martes, 14 de marzo de 2017

El misterio de los calcetines


Desde que vivo en pareja me sucede un misterio que, a pesar del paso de los años, sigo sin resolver: Me desaparecen mis calcetines. Podría parecer un asunto sin importancia, pero no, nada más lejos de la realidad. Cada vez que voy a tender la ropa el número merma, me encuentro calcetines sin su pareja, e incluso algunos cuyo color y forma recuerdo perfectamente y que, sin embargo, no están ahí, donde deberían. Por contra los calcetines de mi pareja están todos, ordenados, uniformados, no falta ni uno. ¿Por qué?

Podríamos pensar que se trata de un caso aislado, de una anécdota achacable a mi proverbial despiste. Eso creía yo. Los domingos por la tarde me siento en el salón de la casa con la montaña de calcetines, tratando de encontrarles su pareja. Miro en el cubo de la ropa, por si se hubieran quedado allí. Indago en el de la basura por si los hubiera tirado junto con los desperdicios de la cena. No. Con el tiempo el número de pares completos se diluye mientras crece el de los solitarios. Creía que este misterio sólo de sucedía a mí. Este fin de semana comentándolo con otras parejas me he dado cuenta de que la incógnita se agigantaba. Todas las mujeres de mis amigos se quejaban de que desaparecían los calcetines de sus chicos, también sin motivo alguno. Ellos se aprestaban a explicar que tampoco entendían el motivo de ese sindios. Ello me lleva a reflexionar sobre la brecha entre hombres y mujeres, todavía enorme en todos los sentidos...

Nuestra falta de celo nos lleva a los hombres a despreocuparnos por las cosas de la casa, que encasquetamos a ellas, diligentes y eficaces. Nosotros estamos desorientados ante la colada y las tareas domésticas, perdidos ante una montaña de ropa por clasificar. Mientras, seguiré buscando parejas de esta prenda, los domingos, como un ritual que sólo es un homenaje a mi morrocotudo desastre vital masculino. Refrán: Los calcetines solo generan tomates.

martes, 28 de febrero de 2017

En busca de ‘Celipa’

Siempre me ha gustado no quedarme simplemente en lo que me cuentan. Por eso estos días atrás realizando un reportaje sobre el Peropalo en Villanueva de la Vera hice una petición al concejal de Cultura, Hipólito Santiso, que a algunos podría resultar extravagante, pero que iba destinada a disipar muchas dudas: quería ver dónde vive ‘Celipa’, la burrita que lleva a Peropalo con su sentencia a la espalda durante esa singular fiesta carnavalera. No me puso ningún impedimento.

Estábamos en el ayuntamiento, y junto con los concejales Bernabé García y Emilio Prieto, nos encaminamos hacia la finca municipal donde vive. El paisaje del recorrido ya solo merece la pena. Y es que La Vera en invierno tiene un encanto especial formado por la conjunción del agua de sus cascadas y el verdor que lo llena todo.

‘Celipa’ tiene su residencia oficial junto a la estación depuradora de aguas. Dispone de una hectárea y pico para ella sola, así como un establo techado y cerrado. Es atendida a diario por cuidadores municipales. Trabaja algo más de una hora al año. Solo la supera ese funcionario de la Diputación de Valencia que lleva diez años yendo solamente a fichar. No voy a negar que sobre el burro del Peropalo sobrevuela una gran polémica, pero lo que pude comprobar personalmente es que la existencia de ‘Celipa’ es de ensueño. Los concejales me aseguran que se ha formado un grupo de personas en el pueblo que velan para que no sufra ni reciba ningún daño durante el trayecto de Peropalo.

martes, 21 de febrero de 2017

Indolencia política con los humedales

Siempre que viajo por Extremadura me detengo en sus grandes masas de agua. Son sobre todo grandes masas de vida. Sus ríos, sus pantanos y charcas son el ecosistema de multitud de aves y animales hermosísimos. La celebración esta semana de la Feria Internacional de Ornitología en Monfragüe me hace recordar la profunda vinculación entre la fauna y nuestros recursos hídricos.

Sin embargo, cada vez percibo con más claridad un deterioro de nuestros humedales y, sin ser científico, entiendo que no se encuentran al cien por cien de sus capacidades. Algo similar --y avalado por datos objetivos-- está sucediendo con nuestros grandes humedales, los de Doñana, Delta del Ebro y la Albufera de Valencia. Un estudio reciente de SEO/BirdLife afirma que estamos en camino de convertirnos en el desierto de Europa y que estamos llegando a un punto de no retorno por culpa de la contaminación, la sobreexplotación y la mala gestión de nuestros recursos hídricos. Es cierto que nuestro país se encuentra en la prestigiosa lista de humedales Ramsar en un lugar destacado por ser el que más espacios tiene inscritos, pero a veces el éxito puede ser la antesala del fracaso.

Un humedal es un ecosistema muy frágil, de hecho, según los datos de la organización ecologista, el 60 por ciento de estos espacios ha desaparecido durante el siglo XX. Eso es a escala mundial, pero en España sucede tres cuartos de lo mismo. Es una desaparición silenciosa, pero inexorable. Por eso la organización ecologista ha abierto una campaña de recogida de firmas a través de Change.org.


Los pozos ilegales y la presencia de fosfatos pueden acabar con ecosistemas donde se concentran el 25 por ciento de las aves invernantes en España y que acoge a 60.000 parejas de aves acuáticas. Todo por indolencia política, que no social, con nuestro medioambiente. Hagamos algo ya. Refrán: Si a la golondrina en mayo no ves, mal año de espiga es.