Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
miércoles, 18 de junio de 2014
El muy peligroso 'legado de Tibu'
Cada época tiene sus modas, adaptadas a las circunstancias sociales, que nos pueden gustar más o menos. Pero hay algunas de ellas que rayan en la irracionalidad más absoluta, se mire por donde se mire. Me refiero a ese fenómeno viral que se llama 'el Legado de Tibu'. Una persona se pega un baño y antes de hacerlo nombra a otras tres que --de no bañarse ante la cámara y colgarlo en una red social-- deben pagar una mariscada. Así, sin comerlo ni beberlo. Por el artículo 33. Vamos, que esto no deja de ser una extorsión encubierta, lo que pasa es que suele tratarse de amigos, eso te hace seguir la broma. Pero lo que comenzó de forma simpática ya se ha cobrado su primera víctima hace escasas fechas. En Béganne (Francia) el pueblo está hundido por la muerte de un joven de 19 años que cumplió este 'legado' tras lanzarse al río en bicicleta. También hay otro muchacho herido en la playa de Wimereux y sólo es el comienzo de una larga lista. En España ha llegado esta moda y ya una mujer llamó al 112 en Navia (Asturias) tras ver cómo se lanzaba un muchacho vestido a la ría. Por cierto que el famoso 'Tibu' es un gallego de 27 años que vive en Suiza donde trabaja tranquilamente como ingeniero. El fue quien trajo a España la cadena, que comenzó en Estados Unidos para salvar a un niño de cáncer. Lo que se inició con un fin altruista está degenerando en una especie de competición por poner en riesgo nuestras vidas. Así somos de imbéciles. Yo prefiero pagar una mariscada antes de acabar en la planta de traumatología del San Pedro de Alcántara. E invitar a mis amigos cuando me apetezca y pueda hacerlo. Refrán: Mal acomodado es desnudar un santo para vestir a otro.
miércoles, 4 de junio de 2014
Todos somos niños perdidos de la feria
La feria de Cáceres ya no es una estampa costumbrista en la que las familias compraban las bestias con las que trabajar la tierra en verano, sino un río de vasos de plástico por el suelo, el ruido ensordecedor de la machacona música de las casetas y una calle en la que vendedores ambulantes procedentes de todo el mundo palian su miseria con artículos de imitación.
Todo eso contrasta con la alegría de la marabunta humana que durante cuatro días llena el recinto ferial en busca de algo para desconectar con la dura realidad, ya sea el alcohol, el baile o el contacto con los amigos.
Recuerdo mis ferias de antaño, con un enorme bocadillo de tortilla en la mano que me duraba casi todo el día. En aquel tiempo parecía que la feria te vacunaba contra el tedio de todo el año y que allí la felicidad se bebía a grandes sorbos.
Siempre había un niño perdido en la caseta municipal y se anunciaba por megafonía. Era como una parte esencial del ritual lúdico. A veces lo miraba furtivamente mientras él lloraba desconsolado en una esquina junto a un policía municipal, esperando a que sus padres aparecieran. Con el tiempo me he dado cuenta de que ahora soy ese niño perdido de la feria, que no encuentro mi espacio en el caudal humano, y me acuerdo de aquellos que antes se divertían junto a mí y ya no están, una cifra que desgraciadamente aumenta cada año.
Entonces caigo en que nuestro concepto de alegría se construye sobre añoranzas de una infancia pegada al polvo de nuestros viejos zapatos. Refrán: Cada uno habla de la feria según le va en ella.
martes, 27 de mayo de 2014
La historia del mundo se escribe a máquina
Creo que pertenezco a la última generación que escribió a máquina, con aquellos artefactos que hacían un sonido romántico y añorado. Cuando empecé en la universidad ya se llevaban las máquinas eléctricas, que fueron sustituidas rápidamente por los ordenadores. En EL PERIODICO EXTREMADURA los más veteranos me han hablado de cuando escribían sus originales a máquina y después los pasaban a un linotipista para que hiciera la galerada que se ataba con hilo de bramante. Probablemente esto a ustedes les sonará a chino, pero hubo un tiempo en el que las Underwood o las Olivetti echaban humo en las empresas. Los cursos de mecanografía para 'aprender a utilizar los diez dedos' eran habituales. Con los ordenadores hemos ganado en rapidez, pero hemos perdido lo mágico del percutir las teclas en el papel sobre el rodillo. Era una forma de ver la vida, como la de la familia Sirvent de Vigo, cuyo negocio ha unido a cinco hermanos. El padre puso un taller de reparación en los años cuarenta. Desde entonces han realizado el acopio de máquinas de escribir hasta lograr una de las mayores colecciones del mundo, con 3.500 unidades. No lo les ha movido el afán coleccionista sino el cariño hacia unas máquinas que, por ejemplo, facilitaron la incorporación de la mujer al mundo laboral. Entre las joyas de la colección están una Malling Hansen (1867) o una Type Writer de Scholes&Glidden (1873). Ahora tienen una tienda de muebles. Ya no se fabrican máquinas de escribir, pero creo que nos hemos dejado algo importante en el camino. Refrán: Sin aceite no anda la máquina.
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