martes, 10 de octubre de 2017

Seriéfilos

Si no has visto House of Cards no eres nadie. Eso me decía hace pocas fechas un amigo. No entiendo esa pasión desmedida por ver series de televisión, que reina en todos los ambientes. Eso es indicativo de dos grandes cosas: una que tenemos mucho tiempo libre (algunos) y otra que nos están adormeciendo la mente. No entiendo cómo hay parejas que se pasan los fines de semana o las noches hasta altas horas de la madrugada hipnotizados por la caja tonta. Eso solo conduce a la idiotez y a no preocuparnos de temas que importan de verdad.

Las series norteamericanas arrasan. Me recuerdan mucho al ‘soma’ de George Orwell de 1984, que idiotizaba a la gente. Presentan mundos fantásticos como el de Juego de tronos, en los que se dirimen luchas entre reyes medievales.
La única serie que he seguido en mi vida es Verano azul. Lo que vino después fue degeneración. En el trabajo, en el bar, las conversaciones giran en torno a supuestos expertos en determinadas sagas ‘seriéfilas’. Yo me siento desplazado entre mis amigos porque quiero hablar del último libro que he leído o del periódico del día.
Existe la creencia de que las series españolas han subido mucho de nivel y algunas están a la misma altura que las norteamericanas. Eso es verdad en cierta medida. La factura técnica es mayor pero la fórmula es la misma: crímenes y tramas muy enredadas. Me dicen que El ministerio del tiempo es de un gran nivel. Yo vi un capítulo y era un disparate tras otro. Eso sí, la ambientación y los efectos especiales han mejorado mucho desde Anillos de oro, una serie de Ana Diosdado con amor, intriga y crítica social. Pero eso ya no lo queremos. El espectador no desea calentarse la cabeza, prefiere el encefalograma plano.
Mientras tanto yo seguiré desplazado en mi vida social y alucinado con que haya gente con tanto tiempo libre, enganchada a estos culebrones, mientras que los problemas sociales siguen larvados, creciendo y minando nuestros derechos elementales. Refrán: No hay opiniones estúpidas, sino estúpidos que opina

martes, 26 de septiembre de 2017

Boadella, profeta maldito en su tierra

La independencia del dramaturgo Albert Boadella está fuera de toda duda. Durante la dictadura se jugó la vida, literalmente, en defensa de la libertad y los derechos ciudadanos. En plena transición a la democracia, con La Torna, pieza en la que burlaba de los procesos judiciales militares, fue a la cárcel, de la que se escapó a Francia simulando un vómito de sangre. Con Teledeum la sátira de la Iglesia como institución le supuso a uno de los integrantes de su grupo Els Joglars la puñalada de un espectador airado.

Todo era una luna de miel con la clase política catalana. Pero Boadella –bufón libre y sin ataduras- fijó su mirada en el establishment catalán y en la sociedad que se estaba alimentando con la llegada de la democracia. ¿Cómo reaccionó ésta? Pues mal. Cuando al político se le pone delante del espejo no es capaz de asumir sus deformidades y corrupciones, que suelen ser muchas. Y más o menos de un 3% mayor de su tamaño original.

El surrealismo en el teatro nace con Ubú Rey, una pieza satírica de Alfred Jarry estrenada en 1896. Boadella se inspiró en ella y redactó Operación Ubú, y después Ubú President, en la que estaba claro que Jordi Pujol era el protagonista, encarnado por un magistral Ramon Fontseré. Desde entonces Boadella es un ‘traidor al país’ y Els Joglars unos apestados de los circuitos de teatro catalán. Para que un pueblo pueda considerarse maduro debe saber reírse de sí mismo y en este caso está claro que no sabe hacerlo.


Pero ese Ubú President de 1995 es un chiste comparado con la realidad actual catalana, en la que se ha educado poco a poco al pueblo en el odio al vecino. Recuerdo con cariño a Els Joglars en Cáceres representando Daliiiiiiiiiiiiií. Es una pena que por decir la verdad seas demonizado por tus paisanos. Cuando esto sucede es que la sociedad está muy enferma. Y los extremeños en la diáspora están sufriendo fuerte esa patología. Refrán: Los profetas y adivinos, embaucan a los cretinos.

martes, 19 de septiembre de 2017

Letras sangrientas

Me ha planteado un amigo el debate de las letras machistas de reggaeton. En principio me pareció un asunto menor, pero no lo es tanto. La invasión cultural allende los mares tiene un lado más perverso del que pensamos. Y como la música es uno de los elementos que conforma la personalidad de los más jóvenes es doblemente preocupante. De un tiempo a esta parte las letras de música electrolatina son una caterva de expresiones violentas y machistas que solo tratan de perpetuar un rol de gánster del hombre en las relaciones de pareja.

La mujer en estas canciones es como una especie de pelele al que hay que golpear, arrastrar, violar y vejar apoyándose en la idea de que es ‘lo que a ella le gusta’. Ya no es que se cosifique a la mujer, sino que se la agrede verbalmente. Sólo voy a transcribir una letra de uno de estos ‘poetas’ para no darles mucha cancha, pero para que veamos un ejemplo de lo que estamos hablando: «Si sigues en esta actitud voy a violarte, hey que comienzo contigo y te acuso de violar la ley así que no te pongas ‘alsadita’ yo sé que a ti te gusta porque estás sudadita». Antes las letras en inglés nos pasaban desapercibidas, pero en español son como un puñetazo en el cerebro.

¿Hay que prohibir esas letras? ¿Volvemos a la censura? Esa es la cuestión. Estos temas musicales lo único que tratan es de perpetuar la imagen del macho barriocéntrico, de actitudes gansteriles, estética cercana a los guetos norteamericanos, propias de los quinquis de los ochenta.


Creo, sinceramente, que no se deben prohibir. La libertad de expresión debe prevalecer. Eso sí, hay que señalar públicamente a los autores de estas aberraciones literarias, no contratarles conciertos, que no puedan a acceder a ayudas culturales y que sepan que con ese tipo de actitudes su carrera musical va a ser nula. Muchos jóvenes les imitan y creen que es cool ser como ellos. De nuestra mano está erradicar este rol de raíz. Refrán: Usa la razón, que la música no degrade tu condición.