martes, 15 de junio de 2021

Adiós a 3 grandes de Radio 3

Nunca entenderé un país que practica la jubilación forzosa. No comprenderé jamás que un ente público como Radio Televisión Española (RTVE), la de todos los ciudadanos, cometa semejante tropelía. Tres grandes de la comunicación radiofónica, que han marcado mi juventud y madurez, se quedan sin sus programas. Se nos priva de su talento por ‘jubilación forzosa’. Julio Ruiz (Disco Grande), José Miguel López (Discópolis y Discópolis jazz) y Javier Tolentino (Séptimo Vicio) han recibido una fatídica carta en la que se refiere en lenguaje ‘burrocrático’ que este viernes 18 de junio se emitirán los últimos Disco Grande, Séptimo Vicio y Discópolis. Discópolis jazz se emite el 20 de junio y tres días después no tendrán ninguna vinculación laboral con RTVE, al igual que una veintena de compañeros del ente público. Una hecatombe.

No puedo creer en una sociedad que aparta a alguien válido y que es feliz haciendo su trabajo y nos lo hace a los demás. Radio 3 (que comenzó en los años 70) es todo un ejemplo mundial de radio al servicio del oyente y del creador de arte, especialmente de aquellos que están fuera de los circuitos habituales comerciales. Creo que se pueden habilitar fórmulas para que estos tres adalides de la cultura con mayúsculas puedan seguir iluminándonos. Me llena de vergüenza y sonrojo que esto suceda bajo la égida de un gobierno ‘progresista’. ¿Realmente este es el futuro que queremos para nuestros mayores válidos y activos? Las voces de estos tres monstruos independientes y con talento me han acunado en muchas ocasiones y ahora los disfruto más en podcast, apoyando con sus inconfundibles voces la música, el cine y la cultura. Pero es que en este país no se quiere a nadie que piense por sí mismo. Se persigue al diferente y se da caza al que es un sabio de verdad. Qué bochorno. Refrán: El sabio no dice lo que sabe y el necio no sabe lo que dice.

martes, 1 de junio de 2021

De vuelta al pueblo, la nueva diáspora

 De vuelta al pueblo, la nueva diáspora

Y, de pronto, los urbanitas de todo el país han vuelto la mirada al pueblo y ensalzan sus bondades y se sienten tan de pueblo como si en el terruño que abandonaron en la pubertad hubieran vivido toda la vida. Tras las mascarillas, en los paseos desengrasantes que nos impone este confinamiento light veo ojos de rostros nuevos que no lo son tanto, familiares de vecinos que retornan al pueblo en una diáspora inversa. Solían regresar unos días en verano, por la Pura, o en septiembre por el Día de Extremadura. Esta pandemia les ha adelantado el reloj biológico y en cuanto se han levantado restricciones de movilidad han regresado besando cada piedra de las ermitas, cada banco de las plazas, cada hierba de sus dehesas. El pueblo estaba en un rincón de la memoria, entre olvidado y maldito, quizá a veces como algo vergonzoso. Pero ahora se transustancian en oasis de libertad, espacios para vivir slow y ¿quién sabe? quedarse a vivir si hay buena fibra óptica. Ahora no hay nada mejor que ser de pueblo, ponerse la boina y conocer sus ventajas. Ojalá esto sea un vuelco para esa situación desigual y signifique una reactivación de la economía. Ha tenido que pasar una catástrofe para que volvamos nuestros ojos al pueblo. Los recuerdos de mi infancia están marcados por un pueblo en la Sierra Norte de Sevilla. Entonces veranear allí me parecía horrible: calor, campo seco y moscas. Ahora, en el pueblo adoptivo extremeño que tengo disfruto cada segundo en la plaza, cada excursión senderista, cada visita a ver fauna local. La sensación de que el tiempo corre más despacio es cierta y las bondades del aire extremeño de sobra conocidas. Los pueblos, los extremeños en particular, van a ser nuestros próximos paraísos. Y tenemos la suerte de tenerlos a 5 minutos y con los brazos abiertos. La frase: Un pueblo que quiere ser feliz no ha menester de conquistas. (Plutarco).


martes, 25 de mayo de 2021

Viajar

Viajar

Los grandes lujos y comodidades son, por lo general, enemigos a la hora de viajar y conocer un país

A la vuelta de la Fitur, la primera gran feria en vivo y en directo que cubro tras 15 meses de pandemia, me asaltan muchas dudas sobre lo que realmente significa viajar. Conozco a personas que han estado en casi todo el planeta. Ellos entraron en muchos países pero ¿esos países penetraron en su corazón? Permítanme que lo dude. En ocasiones, los lujos y las comodidades tan de moda ahora son enemigos del viaje. Por eso para ir a Madrid cogí el tren a la capital. Creo que si reivindicamos un tren digno lo lógico es utilizarlo. La estadística también hace fuerza.

A mi lado, un migrante venezolano me contó la historia de su vida. Llevaba tres años fuera de su país, sumido en una crisis política y económica gigantesca. Sin ver a su mujer ni a sus hijos, de pensión en pensión y con una alta cualificación. Gracias a un esfuerzo titánico había conseguido que su hijo estudiara Medicina en Badajoz. Venía de Francia y todo su capital lo invertía en el billete de tren. Enfrente, una mujer peruana, nerviosa y agitada me preguntaba cada cinco minutos dónde estaba su maleta. Pelo descuidado, manchas de carmín en las manos y un discurso desordenado, marcado por el desarraigo, la migración, el dolor psicológico y la pobreza.

En el trayecto aprendí más de la historia de Perú y de Venezuela que en años de lectura de noticias. Eso es el viaje. Siempre he sido amigo de la coger la mochila y tener los pies negros. No hay nada más hermoso que montar en esos animales mitológicos que son los trenes. En Madrid, un taxista me insistía que, aunque era de izquierdas, había votado a Ayuso, en las antípodas de su credo. Otro taxista, de Valdefuentes (¡oh, el terruño siempre aparece!) me relató su peripecia para dejar el pueblo en plena pandemia. Sí, en Fitur hubo 40 presentaciones profesionales en el estand de Extremadura, pero el camino, como dijo el poeta, se hace andando, que es como más se aprende de todo.