martes, 2 de julio de 2019

Fin de curso en Robledillo de la Vera

Para Mateo, Irene, Álvaro y Aitana este ha sido un fin de curso especial. Con ellos, aunque no lo sepan, se cierra una página de la historia en Robledillo de la Vera. Su ‘cole’ echa el cerrojazo por falta de alumnos. Cerrar un colegio es fácil, aunque doloroso. Abrirlo es mucho más complicado. ¿Cómo van a conseguir la decena larga de niños que obliga a una apertura cuando el último nacimiento fue hace dos años?

En Extremadura se habla mucho de despoblamiento rural e incluso se refieren a él constantemente los discursos institucionales. Todas esas palabras son fuegos artificiales. Mucho pronto Extremadura formará parte de la ‘España vaciada’ y no se habrá hecho nada en firme por evitarlo.

El sábado pasado escritores, periodistas, poetas y vecinos nos reunimos en Robledillo de la Vera para hablar de esa enfermedad silenciosa que está matando nuestros pueblos. Los escritores Pilar Galán y Marino González Montero han sacado tiempo de donde no lo había y han organizado un encuentro con el nombre de Futuro ayer. Y lo han hecho sin más ayuda que su esfuerzo personal.

Me sorprendió ver toda la casa de cultura de Robledillo llena, aún más que los vecinos y participantes nos asaetearan a preguntas y comentarios.

Sobre la mesa se pusieron cuestiones como el relevo generacional en la agricultura, la ultraprotección a la fauna y flora, la ausencia de un modelo industrial para Extremadura, la excesiva burocracia, el peso de la España subsidiada, y la falta de alicientes para quedarse en los pueblos extremeños.

Hubo tiempo también para que los escritores y poetas leyeran sus textos sobre esta muerte anunciada que pesa como la espada de Damocles sobre nuestros municipios pequeños. Eso sí eché de menos a los políticos.

En septiembre ya no habrá en Robledillo juegos, risas, ni cuadernos, ni niños. La esperanza habrá pasado de largo sobre el pueblo, cuyos habitantes se estarán preguntado aún el porqué de su desgracia. Refrán: Clamor del pueblo sube al cielo.

martes, 25 de junio de 2019

Albañiles

He escuchado muchas veces la palabra ‘albañil’ utilizada en tono despectivo. Mi abuelo materno lo era y mi suegro, ya jubilado, fue encofrador. Siento un profundo respeto por esa profesión, sentimiento que se ha agigantado este fin de semana tras asistir al Festival Chinato de Albañilería.

Allí bajo los rigores de este verano que apunta maneras, veinticuatro cuadrillas se las tuvieron que ingeniar para hacer una bóveda de cañón cruzada con un hiperboloide. Casi nada. El planteamiento del ejercicio propuesto era de tal dificultad que algunos no pudieron poner un ladrillo siquiera. Solo tres completaron el problema y, según el jurado, ninguno lo hizo bien. Yo creo que no hubiera sabido ni poner una cuerda de las 16 que hacían falta para simplemente plantear el ejercicio.
Allí, en el parque municipal de Malpartida de Plasencia, esperando la entrega de galardones, estaban los profesionales de la paleta tomando un tentempié después de la prueba. Me ofrecieron una cerveza y un ‘pinchino’ de lo que llevaban encima y me invitaron al almuerzo de hermandad que después se celebraría.
En él me senté con cuadrillas de Trujillanos, la Nava de Santiago y de Riolobos. Me lo pasé estupendamente con sus gajes del oficio. Me enseñaron las fotos de su familia, de sus hijos, y de los concursos de albañilería en los que participaban. A la mesa incluso se acercó un compañero mayor y les explicó los secretos del ejercicio. Parece que eso de los concursos de albañilería es toda una religión. Los hay cada uno con sus dificultades y con sus particularidades, según me contaron. En las fotos de sus móviles estaban ellos, orgullosos, ante monumentos de ladrillo y cemento que hacían imposibles espirales hacia el cielo. Los albañiles han sido los ‘paganinis’ de la crisis inmobiliaria y ahora la profesión parece que vive horas bajas. Espero que eso nunca suceda, porque gracias a ellos tenemos un lugar donde vivir. Otra cosa es lo que se especula con los pisos. De eso ellos no tienen la culpa. Refrán: No le pongas mesa al albañil hasta que le veas venir.

martes, 18 de junio de 2019

Nos vigilan: confirmado

Llevo un tiempo acariciando una sospecha: nos vigilan. Cuando lo comento con mis amigos todos me dicen que esa impresión es fruto de mi carácter ‘conspiranoico’. Pero me están sucediendo cosas que me confirman esta creencia.
Nuestros terminales móviles se han convertido en auténticos chivatos de todo cuanto hacemos. Están en constante alerta, escuchando nuestras conversaciones, nuestras opiniones y nuestras preferencias como consumidores.
Antes incluso de hacer una búsqueda en internet ya me aparecen en los espacios dedicados a la publicidad el coche que querría tener, la guitarra que me gustaría tocar y dónde quiero ir de vacaciones. Yo no sé si tendrá algo que ver en que mi teléfono sea de esa marca a la que EEUU ha vetado, pero algo debe haber.
Ahora no podemos vivir sin el móvil, que es poco más o menos que como tener un terrateniente o un señorito cortijero en el bolsillo. Te desea un buen día, te piropea, te recuerda que no has andado lo suficiente, o te dice -como es mi caso- constantemente el nombre de mi suegra. Y lo peor es el lugar de privilegio que le hemos dado en nuestra vida. Incluso lo colocamos amorosamente en nuestra mesita de noche, junto al vaso de agua y al santo de nuestra particular devoción.
A veces estoy tentado de mentirle, de hacerle creer que no soy quien soy, pero es imposible. Quienes nos vigilan saben perfectamente nuestras apetencias y condición social, y no les vamos a hacer cambiar de opinión.
Parece que en esto del big data cuenta todo: la hamburguesa que se come un texano a la pizza que pide un cacereño a miles de kilómetros. Todo se almacena, se contabiliza. De hecho, ya ha habido una condena a la LaLiga de fútbol por escuchar el móvil de 50.000 españoles y averiguar a qué bares iban a ver el partido de fútbol. Ya no hay vuelta atrás. Esto es imparable. Saben a dónde vas a ver el partido y el teléfono de tu suegra. El paso siguiente no lo quiero ni imaginar, pero no va a tardar en llegar como no nos rebelemos pronto.