martes, 15 de enero de 2019

Las pulseras de actividad

Los Reyes Magos de Oriente, de los que se decía que eran santos, a veces traen presentes envenenados. Este año me las prometía felices con mi flamante ‘pulsera de actividad’, una especie de reloj que no solo marca las horas, sino que se convierte en una verdadera señorita Rottenmeier de tu vida. Como todas las cosas que carga el diablo esconde -detrás de una buena intención como es potenciar tu actividad física- un control absoluto, casi como estar siempre a las órdenes de un señorito cortijero con muy mala baba.
Lo primero que hace el aparato es conectarse a tu móvil, con lo que la confabulación de ambos artilugios es letal. Sobre todo porque se convierten en un auténtico chivato de todo lo que haces: que si has andado mucho, poco, con qué ritmo… El móvil empieza a marcarte objetivos y te premia o te regaña si no llegas. Cada kilómetro que haces se hace un comentario sobre tu ‘velocidad de crucero’ y cuando acabas tu caminata te envía un plano con todo lo andado, las calorías quemadas y con la posibilidad de enviarlo a tus redes sociales. ¿Y yo para qué quiero que mis amigos sepan que la ruta anticolesterol que hago a diario pasa por Casa Plata o por Moctezuma? Pues nada, parece que se trata del último grito. Después de llevar la pulsera unos días te sorprendes a ti mismo midiéndote el ritmo cardíaco cada diez minutos, preso de una hipocondría mayúscula.

Pero eso no es lo peor. Lo más curioso es cuando te mide la calidad de tu sueño. A mí empezó a decirme que apenas dormía, y no solo eso, sino que comparaba mi sueño con el de otros usuarios colocándome en un ranking diabólico, en los últimos puestos. Como todo buen tirano la pulserita de marras ya se ha convertido en un juguete para adultos indispensable para la vida. Pero prometo que en cuanto me ponga en forma me desharé de ella… Aunque lo mismo dije del móvil. Refrán: No creo en el destino porque odio pensar que no soy yo quien controla mi vida.

martes, 8 de enero de 2019

Como si no hubiera un mañana

Han pasado estos días festivos y nos encontramos ya en el nuevo año. Y en estos estertores finales de 2018 me he dado cuenta de lo irracional que nos hemos vuelto todos, especialmente con aquello relacionado con la comida y la adquisición de cosas, regalos y agasajos que van a parar a la papelera, olvidados en un rincón de un armario o ‘subregalados’ a otras personas, a veces con el mismo papel de envolver con el que nos lo dieron.

Durante estos días, a veces luminosos, a veces envueltos en la niebla, estamos agitados, convulsos, confundidos y erráticos. Vamos a los centros comerciales y supermercados como si no hubiera un mañana, como si se acabara el mundo el 26 de diciembre, el 1 de enero, o el pasado 6 de enero, tras la visita de los Reyes Magos. No me cuesta entender entonces la frustración de quienes pasadas estas fechas, vuelven a la rutina del tráfico, del atasco, de la prisa de los niños a la entrada del colegio, de los plazos que nos ahogan en las exigencias de los trabajos… He visto supermercados donde se agotaban alimentos, con estanterías vacías, con carros de la compra desbordantes que son un insulto en este mundo de desigualdades. ¿Nos hemos parado a pensar hacia dónde vamos? Algunos me dicen que este ‘chute’ de consumo a final de año es bueno para la economía. Me pregunto que para la economía de quién. Hay mucha hipocresía reinando en todas estas afirmaciones.

De todo esto, me quedo con la imagen clásica del Belén: una familia de refugiados, de exiliados, de perseguidos que no tienen nada. Un niño ha nacido en un pesebre porque le hemos negado la posada y se calienta con el aliento de las bestias que allí moran. Aún así, esa familia será ejemplo para mundo en los siguientes dos mil años. No tenían nada y lo tenían todo. No necesitaban más. Ojalá que en este año 2019 todos aprendamos a ser como esa familia. Refrán: Al hogar, como a la nave, le conviene la mar suave.

martes, 18 de diciembre de 2018

Allí donde dejo mi sombrero es mi casa

Decía sir Paul Young en un soul mítico de 1980 que «soy de allí donde dejo mi sombrero». Muchas veces he meditado sobre qué esconde ese sombrero y de qué está hecho para condicionar toda tu existencia.

Ahora que llegan tiempos de encuentros y reencuentros de extremeños en la diáspora me pregunto si sigo siendo un andaluz en la emigración o ya me he metamorfoseado en un extremeño con orígenes hispalenses. He vivido ya más tiempo en Extremadura que en mi tierra natal y fundado una familia aquí. También me he empadronado en Cáceres y como garrovillano consorte siento más cerca ese municipio que el pueblo de mis abuelos, El Pedroso, en plena Sierra Norte sevillana y ahora situado en el mapa por todo el feo asunto de los EREs.

¿Dónde dejé exactamente mi sombrero? ¿Y cuándo lo hice? No soy consciente de cuándo llegué al punto de no plantearme el retorno a Andalucía. Aquí, en el terruño, me desarrollé como profesional, como persona y sobre todo he amado -como dice Antonio Machado- todo lo que me permitieron las fechas asignadas por Cupido. Y cuando se trata de amor, la raíz parece que se agiganta, se hunde el suelo y se funde con la tierra. Es de suponer entonces que en temas de arraigo no se trata de sombrero sino de zonas del cuerpo mucho más por debajo de la cintura las que mandan en esto de sentir una tierra como tuya. Aunque evidentemente no se trata del único factor.

No tengo hijos, pero si los tuviera imagino que serían otro sombrero más que habría dejado sobre la faz de esta tierra, a veces invivible, pero ya insustituible para mí y para muchos que, como yo, vinieron para un periodo corto de tiempo y llevan ya más de 26 años.

Como cuenta Serrat en uno de sus grandes temas: «Fue sin querer, es caprichoso el azar». Lo cierto es que los vientos de la fortuna me llevaron hasta Extremadura y, de momento, la barca de mi vida quiere estar varada aquí, a pesar de tantos temporales. Refrán: De hombre arraigado no te verás vengado.