martes, 15 de mayo de 2018

Medio siglo de la odisea de Kubrick

Antes de que yo naciera se proyectó en las pantallas de todo el mundo la película 2001: Una odisea del espacio. Entonces pasó sin pena ni gloria por los cines, pero poco a poco el público y la crítica fue desvelando los crípticos mensajes de la obra maestra de Stanley Kubrick. Actualmente, cuando se cumple medio siglo de su proyección, el significado de la película se agiganta y se revela aún más profético.
Recuerdo que como la película duraba dos horas y media se hacía un descanso para que se pudieran cambiar los rollos y se proyectaban unas diapositivas en la pantalla que ponían eso de ‘selecta nevería’ o ‘visite nuestro bar’.
Debo reconocer que la primera vez que vi 2001: Una odisea del espacio aún era demasiado pequeño para comprender muchos de sus mensajes, pero sí entendí que aquello era Cine con mayúsculas, una obra de arte: Las naves espaciales volando al ritmo del vals, los silencios en los confines del universo, la inteligencia artificial de los robots, el monolito de marras que aparece cada vez que el hombre da un salto evolutivo... Todo era fascinante.
La película contiene la mayor elipsis narrativa de la historia del cine, jamás superada hasta la fecha. El mono primigenio aprende a manejar los huesos como herramienta y en pleno éxtasis por su descubrimiento lo lanza hacia el cielo... Mientras rueda acaba transformado en una nave espacial.
Kubrick fue un visionario. De hecho, se documentó hasta la extenuación con expertos de la Nasa para que su obra fuera lo más realista posible. Y ese es otro de los aciertos de la película: Es de un realismo sorprendente. Tanto es así que se ha extendido el bulo de que el hombre no llegó a la Luna y todo lo que vimos fue rodado por el propio Kubrick por encargo de la Nasa.

Solo espero que el cineasta no acierte con las predicciones de su última película Eyes Wide Shut, donde el satanismo y las sociedades secretas dominan nuestra sociedad. Refrán: Algunas personas sueñan con hacer grandes cosas, mientras otras están despiertas y las hacen. Anónimo.

martes, 8 de mayo de 2018

Recuerdos de José María Íñigo

Entrevisté a José María Íñigo en el 2005 durante una Ifenor en Plasencia. Él pronunció una conferencia muy elogiosa sobre las bonanzas turísticas de la ‘perla del Jerte’ y le pregunté si en todos los sitios donde le llamaban para hablar (pagando por supuesto) hacía los mismos elogios. Él, que ya era un simpático cascarrabias, me contestó muy airado que no, que esos piropos que lanzaba eran de corazón y no correspondían a ninguna contraprestación económica.

Gracias a esta bendita profesión he podido conocer a ídolos de mi infancia y él era uno de ellos. Sin duda, José María Íñigo comprendió como nadie la importancia de saber idiomas y que lo que se cocía musicalmente en Londres era lo que más tarde iba a sonar en España.

A Íñigo también lo vi muchas veces en la Feria Internacional del Turismo, en Madrid. Durante un tiempo en el que no estaba en primera línea del foco mediático el comunicador y periodista comprendió el auge que experimentaban nuevas formas de ocio, como viajar a otros países. Como director de la revista Viajes y vacaciones visitaba el estand de Extremadura en Fitur y la foto con el consejero de turno en aquellos años era obligada.

Pero no se queda ahí mi ‘relación’ con Íñigo. De pequeño lo recuerdo en el circo. Sí, hace cuarenta años las estrellas de la televisión, de la única que había, hacían giras por los circos. Él junto a Miguel de la Cuadra Salcedo domaba elefantes en el espectáculo de Ángel Cristo. Ahora eso nos puede parecer una boutade, pero entonces era lo más normal del mundo.

Últimamente, lo escuchaba mucho en el programa de RNE No es un día cualquiera con Pepa Fernández. Poner la radio este sábado y enterarme de su fallecimiento ha sido conmovedor. No voy a abundar sobre sus virtudes como comunicador, que ya conocemos todos, sólo puedo decir que su voz y su trabajo incansable hasta el último día de su vida nos acompañarán siempre. Refrán: A la muerte ni temerla ni buscarla, hay que esperarla.

martes, 24 de abril de 2018

El milagro del indulto a ‘Orgullito’

Pocas veces sucede el milagro, pero pasa. Muy de tarde en tarde --y cada vez menos-- un toro es indultado en la plaza. Sucedió en la pasada Feria de Abril de Sevilla con ‘Orgullito’, de Garcigrande, al que El Juli lidió con maestría en la Maestranza. Con la fiesta nacional mantengo una relación de amor-odio. Pero en los indultos a los morlacos es cuando afloran mis sentimientos más comprensivos con la liturgia de la muerte al astado, precisamente por eso, porque no hay muerte, sino una protección de su vida a ultranza.

Justo Hernández, ganadero propietario de ‘Orgullito’, asegura que los toros indultados cuando vuelven al campo tienen una actitud especialmente arrogante «porque ellos mismos se saben héroes». No me extraña.

‘Orgullito’ tiene fiebre y puyazos profundos, pero todo apunta a que saldrá de ésta. Dicen que los toros indultados pueden llegar a vivir diez años convertidos ya en sementales. Cada temporada se suele indultar una veintena de ejemplares, aunque la cifra se va reduciendo lentamente. Los entendidos hablan mucho de la falta ‘de trapío’, de que la fiesta se está perdiendo por falta de toros realmente bravos.

El toro indultado es el animal que en el imaginario de lo que debe ser un toro-toro cumple todas las exigencias, especialmente en lo que se refiere a la entrega en la lidia. ‘Orgullito’ destacó por «su manera de empujar la muleta», asegura su propietario.

La verdad es que cuando veo en la plaza animal tan noble, hermoso y fuerte, no quiero que muera. Nadie en este encuentro hombre-toro debería hacerlo nunca. Por eso un indulto es una gran noticia, que ojalá se repitiera tanto que dejara de serlo.

Me gustaría que todos los toros de lidia fueran indultados y que la fiesta acabara con alegría para todos sus intervinientes. Pero los que ‘saben de toros’ aseguran que eso es imposible. Una pena. Refrán: Herido está de muerte, quien con sangre se divierte.