Leí hace mucho tiempo que la política es el arte de lo posible. Esta frase está atribuida a diferentes pensadores, como Maquiavelo, o Bismarck. Como el primero del que se dice que la dijo es Aristóteles quiero creer que fue él el que tuvo esta primera visión, tan llena de ingenuidad y esperanza a la vez.
Con el tiempo me he dado cuenta de que, en realidad, la política es el arte de lo imposible. Con la cercanía de las citas electorales ya estamos viendo que nos enfrentamos a nuevos tiempos, llenos de cambios, con nuevos actores y estrategias bizarras.
A mí me preocupa la política local, la pegada a ras de suelo, la del día a día de nuestros pequeños municipios. En ella alcaldes y concejales lo son full time, 24 horas al día y padecen en carne propia las demandas ciudadanas, que a veces no responden a necesidades reales sino a estrategias de desgaste o inquinas personales. Cualquier político local, de cualquier signo, me merece un gran respeto. Su servicio al ciudadano le hace estar siempre disponible y expuesto a la queja y pocas veces al elogio.
Por eso voy a sentir que Isabel Molano y Pedro Solana, alcaldesa y primer teniente de alcalde de Arroyo de la Luz, no concurran, por distintos motivos, a las próximas elecciones municipales. Al margen de partidismos, me temo que la política en general se está despojando de gente honesta --que es la que realmente hace falta-- y engordándose con ciudadanos que ingresan a ella como forma de vida, o para servirse de ella y no para servir a los demás, como creo que ha sido el caso de ambos. Es un sentimiento generalizado que percibo en todo el espectro político, sin excepciones. Los buenos se van, cansados o por aquello del que «se mueve no sale en la foto». Esperemos que las próximas elecciones traigan aires nuevos y responsables ciudadanos cuyo objetivo sea construir futuro a los demás y no garantizarse la mamandurria propia. Refrán: El respeto a la ley, comience por el Rey.
Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
martes, 9 de abril de 2019
martes, 2 de abril de 2019
Las víctimas culpables
El mundo entero se ha estremecido con el documental en el
que Wade Robson y James Safechuck, dos presuntas víctimas de los abusos
sexuales de Michael Jackson narran la catarata de delitos que el ‘rey del pop’
cometió con ellos. Es lo que tiene el mundo globalizado y la nueva forma de ver
televisión: nos sirve la verdad en plato frío a la hora que queramos en
cualquier parte del mundo.
Pero lo que más me ha sorprendido de todo es esa extraña
reacción que puede observarse en los casos de delitos sexuales: el intento de
convertir a las víctimas en culpables de las andanzas de los depredadores.
Es lo que le ha pasado a Barbra Streisand, quien en un
primer momento quitó hierro a la violación durante años a los menores y dijo
que actualmente se le veía bien y casados, sin traumas. «Se puede decir que
fueron niños abusados, pero esos niños, como les he oído decir, estaban
encantados de estar allí», dijo la gran intérprete. Después ha pedido perdón
por este patinazo.
Es curioso como ante un delito sexual se tiende a diluir la
culpa inyectándola de alguna manera a las víctimas. Recuerdo las
manifestaciones del obispo de Tenerife Bernardo Álvarez: «Puede haber menores
que sí lo consientan -referiéndose a los abusos- y, de hecho, los hay. Hay
adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo y,
además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan». Un sindios.
Debemos desterrar por completo esta manera de pensar. Las
víctimas son víctimas. Vestir provocativo no es abrir una puerta a la violación,
ni desearla, ni la justifica. Siento una gran pena por los miles de padres que
viven cada fin de semana un calvario insomne porque sus hijos e hijas vuelven
de madrugada los fines de semana. El fenómeno de las violaciones en grupo no
parece que sea algo aislado ni excepcional. Y no podemos dar ni un solo
argumento a las manadas para que sigan cometiendo atropellos. Refrán: El
ausente siempre es el culpable.
martes, 26 de marzo de 2019
El guardián de la cueva
Carlos tiene unos fulgurantes ojos azules, el pelo rojizo y la piel tostada por el sol. Esos ojos mesméricos y grandes fueron los primeros en ver el interior de las cuevas halladas junto a la Ex-206. Seguro que, al igual que el egiptólogo británico Howard Carter cuando descubrió la tumba de Tutankamón, se quedó extasiado viendo las «cosas maravillosas» que había allí dentro.
Ahora se encarga de que el poder atractor de las mismas no se convierta en una trampa para los cacereños que se acercan. Es sábado y el tímido sol primaveral aprieta durante una tarde llena de tábanos y pasto seco. Él está allí, impertérrito y enjuto, con su chaleco amarillo encima del chándal haciendo su trabajo a la perfección. Con amabilidad invita al goteo de personas que se acercan a hacer la ruta del colesterol por otro camino. No suelta ni ‘mu’ cuando se le preguntan dónde están las entradas, aunque se ven al fondo unos montículos de piedra muy sospechosos. La cueva la descubrió un maquinista trabajando en las obras, pero fue él el primero que bajó con una escalera a ver qué era aquello. Ahora, gracias a ese honor, le corresponde el de ser el garante de sus maravillas. Son las seis de la tarde y Carlos está indicando a unos jubilados amablemente que tuerzan su camino. Todo el mundo se hace el encontradizo… Pero no nos engañemos. Todos vamos a ver si nos topamos con la cueva. Así somos los cacereños. Nos ilusionamos con poco. Soñamos con que el Calerizo sea una gran oquedad llena de tesoros prehistóricos, pinturas y estalactitas. Y hacemos el cuento de la lechera pensando en un Altamira cacereño que unir al Patrimonio Unesco.
Pero ahora queda un gran trecho por andar. Los arqueólogos tienen que hacer sus estudios y comenzarán los dimes y diretes sobre la continuidad de la obra de la ronda este. A lo mejor todo queda sepultado por el olvido y esas «cosas maravillosas» quedarán para siempre en la retina de Carlos. Yo me quedo con ese sueño y me pido ser el que venda las entradas para los futuros visitantes de nuestra ‘gruta de las maravillas’. Refrán: Cae en la cueva el que a otro lleva a ella.
Ahora se encarga de que el poder atractor de las mismas no se convierta en una trampa para los cacereños que se acercan. Es sábado y el tímido sol primaveral aprieta durante una tarde llena de tábanos y pasto seco. Él está allí, impertérrito y enjuto, con su chaleco amarillo encima del chándal haciendo su trabajo a la perfección. Con amabilidad invita al goteo de personas que se acercan a hacer la ruta del colesterol por otro camino. No suelta ni ‘mu’ cuando se le preguntan dónde están las entradas, aunque se ven al fondo unos montículos de piedra muy sospechosos. La cueva la descubrió un maquinista trabajando en las obras, pero fue él el primero que bajó con una escalera a ver qué era aquello. Ahora, gracias a ese honor, le corresponde el de ser el garante de sus maravillas. Son las seis de la tarde y Carlos está indicando a unos jubilados amablemente que tuerzan su camino. Todo el mundo se hace el encontradizo… Pero no nos engañemos. Todos vamos a ver si nos topamos con la cueva. Así somos los cacereños. Nos ilusionamos con poco. Soñamos con que el Calerizo sea una gran oquedad llena de tesoros prehistóricos, pinturas y estalactitas. Y hacemos el cuento de la lechera pensando en un Altamira cacereño que unir al Patrimonio Unesco.
Pero ahora queda un gran trecho por andar. Los arqueólogos tienen que hacer sus estudios y comenzarán los dimes y diretes sobre la continuidad de la obra de la ronda este. A lo mejor todo queda sepultado por el olvido y esas «cosas maravillosas» quedarán para siempre en la retina de Carlos. Yo me quedo con ese sueño y me pido ser el que venda las entradas para los futuros visitantes de nuestra ‘gruta de las maravillas’. Refrán: Cae en la cueva el que a otro lleva a ella.
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