En mis tiempos mozos -hoy me toca el rol de abuelo Cebolleta- no había móviles, ni tabletas, ni consolas, ni nada que se le pareciera. La calle era nuestro escenario natural y en ella se desarrollaba, para bien o para mal, nuestro mundo. En casa me esperaban la merienda, los deberes y los payasos de la tele, pero muy dosificados. Todavía recuerdo con emoción cuando vi -con los catorce años correspondientes- mi primera película con un rombo.
Lo cierto es que de ese mundo de limitaciones no he salido con ningún trauma aparente y con espíritu crítico sobre la realidad. Todo eran privaciones entonces. Todo lo más que nos dejaban era tener gusanos de seda.
Cuando era niño, ser poseedor de una caja de zapatos con su par de decenas de gusanos era todo un privilegio y un orgullo. Me pasaba las horas viéndolos comer, limpiándoles amorosamente las hojas y -todo sea dicho- haciéndoles alguna ‘perrería’. Los gusanos enseñaban el proceso de la metamorfosis de algunos animales y tenía algo de magia esperar a que saliera la mariposa del capullo. Y eso eran nuestros ‘ordenadores’, lo que nos fascinaba entonces.
Estos días he vuelto a ver por los árboles de la ciudad de Cáceres una hoja de papel fotocopiado anunciando que se vendían gusanos de seda y un teléfono de contacto. Me ha alegrado tanto que he quedado con los vendedores (por wasap, eso sí) para comprarles 5 euros de gusanos con su correspondientes moreras.
Ahora tendré que variar mis rutas del colesterol hacia los parajes donde hay moreras para recolectarlas pacientemente y sin hacer ningún deterioro. Suelo aprovechar las hojas que el viento ha tirado al suelo para no tener que arrancarlas.
Durante unos días volveré a ser el niño de hace cuarenta años y seré feliz sin necesidad de estar atado a una máquina, de ser esclavo de aventuras virtuales. La diversión la tengo encerrada toda en una caja de zapatos. Refrán: Lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los humanos
Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
martes, 7 de mayo de 2019
martes, 30 de abril de 2019
Las ‘Piedras negras’ de Eugenio Fuentes
Cada Día del Libro me impongo un nuevo reto como lector. Me esfuerzo por iniciarme en algún género literario desconocido para mí o sumergirme en alguna obra que sea distinta a las que habitualmente consumo. Tengo que confesar que soy un lector muy básico, de bestsellers, y por lo general, de textos que no requieren de un excesivo esfuerzo comprensivo.
Este año el desafío ha sido Piedras negras, del extremeño Eugenio Fuentes. La novela negra es un género que siempre me ha asustado por dos motivos: no me gustan ni la violencia ni las tramas complejas. Y afortunadamente este trabajo se aleja totalmente de esos dos escollos.
Elogiar a estas alturas la obra de Eugenio Fuentes es casi caer en el tópico o ser redundante, pero tengo que decir que Piedras negras es un trabajo digno de un orfebre del lenguaje, absolutamente recomendable y que te mantiene intrigado de principio a fin. Otro descubrimiento ha sido el de Ricardo Cupido, un personaje detectivesco cuya trayectoria ha sido esculpida en otras novelas y del que siempre quieres saber más sobre su intrigante vida y su forma de proceder ante cada caso.
No voy a desvelar mucho de la trama. El autor sabe llevar muy bien los tempos narrativos y no se hace difícil de seguir. Durante la investigación sobre un niño robado en la guerra civil, Ricardo Cupido se encuentra con un crimen con la especulación inmobiliaria de telón de fondo. Otra curiosidad es que la ciudad de Toledo, descrita de forma fantasmagórica, se convierte en un personaje más de la novela, y que los grandes poderes, el eclesiástico y el económico, revolotean por una historia con muchos tintes cinematográficos.
En resumen, he descubierto un autor y un personaje que me han seducido, quizá para siempre. Muy recomendables. Y encima son del terruño. Refrán: El arte de escribir consiste en el arte de interesar. (Jacques Delille).
Este año el desafío ha sido Piedras negras, del extremeño Eugenio Fuentes. La novela negra es un género que siempre me ha asustado por dos motivos: no me gustan ni la violencia ni las tramas complejas. Y afortunadamente este trabajo se aleja totalmente de esos dos escollos.
Elogiar a estas alturas la obra de Eugenio Fuentes es casi caer en el tópico o ser redundante, pero tengo que decir que Piedras negras es un trabajo digno de un orfebre del lenguaje, absolutamente recomendable y que te mantiene intrigado de principio a fin. Otro descubrimiento ha sido el de Ricardo Cupido, un personaje detectivesco cuya trayectoria ha sido esculpida en otras novelas y del que siempre quieres saber más sobre su intrigante vida y su forma de proceder ante cada caso.
No voy a desvelar mucho de la trama. El autor sabe llevar muy bien los tempos narrativos y no se hace difícil de seguir. Durante la investigación sobre un niño robado en la guerra civil, Ricardo Cupido se encuentra con un crimen con la especulación inmobiliaria de telón de fondo. Otra curiosidad es que la ciudad de Toledo, descrita de forma fantasmagórica, se convierte en un personaje más de la novela, y que los grandes poderes, el eclesiástico y el económico, revolotean por una historia con muchos tintes cinematográficos.
En resumen, he descubierto un autor y un personaje que me han seducido, quizá para siempre. Muy recomendables. Y encima son del terruño. Refrán: El arte de escribir consiste en el arte de interesar. (Jacques Delille).
miércoles, 24 de abril de 2019
Vivir a Cristo a través del teléfono móvil
Para que una liturgia cambie tiene que convocarse un Concilio Vaticano. Para que lo haga la experiencia humana ante manifestaciones divinas no tanto, pero sí es preciso una mutación del paradigma tecnológico como la que ha sucedido.
Comencé a darme cuenta de que esto era así tras la muerte de Juan Pablo II, el 2 de abril de 2005. Las portadas de los periódicos se llenaron al día siguiente de una imagen inusual: el cuerpo de Karol Józef Wojty?a era presentado ante los fieles, que inmortalizaban su último viaje con sus teléfonos móviles. Aquel grito de ¡Santo súbito! fue amplificado por las miles de imágenes que se difundieron como la pólvora por todo el mundo casi al instante. Facebook había nacido un año antes y aún no tenía la fuerza actual, pero ya se barruntaba que algo estaba cambiando para siempre.
Hoy en día no existe procesión que no sea acribillada a fotografías y vídeos. Todos llevamos dentro cierta alma de director de cine y queremos atrapar la belleza de los instantes que se viven en Semana Santa y guardarlas en nuestro bolsillo eternamente.
Yo me pregunto si de alguna manera al estar pendiente de la tecnología abandonamos el verdadero significado que tienen las imágenes y pasos de Semana Santa. Nos afanamos en enviar a Twitter nuestra foto y comentario y dejamos de lado el profundo mensaje de amor y entrega que se nos está regalando a pie de calle.
He visto devotos más pendientes del selfi (que es legítimo y hasta comprensible) que de otra cosa. Y eso puede desvirtuar esa línea directa con lo trascendente que se establece con los fieles que asisten a una procesión. Y después me pregunto qué se hace con tanto material. Clasificarlo, editarlo, montarlo, comentarlo... todo ello requiere después muchísimo tiempo, del que desgraciadamente no todos disponemos.
Parece mentira que busquemos una experiencia de Cristo vicaria, cuando la tenemos ante nuestros ojos y no necesitamos de ningún teléfono para recibir este mensaje de amor. Refrán: La Semana Santa por abril hace el año gentil
Comencé a darme cuenta de que esto era así tras la muerte de Juan Pablo II, el 2 de abril de 2005. Las portadas de los periódicos se llenaron al día siguiente de una imagen inusual: el cuerpo de Karol Józef Wojty?a era presentado ante los fieles, que inmortalizaban su último viaje con sus teléfonos móviles. Aquel grito de ¡Santo súbito! fue amplificado por las miles de imágenes que se difundieron como la pólvora por todo el mundo casi al instante. Facebook había nacido un año antes y aún no tenía la fuerza actual, pero ya se barruntaba que algo estaba cambiando para siempre.
Hoy en día no existe procesión que no sea acribillada a fotografías y vídeos. Todos llevamos dentro cierta alma de director de cine y queremos atrapar la belleza de los instantes que se viven en Semana Santa y guardarlas en nuestro bolsillo eternamente.
Yo me pregunto si de alguna manera al estar pendiente de la tecnología abandonamos el verdadero significado que tienen las imágenes y pasos de Semana Santa. Nos afanamos en enviar a Twitter nuestra foto y comentario y dejamos de lado el profundo mensaje de amor y entrega que se nos está regalando a pie de calle.
He visto devotos más pendientes del selfi (que es legítimo y hasta comprensible) que de otra cosa. Y eso puede desvirtuar esa línea directa con lo trascendente que se establece con los fieles que asisten a una procesión. Y después me pregunto qué se hace con tanto material. Clasificarlo, editarlo, montarlo, comentarlo... todo ello requiere después muchísimo tiempo, del que desgraciadamente no todos disponemos.
Parece mentira que busquemos una experiencia de Cristo vicaria, cuando la tenemos ante nuestros ojos y no necesitamos de ningún teléfono para recibir este mensaje de amor. Refrán: La Semana Santa por abril hace el año gentil
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