Nunca entendí el ansia por la foto ‘real’. Me refiero a la instantánea de los Reyes de España. Y lo traigo a colación por la visita la semana pasada a Don Benito de Felipe VI y Letizia, con motivo de la Agroexpo.
Si la avidez por captar la imagen de un famoso es alta en el común de los mortales, en el caso de la realeza se multiplica por mil. «¡Tengo una foto de los Reyes!», decían con alborozo los visitantes de la feria agrícola. Era como si les hubiera tocado la lotería. Se subieron a tractores, maquinaria de riego, cosechadoras… Cualquier lugar era bueno para captar la imagen deseada. Fue todo espontáneo, dentro de lo poco improvisado que son esos actos. De hecho, los paseantes obtuvieron mejores fotografías que muchos de nosotros, ya que, por el contrario, los profesionales de la información teníamos medido al milímetro los espacios en los que trabajar. Y no solo eso, sino que nos los marcaban con aires marciales el personal de la Casa Real. Aquello parecía una especie de yincana, corriendo de un lado para otro en busca de una imagen que debía valer un potosí.
Los comentarios del público fueron elogiosos: la altura y belleza del monarca, su cercanía, la elegancia de la reina… Y las impresiones más importantes, las de los profesionales, fueron buenas: El Rey se preocupó por la situación del agro y ellos reivindicaron un tren digno en la región. Así tiene que ser. Otra cosa es que las demandas no caigan en saco roto.
Al menos ese contacto real fue una válvula de escape para nuestros problemas. Nos han escuchado y eso, de momento, alivia. A lo mejor, con lo que está cayendo a la Casa Real --caso Urdangarín y vida sentimental del rey emérito aireada en los programas de cotilleo-- tenemos que ser nosotros los que en algún momento escucháramos las cuitas de Felipe VI. Creo que sería una buena terapia para él. Le vendría bien, pues la monarquía vive horas muy bajas. Refrán: Allá van leyes donde quieren reyes.
Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
martes, 31 de enero de 2017
martes, 24 de enero de 2017
Paletos de ciudad
Este fin de semana, con los ecos de la Fitur aún resonando en mis oídos
encontré retiro y descanso en una finca cerca de Monroy gracias a una amable
invitación de unos amigos.
Allí, en el nutrido grupo de invitados había una persona formada en astrofísica, así que --siguiendo los consejos de nuestros anfitriones y las recientes indicaciones de la Dirección General de Turismo-- salimos a mirar el cielo al llegar la madrugada.
Yo recordé las ruedas de prensa de estos días pasados sobre Monfragüe como Destino Starlight. Monroy no está muy lejos, por lo que sin duda la bóveda celeste ofrecería también allí su rostro más fiel. Así fue.
Sin más contaminación lumínica que las débiles luces de un Cáceres muy lejano, el espectáculo era impactante. La Vía Láctea en la noche profunda y helada lucía con sus millones de luces interrogantes. Gracias a nuestra cicerone con conocimientos del espacio, nosotros, paletos de ciudad, pudimos situar estrellas, planetas y constelaciones sin ayuda de telescopio. Y no solo era hermoso el cielo. Otro aliciente eran los diferentes ruidos naturales que nos circundaban, procedentes de los animales de la explotación y la fauna salvaje que poblaba la finca. Si sabemos explotar esto --respetuoso con el medio ambiente-- tenemos turismo para rato, pero ojo, hay que saber hacerlo no al buen tuntún.
Al día siguiente salimos a recorrer la finca bajo el sol del invierno. Curiosamente, volvimos a confirmar nuestro cariz de paletos de ciudad. Aunque acompañados por nuestros anfitriones, nos perdimos, y estuvimos en la agreste dehesa sin cobertura móvil, andando a tontas y a locas, entre limusines, liebres y ciervos al paso. No sé cómo volvimos a encontrar el cortijo. Sí, efectivamente éramos todos unos paletos urbanitas. Tenemos que aprender mucho de los cielos y saber orientarnos por ellos. Refrán: Aunque tengas todo lo que desees en la tierra, nunca dejes de mirar al cielo.
Allí, en el nutrido grupo de invitados había una persona formada en astrofísica, así que --siguiendo los consejos de nuestros anfitriones y las recientes indicaciones de la Dirección General de Turismo-- salimos a mirar el cielo al llegar la madrugada.
Yo recordé las ruedas de prensa de estos días pasados sobre Monfragüe como Destino Starlight. Monroy no está muy lejos, por lo que sin duda la bóveda celeste ofrecería también allí su rostro más fiel. Así fue.
Sin más contaminación lumínica que las débiles luces de un Cáceres muy lejano, el espectáculo era impactante. La Vía Láctea en la noche profunda y helada lucía con sus millones de luces interrogantes. Gracias a nuestra cicerone con conocimientos del espacio, nosotros, paletos de ciudad, pudimos situar estrellas, planetas y constelaciones sin ayuda de telescopio. Y no solo era hermoso el cielo. Otro aliciente eran los diferentes ruidos naturales que nos circundaban, procedentes de los animales de la explotación y la fauna salvaje que poblaba la finca. Si sabemos explotar esto --respetuoso con el medio ambiente-- tenemos turismo para rato, pero ojo, hay que saber hacerlo no al buen tuntún.
Al día siguiente salimos a recorrer la finca bajo el sol del invierno. Curiosamente, volvimos a confirmar nuestro cariz de paletos de ciudad. Aunque acompañados por nuestros anfitriones, nos perdimos, y estuvimos en la agreste dehesa sin cobertura móvil, andando a tontas y a locas, entre limusines, liebres y ciervos al paso. No sé cómo volvimos a encontrar el cortijo. Sí, efectivamente éramos todos unos paletos urbanitas. Tenemos que aprender mucho de los cielos y saber orientarnos por ellos. Refrán: Aunque tengas todo lo que desees en la tierra, nunca dejes de mirar al cielo.
martes, 17 de enero de 2017
Parejas envasadas al vacío
La última moda en Japón es que las parejas se envasen al
vacío. Sí, como el jamón de la matanza. Parece una locura, pero no se
preocupen, el envasado solo dura unos diez segundos, los suficientes para que
el fotógrafo Haruhiko Kawaguchi inmortalice al matrimonio como si fueran un
pedazo de fiambre. Sin embargo, el resultado es bastante sorprendente, muy
parecido a una pintura de Gustav Klimt.
Hacerse una fotografía en pareja envasados al vacío tiene
sus riesgos, especialmente respiratorios. Los novios tienen que ser rebozados
en lubricante para después entrar en una bolsa de la que se utilizan para
guardar almohadas. Los dos deben abrazarse en actitud amorosa para después
extraerse el aire. La pareja tiene apenas una docena de segundos para contener
la respiración y el fotógrafo cuatro para hacer la foto. No puede haber fallos
de ninguna naturaleza. Las parejas parecen un solo ser, congelado, de forma que
no se distingue quién es quién. Según el fotógrafo japonés inventor de esta
idea, cuanto menos distancia haya entre ellas más fuerte será el amor. Para las
parejas el esfuerzo merece la pena.
De todas maneras yo creo que la moda podría aprovecharse un
poco más y extenderse a familia política, amigos y otras yerbas, congelarlos, y
dejar la opción al fotógrafo de rescatarles o no del trance. Sería estupendo
tener a tus colegas envasados al vacío, sin moverse un pelo, sin sisarte las
cervezas del congelador, ni decir que «eso lo hacía él en menos tiempo y
mejor...», calladitos para siempre, muertecinos...
Ah, las modas... lo malo que tienen es lo efímeras que son.
Cuando te has dado cuenta ya estás totalmente demodé. El día que me decida
envasar al vacío lo que se llevará será arrancarse los dientes o darse
cabezazos contra las paredes. De momento, yo ni siquiera me hago un selfi, no
vaya a ser que mi señora decida envasarme al vacío y amojamarme en uno de mis
descuidos. Refrán: El amor siempre es el mismo, sólo cambia el envase de
presentación.
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