanto que pensé incluso en llamar a su familia a Canarias. Al final sospecho que desgraciadamente lo que querían sus familiares era estar lo más lejos posible de él.
Esa es la tragedia de algunas personas que necesitan de la máxima atención y cariño y que los más cercanos rehúyen por incomprensión, por desconocimiento o por incultura. Después esos pequeños padecimientos son muy difíciles de sanar. Refrán: Los locos abren los caminos por los que pasarán los sabios.