Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
miércoles, 4 de junio de 2014
Todos somos niños perdidos de la feria
La feria de Cáceres ya no es una estampa costumbrista en la que las familias compraban las bestias con las que trabajar la tierra en verano, sino un río de vasos de plástico por el suelo, el ruido ensordecedor de la machacona música de las casetas y una calle en la que vendedores ambulantes procedentes de todo el mundo palian su miseria con artículos de imitación.
Todo eso contrasta con la alegría de la marabunta humana que durante cuatro días llena el recinto ferial en busca de algo para desconectar con la dura realidad, ya sea el alcohol, el baile o el contacto con los amigos.
Recuerdo mis ferias de antaño, con un enorme bocadillo de tortilla en la mano que me duraba casi todo el día. En aquel tiempo parecía que la feria te vacunaba contra el tedio de todo el año y que allí la felicidad se bebía a grandes sorbos.
Siempre había un niño perdido en la caseta municipal y se anunciaba por megafonía. Era como una parte esencial del ritual lúdico. A veces lo miraba furtivamente mientras él lloraba desconsolado en una esquina junto a un policía municipal, esperando a que sus padres aparecieran. Con el tiempo me he dado cuenta de que ahora soy ese niño perdido de la feria, que no encuentro mi espacio en el caudal humano, y me acuerdo de aquellos que antes se divertían junto a mí y ya no están, una cifra que desgraciadamente aumenta cada año.
Entonces caigo en que nuestro concepto de alegría se construye sobre añoranzas de una infancia pegada al polvo de nuestros viejos zapatos. Refrán: Cada uno habla de la feria según le va en ella.
martes, 27 de mayo de 2014
La historia del mundo se escribe a máquina
Creo que pertenezco a la última generación que escribió a máquina, con aquellos artefactos que hacían un sonido romántico y añorado. Cuando empecé en la universidad ya se llevaban las máquinas eléctricas, que fueron sustituidas rápidamente por los ordenadores. En EL PERIODICO EXTREMADURA los más veteranos me han hablado de cuando escribían sus originales a máquina y después los pasaban a un linotipista para que hiciera la galerada que se ataba con hilo de bramante. Probablemente esto a ustedes les sonará a chino, pero hubo un tiempo en el que las Underwood o las Olivetti echaban humo en las empresas. Los cursos de mecanografía para 'aprender a utilizar los diez dedos' eran habituales. Con los ordenadores hemos ganado en rapidez, pero hemos perdido lo mágico del percutir las teclas en el papel sobre el rodillo. Era una forma de ver la vida, como la de la familia Sirvent de Vigo, cuyo negocio ha unido a cinco hermanos. El padre puso un taller de reparación en los años cuarenta. Desde entonces han realizado el acopio de máquinas de escribir hasta lograr una de las mayores colecciones del mundo, con 3.500 unidades. No lo les ha movido el afán coleccionista sino el cariño hacia unas máquinas que, por ejemplo, facilitaron la incorporación de la mujer al mundo laboral. Entre las joyas de la colección están una Malling Hansen (1867) o una Type Writer de Scholes&Glidden (1873). Ahora tienen una tienda de muebles. Ya no se fabrican máquinas de escribir, pero creo que nos hemos dejado algo importante en el camino. Refrán: Sin aceite no anda la máquina.
martes, 20 de mayo de 2014
Dos tontos muy tontos
Rafael Alberti tituló un poemario suyo Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos , en un homenaje al cine. Siempre he sostenido que la realidad supera la ficción. Después de lo que ha sucedido en Kémerovo, al sur de Siberia, ya no tengo ninguna duda. Dos vecinos de un pueblo siberiano se han cortado una oreja cada uno para pagar una apuesta. Al parecer durante una fiesta en el domicilio de uno de ellos decidieron medir fuerzas con un pulso. Antes del pulso convinieron que el perdedor se cortaría una oreja. ¡Qué feliz idea, imitar a Van Gogh! Imagino que en estos tiempos de penuria como no tenían dinero que jugarse decidieron recurrir a un crédito tipo El Mercader de Venecia .
Cuando acabó la prueba, el perdedor impugnó la victoria de su oponente, tras lo que empezó una discusión. El pulso volvió a repetirse, ganando quien había perdido en la que podríamos denominar 'primera vuelta'. Ambos, tras una larga deliberación, decidieron cortarse una oreja cada uno, puesto que habían empatado. Según la policía, uno se cortó totalmente la oreja mientras que otro lo hizo a la mitad. Y es que hasta entre los tontos hay diversos grados de estulticia.
Esto me recuerda a un capítulo de El español y los siete pecados capitales , de Fernando Díaz-Plaja, concretamente el referente a la envidia. Un rey decide darle a uno de sus nobles todo lo que le pida, pero le advierte de que le dará el doble a un noble rival. El primero --que podía haber pedido riquezas-- decide cortarse una pierna y sacarse un ojo para así dejar ciego y tullido a su oponente. Así somos, qué le vamos a hacer. Refrán: La envidia es serpiente que al que la abriga le muerde.
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