martes, 15 de septiembre de 2020

Diego, el guerrero del charolés

La próxima Feria de Zafra será muy distinta, y no solo porque se celebrará de forma virtual, sino porque un bastión de la ganadería regional se jubila, tras más de cuarenta años al frente de la secretaría ejecutiva de la Asociación Nacional de Ganado Vacuno Charolés de España. Diego Guerrero ha trabajado como un campeón para mejorar esta raza vacuna y merece también que se le galardone con una gran escarapela multicolor por toda su vida. Comenzó hace 40 años cuando el charolés tenía el sambenito de dar problemas en el parto. Desde entonces se ha mejorado mucho, tanto en morfología del animal como en sus aptitudes cárnicas.

Un secretario técnico tiene que lidiar con un montón de problemas en un escenario complejo como es el de una feria ganadera: problemas de traslado de animales, medidas sanitarias, subastas y concursos morfológicos. Guerrero sentía los colores de la raza charolesa y lo transmitía como speaker con los animales en pista ante el jurado. Su vozarrón era inconfundible también cuando ejercía de subastero y procuraba sacar el máximo rendimiento económico de cada ejemplar. Siempre luchó por su asociación y tuvo que vivir una escisión muy traumática que casi todos los ganaderos desean que acabe lo más pronto posible.

Este ganadero de Moraleja ha visto también cómo ha cambiado el mundo de las ferias, que en la actualidad se ha quedado para unos pocos ganaderos nostálgicos que compiten entre ellos, a pesar de que acudir a una de ellas da más quebraderos de cabeza que otra cosa. Guerrero lo sabía y por eso los mimó siempre. Con su jubilación las ferias ganaderas extremeñas no serán las mismas. Ahora empiezan una etapa virtual, esperemos que sea para bien y no pierdan su esencia. Refrán: El que está cerca de la vaca, algo mama. 

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Los ‘influencers’ son los padres

En medio de este crecimiento exponencial de los contagios por covid-19, el epidemiólogo Fernando Simón pide ayuda a los influencers. La ocurrencia es un acto de desesperación ante una situación incontrolable, pero encierra un mensaje que se me antoja muy peligroso: la educación de los jóvenes ya ha dejado de ser definitivamente territorio de los progenitores para convertirse en un espacio propio de adictos al like sin más garantías que el cuestionado algoritmo de YouTube.

Quizá el hecho de que mi madre fuera maestra nacional hace que recuerde claramente la educación que me dio y las explicaciones de asuntos clave en eso que se llamaba urbanidad. Mis padres me educaron. La formación y los conocimientos vinieron después por la escuela, el instituto y la universidad, pero el saber desenvolverme en el mundo con corrección y respeto a los demás correspondió a ellos. Y recuerdo perfectamente cuando mi madre me habló de la importancia de lavarse las manos o de ser educado en la mesa. Mis padres fueron los mejores influencers que pude tener, pues me explicaron estas cosas sin más interés que el cariño y mi porvenir. En cambio, un influencer de internet está ahí porque quiere venderte algo en la mayoría de los casos o necesita del respaldo de un público muy numeroso para monetizar sus intervenciones. Detrás de ellos hay grandes operaciones de marketing y sospecho que sus mensajes, lejos de ser inocentes, tienen siempre una vertiente crematística más o menos oculta. Y eso no quita para que haya excelentes prescriptores, muy bien documentados, pero que no pueden equipararse nunca a la formación universitaria, ni a los consejos independientes que pueden dar los padres.

Sí, los verdaderos influencers son los padres, pero nos hemos olvidado del papel que juegan en la sociedad. Si Fernando Simón hubiera pedido ayuda a todos los padres de España seguro que hubiera tenido más éxito. Desgraciadamente hemos abandonado la educación, los cimientos de la existencia, a un puñado adolescentes con las hormonas revolucionadas que no hilvanan más de tres frases incoherentes en el mejor de los casos, o quieren venderte ropa o cremas faciales. La frase: Quien poco piensa mucho yerra. (Leonardo Da Vinci).

martes, 25 de agosto de 2020

Peñas rotas por el covid-19


En este verano extraño en todos los sentidos echo de menos las fiestas de los pueblos. La semana pasada Garrovillas de Alconétar no ha celebrado, como merece, a san Roque , su patrón. Eso me deja una enorme inquietud, aunque pueda parecer algo pasado de moda.

Y nombro ese pueblo como podría citar a otros muchos que durante estos días, de no estar rondando el covid-19, estarían sumergidos en la agradable liturgia que impone la fiesta. No soy muy de toros, pero este año sin ellos en la plaza Porticada es como si me arrancaran algo profundo del alma. Porque no se trata de morlacos, de verbenas o de comidas de hermandad. El meollo de la cuestión es que la pandemia se ha llevado por delante la ilusión de muchas peñas festivas, de grupos de amigos que atravesaban la Península y hacían miles de kilómetros para estar juntos durante una semana llena de abrazos, convivencia y armonía, aunque fuera efímera y a veces fingida, aquí, en el terruño extremeño. Después, acababan los fastos y cada uno volvía a sus grandes ciudades con el corazón repuesto de emociones rurales.

No me gusta especialmente el alcohol, pero ese vinillo fresquito entre peñistas, haciendo balance del año, ante buenas viandas, es uno de esos placeres ocultos que los urbanitas desconocen. Veo con tristeza nuestros pueblos, que reciben estos días a sus emigrantes, pero no tienen la alegría de la antigua normalidad. Por las noches, sus calles parecen un trasunto grotesco del invierno. La hostelería languidece en medio de este estío extraño en el que el miedo obliga a pequeñas reuniones casi clandestinas en huertos y chalés. Es tiempo de encuentros con mascarilla y asepsia, de pocas personas, muy lejos de esos bailes sudorosos al ritmo de Paquito el Chocolatero , interpretado por la orquesta local. Son días sin alma, en los que no hay abrazos, solo una mascarada bizarra y gel hidroalcohólico a raudales. Es la nueva normalidad, que cada vez me gusta menos, aunque la antigua tampoco era para tirar cohetes. Refrán: A la dama más honesta, también le gusta la fiesta.