martes, 19 de abril de 2022

El Capricho de Cotrina, ahora


El reconocimiento docente de este milagro arquitectónico extremeño no se ha visto correspondido con el de otras autoridades

Fuera de los circuitos oficiales de turismo y como una rara avis se encuentra El Capricho de Cotrina, una construcción museo que desde Los Santos de Maimona nos recuerda que los genios nacen por generación espontánea. La descubrí desde las ventanillas del autobús que me trajo a Extremadura hace tres décadas y vi crecer su silueta cada vez que iba a Zafra. Esta Semana Santa visité este fruto del ingenio extremeño que recuerda a los edificios modernistas de Gaudí, sin que aparentemente su autor se inspirara en ellos. 

El Capricho de Cotrina es obra de Francisco González, un albañil que decidió darle a su hija el gusto de una casa de cuento con piscina, que pretende ser habitable. Mampostería de piedra caliza, mortero de cemento y ladrillo y millones de rústicas teselas de colores conforman sin duda una curiosidad que no hay que perderse. Si su exterior es sorprendente, el interior es algo único, lleno de sorpresas e inspiración en los elementos de la naturaleza. La construcción en sí oculta un gusano gigantesco. Desgraciadamente, el albañil sin estudios que lo diseñó nos dejó en 2016 y ahora es su hijo y su yerno quienes todos los fines de semana toman la paleta para seguir dando forma a este sueño arquitectónico. Expertos en arquitectura y arte corroboran con sus cartas y apoyos esta iniciativa que ha sido objeto de estudio en distintas universidades. Este reconocimiento docente no se ha visto correspondido con el de las autoridades extremeñas y bien que esto lo recalca Pilar González, su hija, cuando muestras las maravillas de El Capricho de Cotrina. Aún le queda mucho a la obra. Como sucede con la Sagrada Familia el proyecto sobrepasa cualquier cálculo humano y más si no se tienen ayudas. Ojalá que no haya que esperar a la siguiente generación para ver culminado este pequeño milagro extremeño en Los Santos de Maimona. 


martes, 29 de marzo de 2022

'Motomami', trampantojo musical

 ‘Motomami’, trampantojo musical

Hace unos días visité Romangordo, el pueblo de los trampantojos, de los guiños y los engaños visuales al espectador. Allí, frente a la residencia de ancianos hay una estatua de Rosario Cordero, presidenta de la Diputación de Cáceres, ante la que, confieso, sentí una profunda emoción. Y en Romangordo no solo hay murales realistas que conducen al equívoco. Recomiendo una visita a la Casa del Tío Cáscoles, hoy ecomuseo, en la que se encuentran perfectamente conservadas las estancias de una casa tradicional, aunque con una curiosa disposición que nos retrotrae al tiempo de nuestros abuelos. También hay un centro de interpretación muy singular, la Casa de los Aromas, perfecta para entender la flora y llena de propuestas para experimentar. Recomiendo encarecidamente la visita a ese pequeño milagro rural que es Romangordo.

Mi reflexión sobre los trampantojos se extiende más allá, al terreno musical. Hace pocos días ha visto la luz un esperado disco de la cantante Rosalía, Motomami, que ha despertado en mí sentimientos encontrados. Aplaudo la audacia de este trabajo, fruto de la investigación, y las múltiples referencias de la artista en su composición: desde la bulería al reguetón, pasando por géneros inclasificables. Pero el disco es una especie de carrera contrarreloj que pasa por distintos puertos como una gran montaña rusa de texturas, para mi gusto excesivamente autorreferenciales. Me preocupa su abuso del spanglish, imagino que consecuencia de su día a día en Miami. A veces eso hace ininteligibles sus letras. Motomami es un trampantojo musical que no deja indiferente, pero al que no hay que reverenciar obligatoriamente. Pensar de él que es una «mierda» es tan lícito como alabarlo. El ataque en redes sociales a Ramón García por expresar su opinión sobre el disco es desmesurado. Creo que con Motomami sucede lo del cuento de El traje nuevo del emperador. Nadie quiere destacar sus carencias para no parecer fuera de onda.

martes, 8 de marzo de 2022

Otra vez el campo inginado

Una pandemia y varias ediciones virtuales después volvieron los pasillos de Agroexpo a llenarse por fin de profesionales del campo. Y también, como en la última edición de 2019 se suceden las manifestaciones, los pitidos, los petardos y las protestas. Nada nuevo bajo el sol. Afortunadamente, no se han repetido las imágenes de violencia de aquella vez, con los manifestantes rompiendo las verjas de Feval en una batalla campal inédita hasta entonces en la historia del recinto.

Otra vez el campo. No es de extrañar: costes de producción que superan los ingresos, sequía, precios de los insumos desorbitados, incertidumbre por la nueva PAC… Desde que llegué a Extremadura periódicamente el agro ha estado en pie de guerra, de forma cíclica, como las estaciones, de forma que apenas recuerdo una campaña sin problemas. 

El campo parece que siempre está en crisis e indignado y la mayoría de las veces con razón. Siempre tengo la impresión que desde las altas esferas se utiliza la ‘estrategia del avestruz’, al más puro estilo Rajoy, de esperar a que llueva, o de difuminar los problemas con otros. Lo cierto es que los profesionales de la agricultura en la inauguración de Agroexpo demostraron que se puede reivindicar sin un ápice de violencia. Eso sí, también se puso negro sobre blanco la falta de unidad, pues no estaban todas las organizaciones agrarias al unísono. Quizá lo único reprochable es que creo que yerran el tiro dando la matraca en uno de los más importantes escaparates del sector primario del país, ahuyentando de la inauguración a autoridades y profesionales que prefirieron ir el segundo día de feria. El horizonte que se abre ahora es más incierto aún con un conflicto bélico a cuatro horas en avión que tendrá consecuencias en los mercados. Parece que los cuatro jinetes del apocalipsis van a pasar uno detrás del otro: la Guerra, el Hambre, la Peste y la Muerte.