La exhibición de la última película de Alejandro Amenábar Mientras dure la guerra vuelve a traer a la mesa del debate el enfrentamiento entre Unamuno y Milán Astray, entre el filósofo y el militar fundador de la Legión.
Fue la contraposición de dos ideologías y de dos personalidades históricas muy marcadas, con una estética muy definida: el viejo profesor de barba cana frente al sublevado fascista con parche en el ojo y «cara de malo», como diría Sabina. Lo cierto es que aquella confrontación no fue una simple «bronca de café» y hay que tomarla como contraposición histórica de dos ideologías documentada el 12 de octubre en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca.
Siempre se ha dicho que el catedrático les dijo a los sublevados la frase «Venceréis, pero no convenceréis». Al parecer, los hispanistas franceses Jean Claude y Colette Rabaté creen que más ajustada a la realidad, según un documento del pensador fechado ese día, es «vencer no es convencer», frase que aparece reiteradamente en su abundante epistolario.
Aquel combate dialéctico por la razón y la paz parece que dejó a Unamuno tocado, consciente de que su pluma y sus conocimientos eran inútiles para poder parar una barbarie que cambió el destino del país. Curiosamente, el mayor intelectual del primer tercio del siglo XX estaba desencantado con la Segunda República, y en unos primeros momentos se sintió próximo a los rebeldes, pero el curso que fueron tomando los acontecimientos le llevó a cambiar de opinión, afirmando que un bando era tan cruel como el otro.
Lo cierto es que la película de Amenábar, con las licencias lógicas de una ficción cinematográfica, es una excelente oportunidad de revisar un hecho histórico que curiosamente tiene muchas conexiones con la situación actual Unamuno ya hablaba del problema catalán y el vasco. Refrán: Ceder es a veces la mejor manera de vencer.
Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
martes, 1 de octubre de 2019
martes, 24 de septiembre de 2019
Un triste récord electoral
Aún recuerdo cuando a todos nos alegraba ir a votar. Es más, tras el largo invierno democrático que nos impuso la dictadura de Franco, votar significaba sin lugar a dudas que todo iba a ir a mejor. El panorama ha mutado en apenas medio siglo. De no producirse un cambio drástico en el rumbo de los acontecimientos, el próximo día 10 de noviembre los españoles iremos a las cuartas elecciones generales en cuatro años. Un ominoso récord para el país y una vergüenza para sus líderes y dirigentes.
En un panorama en el que se barrunta una crisis económica esta incertidumbre es como echar gasolina al fuego para que vivamos en un callejón sin salida. Un gobierno en funciones hasta 2020 dará la puntilla a muchas empresas y autónomos. La crisis catalana lo ha convertido todo en un campo minado: la tormenta perfecta para que ninguna solución contente a casi nadie. Y no olvidemos un Brexit que puede hacer saltar las relaciones económicas europeas por los aires. Pero en España parece que nos hemos acostumbrado a vivir en la cuerda floja. Gracias a ese caldo de cultivo, los ciudadanos actuamos más movidos por el temor que por la razón. Así, hemos consentido que se aprueben leyes mordaza y reformas laborales que nos retrotraen a los derechos de vasallaje de la edad media.
Nuestros delegados, los políticos, a quien entregamos el poder que emana de nuestra voluntad, parecen más preocupados por ver quién la tiene más grande o por echarse en cara quién atesora más trapos sucios en el juzgado. A mí me gustaría proponer que los políticos no cobraran si no hacen su trabajo: a saber, si no llegan a acuerdos beneficiosos para el país o que por lo menos nos saquen de esta anomia en la que nos han instalado y que solo les beneficia a ellos, a todos los políticos sin excepción, por muy progresistas que se digan. Sí: ni un duro, ni una dieta, ni una comisión… hasta que no se pongan de acuerdo. O dimitan todos. No es tan raro. Al fin y al cabo solo se trata de que, por fin, hagan bien su trabajo. Refrán: Quien puede mandar y manda, en ruegos no se anda.
En un panorama en el que se barrunta una crisis económica esta incertidumbre es como echar gasolina al fuego para que vivamos en un callejón sin salida. Un gobierno en funciones hasta 2020 dará la puntilla a muchas empresas y autónomos. La crisis catalana lo ha convertido todo en un campo minado: la tormenta perfecta para que ninguna solución contente a casi nadie. Y no olvidemos un Brexit que puede hacer saltar las relaciones económicas europeas por los aires. Pero en España parece que nos hemos acostumbrado a vivir en la cuerda floja. Gracias a ese caldo de cultivo, los ciudadanos actuamos más movidos por el temor que por la razón. Así, hemos consentido que se aprueben leyes mordaza y reformas laborales que nos retrotraen a los derechos de vasallaje de la edad media.
Nuestros delegados, los políticos, a quien entregamos el poder que emana de nuestra voluntad, parecen más preocupados por ver quién la tiene más grande o por echarse en cara quién atesora más trapos sucios en el juzgado. A mí me gustaría proponer que los políticos no cobraran si no hacen su trabajo: a saber, si no llegan a acuerdos beneficiosos para el país o que por lo menos nos saquen de esta anomia en la que nos han instalado y que solo les beneficia a ellos, a todos los políticos sin excepción, por muy progresistas que se digan. Sí: ni un duro, ni una dieta, ni una comisión… hasta que no se pongan de acuerdo. O dimitan todos. No es tan raro. Al fin y al cabo solo se trata de que, por fin, hagan bien su trabajo. Refrán: Quien puede mandar y manda, en ruegos no se anda.
martes, 17 de septiembre de 2019
El último verano del amor
Hace exactamente 50 años que el mundo perdió la inocencia. El sueño jipi de paz y amor se convirtió en pesadilla de la mano de un iluminado. Charles Manson y las chicas de su secta, La Familia, asesinaban a la actriz Sharon Tate, que esperaba un hijo, y a otras cuatro personas en una auténtica orgía de sangre.
Al día siguiente, hacían lo mismo con el matrimonio LaBianca. Todo ello a base de cuchilladas y hasta bayonetazos en medio de las súplicas de las víctimas. «Soy el diablo y vengo a hacer el negocio del diablo», dijo. Dejaron pintadas realizadas con sangre en las paredes con títulos de canciones de los Beatles, en las que veían mensajes ocultos. Su objetivo era prender la mecha de una guerra racial entre blancos y negros.
Atrás había quedado Woodstock, el gran festival de música que marcó el culmen de la cultura del flower power. Pero la bonhomía de la era de Acuario se truncaba por la ciega fe de las chicas con las que Manson vivía en una comuna en California.
No era poliamor, sino un sometimiento y fascinación por un personaje camaleónico que se comportaba en función de quien estaba delante y se los ganaba para su causa. Incluso expertos productores vieron en él talento musical. Las chicas con las que convivía Manson en su rancho le reconocían como Jesucristo y como tal lo veneraban.
Los crímenes de Manson han calado hondo en el imaginario popular, especialmente en el mundo de la música. De hecho, el cantante Marilyn Manson toma de él su nombre, al que se le atribuye cierta pátina satánica. El líder de La Familia fue detenido y condenado. Estuvo toda su vida entre rejas y murió en 2017.
Manson enviaba a sus fans restos de sus uñas por carta y solo concedió una entrevista en su vida, a la revista Rolling Stone. Ahora la película de Tarantino Érase una vez en Holywood nos recuerda aquel verano en el que el ser humano fue verdaderamente inocente por última vez. Refrán: Amor y muerte, nada más fuerte.
Al día siguiente, hacían lo mismo con el matrimonio LaBianca. Todo ello a base de cuchilladas y hasta bayonetazos en medio de las súplicas de las víctimas. «Soy el diablo y vengo a hacer el negocio del diablo», dijo. Dejaron pintadas realizadas con sangre en las paredes con títulos de canciones de los Beatles, en las que veían mensajes ocultos. Su objetivo era prender la mecha de una guerra racial entre blancos y negros.
Atrás había quedado Woodstock, el gran festival de música que marcó el culmen de la cultura del flower power. Pero la bonhomía de la era de Acuario se truncaba por la ciega fe de las chicas con las que Manson vivía en una comuna en California.
No era poliamor, sino un sometimiento y fascinación por un personaje camaleónico que se comportaba en función de quien estaba delante y se los ganaba para su causa. Incluso expertos productores vieron en él talento musical. Las chicas con las que convivía Manson en su rancho le reconocían como Jesucristo y como tal lo veneraban.
Los crímenes de Manson han calado hondo en el imaginario popular, especialmente en el mundo de la música. De hecho, el cantante Marilyn Manson toma de él su nombre, al que se le atribuye cierta pátina satánica. El líder de La Familia fue detenido y condenado. Estuvo toda su vida entre rejas y murió en 2017.
Manson enviaba a sus fans restos de sus uñas por carta y solo concedió una entrevista en su vida, a la revista Rolling Stone. Ahora la película de Tarantino Érase una vez en Holywood nos recuerda aquel verano en el que el ser humano fue verdaderamente inocente por última vez. Refrán: Amor y muerte, nada más fuerte.
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