Los balcones se han convertido, en estos tiempos de confinamiento, en algo muy diferente para lo que fueron pensados. El mío, desde que le puse un cierre metálico, se ha convertido en el territorio de mis dos gatos. Dalí y Gala otean desde allí el horizonte subidos a sus rascadores y podios, ajenos a la tragedia que se cierne a su alrededor. Mi balcón también hace la función de tendedero y, en muchas ocasiones, he saludado a los vecinos mientras oreo camisetas y pijamas. Pero ahora el balcón ha cobrado una nueva dimensión: en ellos conocemos que los demás no son ajenos a esta difícil situación y nos ponemos en su lugar. Nos recuerdan que no estamos solos en este trance.
Cuando salgo al balcón a las ocho al aplauso popular me fijo en los habitantes de los bloques que tengo en frente. No había reparado en ellos, pero ya sus caras me van pareciendo familiares. Los edificios semejan grandes colmenas en las que a la hora convenida se celebra una danza al ritmo de canciones que animan a la resistencia. Me siento cercano a los niños de un vecino que tengo delante y al que nunca he saludado. Estoy esperando a que todo esto acabe para interesarme por ellos. ¡Estamos tan cerca, pero a la vez tan lejos de nuestros semejantes!
Todo es una suerte de abrazos rotos, imposibles, que no acaban de llegar, aunque se deseen con mucha fuerza. Me acuerdo del cuadro de Juan Genovés titulado El abrazo, que se convirtió en símbolo de la Transición como representación de la reconciliación. Espero que esta cultura del balcón nos acerque a los demás, a los que están cerca, e incluso a los que están en las antípodas de nuestro pensamiento.
Creo que es el momento de construir un mundo nuevo donde la ideología no pese tanto y nos pongamos en el lugar y el sufrimiento de los otros, gracias a estas miradas desde nuestros balcones en las que hemos redescubierto a nuestros vecinos. Refrán: La señora Ostentación, echa la casa por el balón.
Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
martes, 14 de abril de 2020
martes, 7 de abril de 2020
Héroes no, víctimas
Estos días los televisores se llenan de imágenes en las que los profesionales de la sanidad y los usuarios de las residencias de ancianos aparecen como héroes. Suelen ser vídeos en los que salen festejando un alta médica, pequeñas victorias clínicas o simplemente la vida diaria de nuestros mayores. Pero creo que no somos justos si solo mostramos ese momento a ritmo del ‘Resistiré’, un fragmento anecdótico que rellena minutos en los magacines y telediarios. La realidad, la horrible verdad, es que estamos mandando a los profesionales de la sanidad a luchar a una guerra sin protecciones, sin armas y en muchos casos, sin la formación necesaria en el caso de auxiliares contratadas apresuradamente.
Un héroe es alguien que ante una situación adversa toma el camino más difícil en total libertad y a sabiendas de que tendrá que enfrentarse a ella en una lucha desigual. Pero nuestros profesionales de la salud no han elegido enfrentarse al covid-19 sin equipos de protección individual, sin mascarillas o sin conocimientos específicos sobre cómo desvestirse o calzarse al entrar en contacto con los infectados. La verdad es que los médicos, enfermeros y auxiliares son víctimas, desgraciadamente enviados al campo de batalla donde casi las 24 horas se tienen que enfrentar a un trabajo inagotable y tomar decisiones sobre la vida y la muerte de las personas. Los medios audiovisuales se quedan en la cursilería y la cancioncita, algo propio de sociedades infantilizadas. Lo que muestran no es representativo del tremendo trabajo que hacen todos. Lo están pasando mal y esto no es un carnaval. Tampoco dicen que en ocasiones se están tomando decisiones que rozan la eutanasia pasiva en cuanto a uso de respiradores y soportes vitales. Parece que la vida de quienes sobrepasan cierta edad valga menos que la de una persona joven. Y eso es una verdad vergonzante. Así que nada de héroes: sanitarios y mayores son las víctimas de la tragedia que estamos viviendo cada día. Refrán: La verdad es la primera víctima de una guerra.
Un héroe es alguien que ante una situación adversa toma el camino más difícil en total libertad y a sabiendas de que tendrá que enfrentarse a ella en una lucha desigual. Pero nuestros profesionales de la salud no han elegido enfrentarse al covid-19 sin equipos de protección individual, sin mascarillas o sin conocimientos específicos sobre cómo desvestirse o calzarse al entrar en contacto con los infectados. La verdad es que los médicos, enfermeros y auxiliares son víctimas, desgraciadamente enviados al campo de batalla donde casi las 24 horas se tienen que enfrentar a un trabajo inagotable y tomar decisiones sobre la vida y la muerte de las personas. Los medios audiovisuales se quedan en la cursilería y la cancioncita, algo propio de sociedades infantilizadas. Lo que muestran no es representativo del tremendo trabajo que hacen todos. Lo están pasando mal y esto no es un carnaval. Tampoco dicen que en ocasiones se están tomando decisiones que rozan la eutanasia pasiva en cuanto a uso de respiradores y soportes vitales. Parece que la vida de quienes sobrepasan cierta edad valga menos que la de una persona joven. Y eso es una verdad vergonzante. Así que nada de héroes: sanitarios y mayores son las víctimas de la tragedia que estamos viviendo cada día. Refrán: La verdad es la primera víctima de una guerra.
martes, 31 de marzo de 2020
El mundo que viene, sin nuestros mayores
El mundo que viene, cuando la pandemia haya pasado, será probablemente muy distinto al de hace apenas un mes. Ojalá me equivoque, pero todo apunta a que será muy restrictivo en cuanto a la libre circulación de personas. Muchos de los derechos sociales, por los que nuestros abuelos y padres lucharon, se van a convertir en papel mojado.
El big data va a ser empleado a fondo y, de hecho, el Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital que dirige Nadia Calviño, va a implementar el modelo de uso de datos móviles puesto en marcha recientemente por la Generalitat Valenciana para controlar los flujos humanos.
‘Control’ va a ser una palabra muy utilizada en los próximos años y ese control se justificará en aras de la salud pública. Y también quizá desaparezca el dinero físico porque se considere que éste es transmisor de enfermedades. El teléfono móvil se va a convertir, como lo es ya en China, en un salvoconducto que habrá que presentar para viajar o acceder a actos públicos.
Sobre todo, el mundo que viene va a tener una gran deuda con los mayores que se llevó la enfermedad. Sin su sabiduría, sin su experiencia de la vida estamos huérfanos. Un ejemplo de ellos es Julio Saavedra, garrovillano emblemático, que el covid-19 nos ha arrebatado antes de tiempo. Él era una figura muy ligada al folclore extremeño, un pensador libre, un amante de la fotografía, un conversador impenitente, escritor y mentor de jóvenes periodistas. No puedo decir que conversara habitualmente con él, pero sí que las veces que lo hice me pareció de esas personas que siempre tienen forjada opinión de todas las cosas y pueden orientarnos sobre muchos temas clave.
Sé que no es el primero y no será el último, pero simboliza la pérdida de aquellos que lucharon por conseguir la libertad y los derechos sociales que ahora tienen visos de perderse para siempre. Refrán: Abriga bien el pellejo, si quieres llegar a viejo.
El big data va a ser empleado a fondo y, de hecho, el Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital que dirige Nadia Calviño, va a implementar el modelo de uso de datos móviles puesto en marcha recientemente por la Generalitat Valenciana para controlar los flujos humanos.
‘Control’ va a ser una palabra muy utilizada en los próximos años y ese control se justificará en aras de la salud pública. Y también quizá desaparezca el dinero físico porque se considere que éste es transmisor de enfermedades. El teléfono móvil se va a convertir, como lo es ya en China, en un salvoconducto que habrá que presentar para viajar o acceder a actos públicos.
Sobre todo, el mundo que viene va a tener una gran deuda con los mayores que se llevó la enfermedad. Sin su sabiduría, sin su experiencia de la vida estamos huérfanos. Un ejemplo de ellos es Julio Saavedra, garrovillano emblemático, que el covid-19 nos ha arrebatado antes de tiempo. Él era una figura muy ligada al folclore extremeño, un pensador libre, un amante de la fotografía, un conversador impenitente, escritor y mentor de jóvenes periodistas. No puedo decir que conversara habitualmente con él, pero sí que las veces que lo hice me pareció de esas personas que siempre tienen forjada opinión de todas las cosas y pueden orientarnos sobre muchos temas clave.
Sé que no es el primero y no será el último, pero simboliza la pérdida de aquellos que lucharon por conseguir la libertad y los derechos sociales que ahora tienen visos de perderse para siempre. Refrán: Abriga bien el pellejo, si quieres llegar a viejo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)