martes, 6 de marzo de 2018

Trasteros y algoritmos

En plena era de ciega adoración al algoritmo uno siente vértigo por la monitorización a la que se somete nuestro día a día. En San Fernando de Henares, Madrid, hay un equipo de ingenieros de Indra que trabaja las 24 horas del día para convertir los datos que regalamos a internet en información útil y, sobre todo, rentable para las multinacionales. Muchas veces pienso que si un like en Facebook es oro, qué no darían estas empresas por saber lo que atesoramos en nuestros trasteros o lo que guardamos en cajas cuando hacemos una mudanza.

Desde que llegué a Cáceres hace más de 25 años tenía solo una maleta con algo de ropa y una mochila. Cuando mi estancia se prorrogó se sumaron mi guitarra, otra maleta con más ropa y un equipo de música. Cada mudanza fue añadiendo cajas, de tal manera que resolví que toda mi vida era en realidad aquellas cajas donde guardaba cosas que consideraba valiosas para mí.

Este pasado fin de semana mi pareja ha pronunciado unas palabras que me han dado escalofríos: «Hay que arreglar el trastero». ¡Lo que pagarían en Google por conocer sus misterios! Aparte de un cajón flamenco, destacan dos jamoneros, una edición del Libro Rojo de Mao, un poster con un ovni con la leyenda I want to belive, unos herrajes para sostener macetas, miles de folletos de Fitur, las esterillas de la playa, un amplificador viejo, maletas de distintos tamaños llenas de sábanas, una goma gigante con el lema Borrando rayas, películas en VHS, aparatos de gimnasia, merchandising cuya contemplación provoca unos segundos de placer, urnas de acuarios, gorras y ropa usada.

Me gustaría saber qué va a hacer Indra con esos datos ahora hechos públicos. Seguro que algún ejecutivo en un despacho se está frotando las manos mientras diseña un producto del que voy a sentir la necesidad de adquirir imperiosamente… Para después guardarlo en el trastero y que años después les sirva a otros directivos para hacerse de oro. Refrán: Al que organiza su trastero, se le mide bien el rasero.

martes, 20 de febrero de 2018

Elogio de la diferencia

Hacía mucho tiempo que no iba al cine. Pesaba mucho el 21 por ciento de IVA y el que en las últimas ocasiones la decepción por el visionado de un bodrio había sido mayúscula.
Pero este fin de semana me he encontrado una grata sorpresa en La forma del agua, una película de Guillermo del Toro, que me ha devuelto la ilusión por el séptimo arte. Y eso que el argumento, de entrada, echaba para atrás: una muchacha sorda se enamora de un engendro durante el tiempo de la guerra fría. Casi nada.
Lo que parecía una película más de monstruo y efectos especiales es un canto a la diferencia, un elogio a los distintos durante dos horas de humor, acción e intriga bien dosificados. La película no se hace pesada y te tiene hasta el final con el corazón encogido.
Además, la historia, aunque se desarrolla en los años cincuenta, tiene desgraciadamente muchas conexiones con la actualidad: la persecución a los homosexuales, el machismo, la incomprensión del diferente, la soledad y la incomunicación.
Con estos mimbres -y sin deseo alguno de hacer un destripe de la película- se teje una historia redonda, con malos malísimos, acción y crítica social a partes iguales. Imagino que en todo ello tendrá que ver el origen mexicano del director y los desmanes que el actual presidente Donald Trump está cometiendo en EEUU.
La protagonista no puede hablar, sin embargo logra establecer una relación íntima con el ser del pantano que los militares están estudiando. Y no es una historia de amor como en La Bella y la Bestia, aunque sí para mi gusto es también excesivamente melíflua.
Además, hay cierto choteo en el filme con el miembro copulador del ser deforme. Lo que parecía ser una simple anécdota se ha convertido en un argumento más de merchandising: una empresa ha fabricado un juguete sexual con lo que podría ser su forma. Ya los tiene agotados. Pero lo mejor es que vean la película. Es tan buena que no voy a hacer esta vez refrán. Vayan al cine.

martes, 13 de febrero de 2018

‘Portavozas’, ‘miembras’ y ‘altas cargas’

Recuerdo a un veterano linotipista y corrector de esta casa llamar ‘Tumbaburros’ al diccionario. No le faltaba razón. Y su imagen me ha venido a la mente cuando Irene Montero ha empleado el término ‘portavozas’, inventado por ella, imagino que para reivindicar un lenguaje más inclusivo con la mujer y no por ignorancia.
El lenguaje es lenguaje y no una herramienta política. Cuando así se utiliza lo estamos prostituyendo. El lenguaje no es feminista ni machista per se, sino la manera en la que se emplea. ‘Portavoz’ es genero común y el masculino o femenino lo determina el artículo o adjetivo que acompaña a la palabra. Son conceptos básicos, pero la ESO ha hecho mucho daño y ya no hay remedio para ciertas cosas.
Todo empezó en 2008 con Bibiana Aído, llamando ‘miembras’ a las diputadas del Congreso. Otro dislate que hizo temblar los cimientos de la mismísima RAE.
Hacer guiños al mundo feminista es, por supuesto, admisible a todas luces, pero no a base de dar patadas a nuestro rico, variado y hermoso léxico.
Ya Carmen Romero, diputada por Cádiz del PSOE, dijo en 1993 aquello de ‘jóvenas’ para animar a las mujeres a hacer carreras técnicas. Efectivamente, muchos pensarán que el lenguaje será lo que sus usuarios quieran que sea y que se pueden cambiar las reglas de juego de un plumazo. Pero eso no es así, la evolución no debe ser revolución, porque corremos el riesgo de que el lenguaje se convierta en un arma al servicio de oscuros intereses.
Creo que en la educación ha estado el gran error que nos ha convertido a todos --yo no me excluyo-- en machistas, conscientes o no. Queda una larga batalla por librar; la que de podamos hablar sin herir los sentimientos de nadie, sin levantar suspicacias y con pleno respeto a todos los géneros existentes, habidos y por haber. Refrán: La igualdad es el alma de la libertad; de hecho, no hay libertad sin ella. (Frances Wright)