Claudio se fue este sábado. El abuelo que enviaba siempre "un beso ´pa´ tu abuela" en Canal Extremadura Televisión ya no podrá ilustrarnos con su particular visión del mundo. El domingo sus familiares le dieron el último adiós durante una jornada con el campo rebosante de luz y jaras florecidas. Ese campo donde él trabajó como miles de agricultores extremeños. Claudio era un niño-abuelo y últimamente se emocionaba con todo. Los seres humanos cuando se acerca el final nos vamos convirtiendo en chiquillos, como si nos fuéramos desnudando de lo que nos sobra y nos quedásemos con lo realmente esencial.
Había enviudado hace tiempo. Como muchos abuelos vivía solo y se las apañaba bastante bien. Llevaba una racha desganado. Probablemente nunca llegó a imaginar la difusión mediática que sus disparatados diálogos han tenido a través no sólo de la televisión sino de internet.
Claudio era un hombre bueno y sencillo. Uno de los muchísimos que hay en la Extremadura rural. Lo conocemos porque los ojos de la televisión se posaron sobre él, pero como Claudio hay miles de hombres y mujeres mayores a los que se les iluminan los ojos cuando van a verlos sus hijos y sus nietos. Convendría mirar en nuestro corazón y darle un abrazo a nuestro abuelo más cercano.
Sus ojos no podrán ver esta primavera espectacular sobre Extremadura. La vida y la muerte son fenómenos que se dan la mano como viejos conocidos que son. Claudio, allá donde estés, recibe desde aquí otro "beso ´pa´ tu abuela". Refrán: Quien no sabe de abuelo, no sabe de bueno.
Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
jueves, 29 de abril de 2010
martes, 20 de abril de 2010
Las cartas del Tarot
Le salió El diablo y sintió en su cuerpo un escalofrío. Después le siguieron La muerte , La torre desplomada , El colgado ... Todas cartas funestas. Y, de colofón, La justicia al revés. La peor de las cartas posibles. Entonces el ejecutivo se lamentó de haber ido a ver al tío Lagarteiru a Eljas a que le echara las cartas del Tarot para saber su destino. En el silencio del chozo gris del valle del Jálama los ojos del consultante y del nigromante se cruzaron.
--Es sólo un juego engañabobos, una coincidencia, dijo.
--No subestime el poder del Tarot. En el mundo hay fuerzas inexplicables, contestó tío Lagarteiru con solemnidad.
Entonces se fue y en su cabeza quiso olvidar lo que había pasado. Y lo consiguió. Pero poco a poco su vida fue sufriendo todo tipo de sorpresas: Un inesperado giro de mala suerte tiñó todas sus decisiones. La empresa que regentaba empezó a ir mal. Su mujer enfermó de un cáncer de pronóstico incierto. Sus hijos, hasta entonces estudiantes-ejemplo, se convirtieron en unos vándalos. Uno de sus amigos murió repentinamente. Entonces, él, en el cementerio, ante el féretro de su colega se acordó de cuando había bajado hasta Gata a ver al brujo. Le llamó por teléfono. Había desaparecido. Trató de buscarle en el pueblo y nadie daba razón de él. Entonces se sintió el hombre más desgraciado del mundo y se lamentó mil veces de haber consultado aquel oráculo funesto. Hasta entonces su vida había sido un lecho de rosas. Ahora que el destino se había fijado en él se sentía como una pequeña pluma en manos de un viento iracundo y caprichoso. Refrán: El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros los que las jugamos.
--Es sólo un juego engañabobos, una coincidencia, dijo.
--No subestime el poder del Tarot. En el mundo hay fuerzas inexplicables, contestó tío Lagarteiru con solemnidad.
Entonces se fue y en su cabeza quiso olvidar lo que había pasado. Y lo consiguió. Pero poco a poco su vida fue sufriendo todo tipo de sorpresas: Un inesperado giro de mala suerte tiñó todas sus decisiones. La empresa que regentaba empezó a ir mal. Su mujer enfermó de un cáncer de pronóstico incierto. Sus hijos, hasta entonces estudiantes-ejemplo, se convirtieron en unos vándalos. Uno de sus amigos murió repentinamente. Entonces, él, en el cementerio, ante el féretro de su colega se acordó de cuando había bajado hasta Gata a ver al brujo. Le llamó por teléfono. Había desaparecido. Trató de buscarle en el pueblo y nadie daba razón de él. Entonces se sintió el hombre más desgraciado del mundo y se lamentó mil veces de haber consultado aquel oráculo funesto. Hasta entonces su vida había sido un lecho de rosas. Ahora que el destino se había fijado en él se sentía como una pequeña pluma en manos de un viento iracundo y caprichoso. Refrán: El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros los que las jugamos.
viernes, 16 de abril de 2010
Coplas de don Guido
Mañana se celebra el 79 aniversario de la proclamación de la república española. Esta efeméride –que reivindico sin tapujos-- me trae a la cabeza la figura de un gran poeta republicano y un hombre bueno como fue Antonio Machado. Durante la Semana Santa en Sevilla he podido comprobar la vigencia de su poema Coplas por la muerte de don Guido', un retrato de la hipocresía de una aristocracia venida a menos y en decadencia. Muchas décadas después el fariseísmo no ha dejado de estar en nuestras vidas. Tanta cofradía, tanto tipo con un cirio en la mano, tanta exaltación mística pública y nos quedamos en eso, en una manifestación externa que no cala en el alma ni una pizca.
Si todos los que son hermanos de una cofradía hicieran una vida diaria como manda el Evangelio se acabarían muchos de los problemas de la sociedad: corrupción, maltrato, envidia, mentira...
He oído a los capillitas sevillanos hablando de sus experiencias cofrades y en cada frase había varias blasfemias y palabras malsonantes. Bajo la gomina del pelo y la chaqueta azul no se esconde más que un gran vacío vital. Hay también quienes viven esos días con recogimiento espiritual, pero son los menos y no van por las calles dándose 'golpes en el pecho'.
Lo cierto es que somos --y yo me incluyo-- en muchas ocasiones como don Guido: vivimos la vida sin preocuparnos por nuestros hermanos. Pensamos que un acto de contrición en el último minuto va a salvarnos de las llamas de Pedro Botero. Craso error. Refrán: ¡Ay, cuánto trueno vestido de nazareno!.
Si todos los que son hermanos de una cofradía hicieran una vida diaria como manda el Evangelio se acabarían muchos de los problemas de la sociedad: corrupción, maltrato, envidia, mentira...
He oído a los capillitas sevillanos hablando de sus experiencias cofrades y en cada frase había varias blasfemias y palabras malsonantes. Bajo la gomina del pelo y la chaqueta azul no se esconde más que un gran vacío vital. Hay también quienes viven esos días con recogimiento espiritual, pero son los menos y no van por las calles dándose 'golpes en el pecho'.
Lo cierto es que somos --y yo me incluyo-- en muchas ocasiones como don Guido: vivimos la vida sin preocuparnos por nuestros hermanos. Pensamos que un acto de contrición en el último minuto va a salvarnos de las llamas de Pedro Botero. Craso error. Refrán: ¡Ay, cuánto trueno vestido de nazareno!.
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