martes, 2 de abril de 2019

Las víctimas culpables

El mundo entero se ha estremecido con el documental en el que Wade Robson y James Safechuck, dos presuntas víctimas de los abusos sexuales de Michael Jackson narran la catarata de delitos que el ‘rey del pop’ cometió con ellos. Es lo que tiene el mundo globalizado y la nueva forma de ver televisión: nos sirve la verdad en plato frío a la hora que queramos en cualquier parte del mundo.
Pero lo que más me ha sorprendido de todo es esa extraña reacción que puede observarse en los casos de delitos sexuales: el intento de convertir a las víctimas en culpables de las andanzas de los depredadores.
Es lo que le ha pasado a Barbra Streisand, quien en un primer momento quitó hierro a la violación durante años a los menores y dijo que actualmente se le veía bien y casados, sin traumas. «Se puede decir que fueron niños abusados, pero esos niños, como les he oído decir, estaban encantados de estar allí», dijo la gran intérprete. Después ha pedido perdón por este patinazo.
Es curioso como ante un delito sexual se tiende a diluir la culpa inyectándola de alguna manera a las víctimas. Recuerdo las manifestaciones del obispo de Tenerife Bernardo Álvarez: «Puede haber menores que sí lo consientan -referiéndose a los abusos- y, de hecho, los hay. Hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan». Un sindios.

Debemos desterrar por completo esta manera de pensar. Las víctimas son víctimas. Vestir provocativo no es abrir una puerta a la violación, ni desearla, ni la justifica. Siento una gran pena por los miles de padres que viven cada fin de semana un calvario insomne porque sus hijos e hijas vuelven de madrugada los fines de semana. El fenómeno de las violaciones en grupo no parece que sea algo aislado ni excepcional. Y no podemos dar ni un solo argumento a las manadas para que sigan cometiendo atropellos. Refrán: El ausente siempre es el culpable.

martes, 26 de marzo de 2019

El guardián de la cueva

Carlos tiene unos fulgurantes ojos azules, el pelo rojizo y la piel tostada por el sol. Esos ojos mesméricos y grandes fueron los primeros en ver el interior de las cuevas halladas junto a la Ex-206. Seguro que, al igual que el egiptólogo británico Howard Carter cuando descubrió la tumba de Tutankamón, se quedó extasiado viendo las «cosas maravillosas» que había allí dentro.

Ahora se encarga de que el poder atractor de las mismas no se convierta en una trampa para los cacereños que se acercan. Es sábado y el tímido sol primaveral aprieta durante una tarde llena de tábanos y pasto seco. Él está allí, impertérrito y enjuto, con su chaleco amarillo encima del chándal haciendo su trabajo a la perfección. Con amabilidad invita al goteo de personas que se acercan a hacer la ruta del colesterol por otro camino. No suelta ni ‘mu’ cuando se le preguntan dónde están las entradas, aunque se ven al fondo unos montículos de piedra muy sospechosos. La cueva la descubrió un maquinista trabajando en las obras, pero fue él el primero que bajó con una escalera a ver qué era aquello. Ahora, gracias a ese honor, le corresponde el de ser el garante de sus maravillas. Son las seis de la tarde y Carlos está indicando a unos jubilados amablemente que tuerzan su camino. Todo el mundo se hace el encontradizo… Pero no nos engañemos. Todos vamos a ver si nos topamos con la cueva. Así somos los cacereños. Nos ilusionamos con poco. Soñamos con que el Calerizo sea una gran oquedad llena de tesoros prehistóricos, pinturas y estalactitas. Y hacemos el cuento de la lechera pensando en un Altamira cacereño que unir al Patrimonio Unesco.

Pero ahora queda un gran trecho por andar. Los arqueólogos tienen que hacer sus estudios y comenzarán los dimes y diretes sobre la continuidad de la obra de la ronda este. A lo mejor todo queda sepultado por el olvido y esas «cosas maravillosas» quedarán para siempre en la retina de Carlos. Yo me quedo con ese sueño y me pido ser el que venda las entradas para los futuros visitantes de nuestra ‘gruta de las maravillas’. Refrán: Cae en la cueva el que a otro lleva a ella.

martes, 19 de marzo de 2019

Los otros santos inocentes

Los medios de comunicación se llenan de tragedias en las que los niños son asesinados, golpeados, maltratados y mutilados por sus propios padres en lo que es un total ‘sindios’.

El caso de las dos criaturas de Godella (Valencia) me pone los pelos de punta como ciudadano y me hace reflexionar sobre la dura situación de miles de infantes atrapados en familias desestructuradas, por ponerles un adjetivo suave.

No se exige un carné para ser padre. No hay cursillos, formación o garantías para que un padre o una madre se porten como es debido. Parece que dejamos todo eso a la naturaleza. Siempre he oído que la paternidad y la maternidad cambian la vida y que a partir de ahí los egoísmos se quedan al margen y uno solo piensa en dar a sus hijos lo mejor.

¿Qué tiene que suceder en la mente de una persona para que asesine a sus pequeños indefensos? ¿Qué ocurre para que las sospechas de maltrato hagan saltar las alarmas de forma regular en los hospitales? No puedo imaginar nada más alejado de la naturaleza humana que una madre matando a sus hijos, pero desgraciadamente así ha sucedido.

Parece que el caso de Godella tiene que ver con la enfermedad mental pero hay otros muchos que no tienen explicación. Creo que hemos puesto la violencia en nuestro día a día y la hemos asumido como normal. Expresamos nuestras ideas con violencia y las queremos imponer a los demás. La crispación se nos antoja ya como algo natural. Hemos desterrado la educación y el respeto al otro de nuestro día a día. El cine es una exaltación de la brutalidad con películas en la que la venganza es el verdadero leit motiv.

Sin olvidar a las parejas se separan y utilizan a los hijos como arma arrojadiza, viviendo estos un verdadero infierno, como verdaderos santos inocentes de un mundo que nosotros mismos estamos convirtiendo en imposible de vivir. Refrán: ¿Dónde tiene mi niño lo feo? ¡Qué no lo veo!