Felipe González será el encargado mañana de ‘abrir fuego’ en los Desayunos de El Periódico Extremadura, un nuevo foro de debate que refrenda el gran compromiso de este diario con la sociedad extremeña. Y lo hará con un tema peliagudo: Constitución y convivencia.
Y es un acierto que sea González el primer invitado, porque es seguro que no dejará indiferente a nadie, ni entre sus correligionarios, ni entre sus detractores. Felipe fue presidente del Gobierno de 1982 a 1996 y encarna una época en la historia de España, en la que los políticos estaban hechos de otra pasta y sobre ellos no sobrevolaban las actuales sospechas de ineficacia o querencia por el sobre.
González hizo lo que nadie: ilusionar un país y aglutinar a toda la opinión pública en torno a un proyecto de Estado. Me gustaba de él el tándem que formaba con Alfonso Guerra, que hacía de ‘poli malo’ en la bicefalia del socialismo de los primeros albores de la democracia en España.
Luces y sombras hay en la trayectoria de González. Es innegable el desarrollo económico que experimentó el país durante sus dos mayorías absolutas. La transformación de Sevilla con motivo de la Expo 92 es un hecho. Y a España, en palabras de Alfonso Guerra «ya no la conoce ni la madre que la parió».
Como todos los dirigentes que detentan el poder tanto tiempo, acaban fagocitados por el propio rodillo que aplican. Después abandonó la esfera pública, aunque no lo hizo del todo, gracias a su constante su labor como orador, creador de opinión, y referente del socialismo en el país.
Aunque con cierto aire de persona que está de vuelta de todo --al que nadie hace caso pero al que todos escuchan con atención-- González será mañana un invitado de lujo para nuestra casa y su presencia abre una nueva etapa en la relación del diario con personajes de actualidad. Refrán: «Quienes contraponen liberalismo y socialismo, o no conocen el primero o no saben los verdaderos objetivos del segundo». (Pablo Iglesias).
Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
martes, 20 de noviembre de 2018
martes, 6 de noviembre de 2018
La agonía de la ‘ciudad feliz’
Cáceres, la ‘ciudad feliz’, agoniza. Es un tema ya manido en las conversaciones de sus habitantes, pero aquello de que cuando el río suena agua lleva parece que tiene muchos visos de ser realidad aplastante. ¿Cómo puede ‘agonizar’ una ciudad otrora estandarte de la bonanza y la tranquilidad? ¿Y cuáles son sus síntomas?
Muchas son las señales que se hacen perceptibles a los ojos de todos y que apuntan a la ‘muerte’ de Cáceres. Una de ellas es el cierre de Eroski. Acabo de ver este fin de semana las estanterías de medias y ropa interior completamente tirada por los suelos, que no es más que un trasunto de lo que ha sucedido con la economía local. Recuerdo cuando ir al Eroski (el horroski lo llamábamos entonces) era sinónimo de hacer una buena compra o de evitar el tedio de una tarde lluviosa. Poco a poco, el establecimiento se fue apagando, mermando la calidad de sus productos y la atención al público. Y subiendo sus precios… En Cáceres se ha pasado de tener a Eroski como locomotora comercial a abandonarlo a su suerte. Y han sido los propios cacereños los que lo han propiciado.
Otro síntoma. ¿Cómo en una ciudad en la que cierran las microempresas constantemente pueden crecer las casas de apuestas como hongos? Si no hay dinero en los bolsillos me parece rarísimo que esos negocios puedan prosperar, pero así sucede. La superfarmacia de Isabel de Moctuzuma me encantaba y ahora hay en su lugar un mamotreto negro, que me da mal rollo.
Cáceres ha perdido la alegría. Salvo los grandes templos gastronómicos de los que podemos estar orgullosos, no hay ya ‘vidilla nocturna’, con locales casi vacíos y una escasa programación de conciertos que mantienen con estoicidad algunos nostálgicos. No voy a apuntar responsables políticos --que los hay-- porque creo que todos tenemos parte de culpa de la instalación de Cáceres en la absoluta molicie y la desgana. Y parece que ya es muy tarde. No va a querer instalar su negocio aquí ni Rita la Cantaora. Refrán: Gallo que no canta algo tiene en la garganta
Muchas son las señales que se hacen perceptibles a los ojos de todos y que apuntan a la ‘muerte’ de Cáceres. Una de ellas es el cierre de Eroski. Acabo de ver este fin de semana las estanterías de medias y ropa interior completamente tirada por los suelos, que no es más que un trasunto de lo que ha sucedido con la economía local. Recuerdo cuando ir al Eroski (el horroski lo llamábamos entonces) era sinónimo de hacer una buena compra o de evitar el tedio de una tarde lluviosa. Poco a poco, el establecimiento se fue apagando, mermando la calidad de sus productos y la atención al público. Y subiendo sus precios… En Cáceres se ha pasado de tener a Eroski como locomotora comercial a abandonarlo a su suerte. Y han sido los propios cacereños los que lo han propiciado.
Otro síntoma. ¿Cómo en una ciudad en la que cierran las microempresas constantemente pueden crecer las casas de apuestas como hongos? Si no hay dinero en los bolsillos me parece rarísimo que esos negocios puedan prosperar, pero así sucede. La superfarmacia de Isabel de Moctuzuma me encantaba y ahora hay en su lugar un mamotreto negro, que me da mal rollo.
Cáceres ha perdido la alegría. Salvo los grandes templos gastronómicos de los que podemos estar orgullosos, no hay ya ‘vidilla nocturna’, con locales casi vacíos y una escasa programación de conciertos que mantienen con estoicidad algunos nostálgicos. No voy a apuntar responsables políticos --que los hay-- porque creo que todos tenemos parte de culpa de la instalación de Cáceres en la absoluta molicie y la desgana. Y parece que ya es muy tarde. No va a querer instalar su negocio aquí ni Rita la Cantaora. Refrán: Gallo que no canta algo tiene en la garganta
martes, 23 de octubre de 2018
Los niños olvidados
Nada os concedió la vida. Apenas un hálito de consciencia, como si fuerais un error, un fallo del sistema, de esta matrix actual donde todo se compra, se vende o tiene precio. Hasta los úteros se alquilan.
Son los niños olvidados por sus progenitores y aparecidos muertos en autobuses, en coches o en domicilios donde empezaron a conocer la realidad de un mundo que os relegó al exterminio. Da igual que sea en México, Estados Unidos, Barcelona, Mallorca o Madrid. No hay fronteras cuando se trata de condenar a alguien indefenso a un ostracismo eterno y silencioso. El mundo gira en un vértigo demencial. Y a lomos de esa velocidad y su tráfago perdisteis lo único que teníais: la vida.
Existencias sin apenas recorrido, proyectos inacabados, acordes interrumpidos de un concierto con apenas compases, los niños olvidados me clavan en sueños su mirada vacía y penetrante a la vez. A veces pienso en sus padres y me pregunto qué pudo ser más importante en ese momento que procurar seguridad, amor, aire o alimento a sus hijos. Los imagino en una desesperación infinita, con los ojos envueltos en lágrimas sin escapar de la pesadilla en que se ha convertido su vida.
Siento que algo estamos haciendo muy mal todos si los cristales tintados de un coche esconden bebés muertos por la indolencia o el despiste. Y quiero creer que, como en el Peter Pan de James Matthew Barrie, viven ahora en el País de Nunca Jamás, ajenos al dolor de la existencia.
El alma de los niños olvidados debe estar en algún cielo, pero sus padres quedan condenados para siempre a un infierno en vida hasta el fin de sus días. Yo no podría vivir con el peso de esa culpa sobre mis hombros y siento una pena negra e infinita cada vez que leo una noticia sobre niños muertos por un descuido humano. Una sociedad que olvida los niños hasta la muerte está condenada irremediablemente al mayor de los fracasos.
Son los niños olvidados por sus progenitores y aparecidos muertos en autobuses, en coches o en domicilios donde empezaron a conocer la realidad de un mundo que os relegó al exterminio. Da igual que sea en México, Estados Unidos, Barcelona, Mallorca o Madrid. No hay fronteras cuando se trata de condenar a alguien indefenso a un ostracismo eterno y silencioso. El mundo gira en un vértigo demencial. Y a lomos de esa velocidad y su tráfago perdisteis lo único que teníais: la vida.
Existencias sin apenas recorrido, proyectos inacabados, acordes interrumpidos de un concierto con apenas compases, los niños olvidados me clavan en sueños su mirada vacía y penetrante a la vez. A veces pienso en sus padres y me pregunto qué pudo ser más importante en ese momento que procurar seguridad, amor, aire o alimento a sus hijos. Los imagino en una desesperación infinita, con los ojos envueltos en lágrimas sin escapar de la pesadilla en que se ha convertido su vida.
Siento que algo estamos haciendo muy mal todos si los cristales tintados de un coche esconden bebés muertos por la indolencia o el despiste. Y quiero creer que, como en el Peter Pan de James Matthew Barrie, viven ahora en el País de Nunca Jamás, ajenos al dolor de la existencia.
El alma de los niños olvidados debe estar en algún cielo, pero sus padres quedan condenados para siempre a un infierno en vida hasta el fin de sus días. Yo no podría vivir con el peso de esa culpa sobre mis hombros y siento una pena negra e infinita cada vez que leo una noticia sobre niños muertos por un descuido humano. Una sociedad que olvida los niños hasta la muerte está condenada irremediablemente al mayor de los fracasos.
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