martes, 3 de julio de 2018

El dinero del fútbol

Tras la derrota el domingo de la Selección Española en el Mundial de Rusia invaden a la ciudadanía sentimientos de rabia, búsqueda inmediata de culpables, frustración… Comienza la caza de brujas entre entrenador, cuerpo técnico y jugadores por una participación mediocre, precedida del escándalo y con una calidad de juego discutible. Sin embargo, no nos paramos a pensar sobre otros aspectos de esta realidad que deberían indignarnos aún más.

El primero es el dinero que mueve el fútbol. Es cierto que el pago a los servicios debe ir en función del talento y la responsabilidad. Por eso creo que los contratos millonarios deberían tenerlos los investigadores, los médicos y personas que se dejan la vida por mejorar nuestras vidas en laboratorios, buscando vacunas o soluciones médicas, sin el reconocimiento de la masa. Ésta parece más preocupada de Messi y Cristiano Ronaldo que por quienes investigan sobre el cáncer o las enfermedades raras. Algunos jugadores ganan 35 millones de euros al año. Es una cifra que me parece inmoral a estas alturas de partido. El caso es que el fútbol genera esos beneficios. Los contratos por los derechos de retransmisión de partidos de liga o del propio campeonato del mundo marearían a cualquiera. Muchos clubes forman a jugadores en sus canteras para después traspasarlos también ganando dinero a mansalva. Hay jugadores que ganan tanto que cuando defraudan a Hacienda se trata de cantidades astronómicas. Ellos en los juicios se limitan a contestar aquello de «No sé, eso lo lleva mi padre o mi mánager. Yo solo me dedico a jugar».

Mientras tanto, en el público, en los hinchas y en los seguidores se sigue cumpliendo aquello del ‘pan y circo’ de los romanos. Nos dan un entretenimiento que al sistema le reporta grandes beneficios, a nosotros nos atontolina y, mientras, unos pocos se lo llevan calentito. Y los equipos modestos siguen sin levantar cabeza. A ver si el Extremadura este año nos da la sorpresa. Refrán: De fútbol y medicina todo el mundo opina.

martes, 26 de junio de 2018

Adiós a Koko, la gorila que hablaba

En La Isla del doctor Moreau (1896), obra maestra de H.G. Wells, se abordan los peligros de jugar con la genética y de las delgadas distancias que separan los animales de los seres humanos.
En la época en la que se escribió este libro en la mesa del debate estaba la vivisección de los animales, práctica que ahora se nos antoja una locura, pero que entonces era común para el estudio de las especies. Por entonces, algunos científicos se creían tocados por la divinidad y hacían auténticas salvajadas para alterar la personalidad y el carácter de sus ‘víctimas’, por muy animales que sean. Por cierto, que el doctor Moreau acaba siendo asesinado por sus bestias a pesar de haberlas ‘humanizado’. El instinto animal se acabó imponiendo en el texto de ciencia ficción.
Me viene a la cabeza esta novela por el triste fallecimiento de Koko, la única gorila que se comunicaba con los humanos a través del lenguaje de signos, en su refugio de las montañas de Santa Cruz, en California (EEUU). La propia Fundación Gorila ha publicado un comunicado de condolencias en el que recuerda que Koko quedará en la memoria de todos como ejemplo de comunicación y empatía entre especies.
Desde muy pequeña Koko se comunicó con los hombres con el lenguaje de signos, concretamente con la investigadora Francine ‘Penny’ Patterson y la experta en lenguaje de señas June Monroe. La imagen de Koko mirándose al espejo en la portada del National Geografic en 1978 dio la vuelta al mundo. Y repitió primera página cuando pidió –por signos- un gato como regalo de cumpleaños.

No sé qué pasaría si pudiéramos entender lo que nos dicen los animales. Los toros que estos días han participado en los Sanjuanes ¿qué nos dirían? ¿Y los de San Fermín? ¿Quiénes demuestran un comportamiento más animal, más de manada, en ocasiones? Lo dejo ahí. Espero que pronto muchos más animales hablen como Koko. Refrán: A mono viejo no se le hace monisqueta.

martes, 19 de junio de 2018

Periodismo en la era de la posverdad

Todas las intervenciones de la pasada gala de los Premios Empresario del Año 2018 (por cierto las más vistosa y divertida de las 23 ediciones que llevamos hasta ahora) tuvieron un tema en común: las noticias falsas. La mentira, antítesis del periodismo, ha preocupado siempre a los profesionales y ahora a los amos del mundo. ¿Saben ustedes cuál ha sido el tema estrella de la última reunión del Club Bilderberg en Turín? Pues la posverdad, la trola.

¿Cómo evitar tragarse un bulo? Lo primero es distinguir los medios de comunicación que hacen una exhaustiva comprobación de la veracidad de las informaciones de aquellos que funcionan a golpe de ‘cortar y pegar’.

También recomiendo al lector hacer caso al sentido común a la hora de valorar una noticia y no a los prejuicios. Esa es la puerta de entrada de las noticias falsas a nuestro imaginario. Si una noticia ‘chirría’ hay que ponerla siempre en cuarentena y contrastar en otros medios y fuentes. Existen muchas webs en busca del like fácil y noticias generadas en agencias publicitarias que buscan colarse por las rendijas de la urgencia diaria en las redacciones, ahora muy adelgazadas en los medios tradicionales. Un viejo aforismo reza que «cualquier cosa que alguien quiere que se publique es publicidad y que todo lo que alguien no quiere publicar es periodismo». Por eso los periodistas son más necesarios que nunca ahora.

En este momento en el que las redes sociales encumbran o hunden a cualquier cargo público con informaciones que corren como la pólvora, urge que los ciudadanos sepan que detrás de una noticia firmada por un periodista está la garantía de fuentes contrastadas. Lo demás es adorar al algoritmo de Google. Refrán: Consejos vendo, que para mí no tengo.