martes, 8 de enero de 2013

Familia


Estos días me he dado cuenta de la importancia de la familia. Más allá de las bolsas de regalos, más allá de las reuniones inacabables y a riesgo de que algunos me consideren reaccionario, lo cierto es que la familia es el cemento social que logra, de momento, que no se caiga este chamizo tambaleante que es la realidad española actual. Es cierto que hay cuñados muy pesados, tíos que cuentan la misma anécdota todos los años, y sobrinitos a los que mandarías empalar vivos para no oírles chillar. Pero gracias a esos abuelos, suegros, hermanos y amigos muchas familias están resistiendo la crisis en una suerte de trinchera que por ahora aguanta. Son los auténticos superhéroes de barrio que con su pensión o su ridícula paga están ayudando a hijos, sobrinos o nietos en peligro de extinción, machacados por el paro o las deudas. Porque cuando acaba la cena o el almuerzo en familia siempre hay una mirada cómplice de la hija a su madre que lo dice todo sin palabras. Y la madre se rasca el bolsillo para que esa hija cuyo yerno engorda las listas del Sexpe desde hace años no pase hambre. Y también hablo de la familia en aspecto amplio. Hay amigos que me hacen sentirme familia de ellos porque sé que siempre estarán para echarme un cable, porque en su casa siempre habrá una botella que descorchar y un sofá donde apoyar la cabeza. Porque los españoles tenemos muchos defectos pero si existe una virtud es que a los amigos de verdad se les trata como auténticos familiares. La familia es denostada por muchos como una institución atávica y atrasada, pero lo cierto es que logra cada día que no salgamos a las calles a hacer barricadas. De momento. Refrán: Nada mejor en la vida de una familia unida.

martes, 18 de diciembre de 2012

La profecía maya



Cada día que pasaba la luz de su mala estrella se hacía más grande. Acuciado por la enfermedad, por las deudas y por el desánimo se prometió a sí mismo que no volvería a pasar hambre y ese gesto le recordó a una vieja película, lo que le hizo sentirse aún más desgraciado: tenía el cenizo y además era poco original. Sin trabajo, sin amigos y sin ningún aliciente pasaba las horas dando paseos, buscando ofertas en los supermercados, dando vueltas como un perro desabrido y fúnebre, perfectamente hecho a los pliegues de su gabardina. Ni siquiera la televisión le proporcionaba esa dosis de dopante irrealidad que a algunos atonta para afrontar el día a día. Dejó de afeitarse. Dejó de comer. Dejó a su mujer y a sus hijos. Dejó su casa. Dejó de creer en nada o casi nada. Solo tenía en la cabeza la profecía del Fin del Mundo Maya. A medida que se acercaba la fatídica fecha, su corazón y sus funciones vitales se iban apagando, deshaciéndose como la nieve al sol. A menudo se escondía entre los árboles de los parques, queriéndose hacer un ovillo, en posición fetal, como si la muerte que presentía le hiciera nacer de nuevo. El 20 de diciembre, cuando anochecía entre los edificios de la ciudad, eligió un banco vacío de la plaza. Compró un cartón de vino López Morenas y fue bebiéndoselo a sorbos, directamente del envase, ante la mirada de los que pasaban. Cerró los ojos como si nunca más fuera abrirlos y creyó oír una antigua nana que le cantaba su madre. Cuando amaneció se sintió el ser más afortunado del mundo y volvió a su casa silbando. En el portal, un vecino le dijo que se alegraba mucho de volver a verle. Una vez dentro del piso buscó como loco su escopeta de caza y la cargó con dos cartuchos rojos del 22. Refrán: Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Insultos y piropos




La linde que separa el piropo del insulto es una delgada línea roja muy fácil de traspasar. Hace unos días caminaba por la avenida Isabel de Moctezuma de Cáceres cuando un hombre desde un banco lanzó un piropo a una mujer que pasó por su lado.



--Está usted muy guapa hoy, dijo aquel señor mayor.



Efectivamente, la chica con ojos luminosos y amplia sonrisa se sintió halagada con aquellas palabras que sonaban a bálsamo en una jornada especialmente fría. Ella le correspondió con: "que tenga usted muy buen día, señor". Y continuó su camino, perdiéndose entre la gente y las urgencias de la mañana. Aquello fue un acto de cortesía lleno de amabilidad y sin más intención que la de subrayar la belleza femenina. Muy distinto a otro hecho parecido que contemplé también unos días después. Cerca de una obra situada en una de las archiconocidas rutas del colesterol de la ciudad, un obrero al paso de una dama lanzó un silbido o una especie de chasquido como el que se usa para dirigir a las bestias. La mujer aligeró sus zancadas con un gesto de desaprobación evidente. Los dos hombres tenían la misma intención, pero uno erró en su objetivo y tuvo el efecto contrario al buscado. Esto me recuerda el documental 'La mujer de la calle' rodado en Bruselas por una señorita que grabó con su cámara los improperios sexistas que le hacían los hombres por el mero hecho de ser mujer e ir sola por el centro de la ciudad. De hecho, el Ayuntamiento de Bruselas ha decidido poner multas por este tipo de insultos en la calle. Qué pena, porque la medida no va al fondo de la cuestión, es decir, a la educación y la prevención. Todavía tenemos mucho que aprender. Refrán: Cuando el sabio señala la luna, el tonto se fija en el dedo.