martes, 24 de mayo de 2022

Llegaron de noche (como siempre)

Lucía Barrera vive todavía un calvario por no querer cambiar su versión sobre el asesinato a sangre fría que contempló en 1989

En estos momentos en los que el hedor de la guerra se ha generalizado y la muerte de las libertades está al orden del día, el tema de la defensa de la verdad tiene más vigencia que nunca. Nos lo recuerda una película muy reciente, Llegaron de noche, dirigida por Imanol Uribe, que cuenta el drama de Lucía Barrera de Cerna, una empleada de hogar cuyo único error fue ser testigo de la masacre de unos jesuitas en El Salvador. Se trata de uno de esos momentos oscuros de la historia del mundo donde todo se conjura para acabar con la voz inocente de Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baro, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López, Joaquín López, Elba Ramos y Celina Ramos, la mayoría sacerdotes jesuitas o trabajadores de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Fue hace ya más de treinta años, pero no quiero olvidarme de ellos.

Lucía vivió –y vive- un auténtico calvario por saber la verdad y no querer cambiar su versión sobre el asesinato a sangre fría que contempló aquella madrugada de 1989. Los norteamericanos se la llevaron junto a su marido a EEUU y le perdonaron la vida. A cambio pretendían que no señalara al gobierno yanqui, que estaba detrás del crimen de unos profesores cuyo único pecado era defender los derechos de los desfavorecidos en un continente en el que se violan de forma sistemática con el beneplácito imperialista. Entonces el país estaba en una guerra civil en la que Ellacuría pedía diálogo entre Gobierno y guerrilla. La universidad de la que era rector se consideraba entonces como un «nido de comunistas». El batallón Atlacatl entrenado por la CIA se encargó de uno de los más cobardes crímenes de la historia. La Audiencia Nacional condenó en 2020 a más de 133 años de prisión por «cinco asesinatos terroristas» a Inocente Orlando Montano. Mi terrible sospecha es que quienes dieron la orden se fueron, como siempre, de rositas. 

martes, 17 de mayo de 2022

Geopolítica y 'chanelazo'

 Geopolítica y ‘chanelazo’


Eurovisión es un concurso de canciones en el que lo menos importante son los temas e intérpretes. Además, es la pesadilla para cualquier realizador. El programa parece un día sin pan, hay decenas de conexiones por satélite, infografías en directo, cada participante requiere de un concreto seguimiento de cámara y efectos, hay hasta fuegos de artificio reales… Sin embargo, el megaespectáculo se ha convertido, a mi juicio, en un ejercicio de geopolítica ante una audiencia planetaria.

Las votaciones de los países participantes no son en realidad fruto de un juicio sincero, sino que se mueven por oscuros intereses. Uno de ellos es la proximidad, los países cercanos se votan entre ellos. También hay una política de bloques, pues está claro que los países del Este tienen una especie de entente. Después hay un grupo que podríamos llamar el ‘top five’ (Italia, Francia, España, Alemania y Reino Unido), algo así como los ‘mírame y no me toques’ del certamen. Finalmente, hay un nuevo criterio, que ha sido el vencedor este año, el de la compasión, que ha dado el triunfo a Ucrania.

Es indudable la excelente interpretación de Chanel, con un show propio de Beyoncé o de Jennifer López, y su bronce más que merecido. Eso es indiscutible. La letra, personalmente, me parece un pestiño en jerga pandillera y creo que no aguanta un mínimo análisis. Siento que tengamos que ser abducidos por la música yanqui y lamento el tufo a amaño del Benidorm Fest que justificó la elección de la artista.

Hoy hay sombras de duda también sobre la votación internacional del pasado sábado. Y es que el voto telefónico, a 2 euros más IVA, significa muchísimo dinero a la organización. Lo dicho, la música es lo menos importante, lo que vale es el parné. Dinero y solo dinero. Nada de fraternidad, ni de naciones unidas por la cultura, aquí la pasta es la que manda. 

martes, 10 de mayo de 2022

La ciudad recobrada

Cada ciudad tiene su ritmo particular, un pulso propio, fruto de los afanes, trabajos y anhelos de sus moradores y sus visitantes. Cáceres tiene el suyo, del que cada principio de mayo forma parte un torrente de música, tolerancia, comercio y fraternidad que llena las calles de su núcleo histórico. Tras una travesía del desierto que ha durado dos años largos, en la que ha habido un invierno perpetuo y en la que muchos fenecieron, la ciudad, amada y amante a partes iguales, fue recobrada este fin de semana gracias a Womad. Cáceres ha sido recuperada para quienes la sienten dentro. Sus espacios, al ser empleados para el noble oficio de los artistas, renacieron para la vida y se reconocen para lo más noble del ser humano: la fraternidad.

Cáceres ha sido recuperada para quienes la sienten dentro. Sus espacios, al ser empleados para el noble oficio de los artistas, renacieron para la vida y se reconocen para lo más noble del ser humano: la fraternidad.

No quiere decir que en esta recuperación no haya quien se extralimite. He sufrido al ver cómo energúmenos y energúmenas mingitaban en lo más recóndito y bello de la urbe. He visto destapes de teta y trota en el barrio de Santiago que se me han clavado en el corazón. He confirmado que una gran parte de los asistentes a los conciertos les importa más la ingesta de alcohol que el sonido que salía de darbukas y panderos en la lejanía. Pero también cómo Cáceres se transustancia en ese destino perfecto para el beso de los amantes en medio del sarpullido delicado que es la primavera vívida y vivida en la ciudad, perfectamente limpia cada amanecer gracias al esfuerzo de sus trabajadores públicos.

Me quedo sin duda con la música de Lizraz en la plaza de San Jorge, con el buen rollo de Canzioniere Grecánico Salentino, con la animación improvisada de Los Pirulfos de Barbaño… Con tantas cosas que han vuelto y que nunca debieron irse, y que ahora son patrimonio no solo de la humanidad, sino de nuestros corazones. Y eso es la poesía. Refrán: ¿Cómo estaba la plaza? Abarrotáaaaaaaa (Dúo Sacapuntas).