El pasado 30 de enero se cumplió el primer medio siglo del concierto de despedida de The Beatles en la azotea del número 3 de Savile Row, sede de Apple Corps.
Yo aún no había nacido pero me gustaría haber sido uno de los transeúntes que alzaban su mirada maravillados por el canto del cisne de la banda musical más icónica de todos los tiempos. La escena ha sido imitada hasta la saciedad, convirtiéndose en un icono de la música moderna.
Todo era naufragio por entonces en la banda. Mientras Lennon estaba fascinado a la vez por Yoko Ono y las drogas, Paul McCartney trataba de llevar el timón de una nave a la deriva con su mítico bajo Höfner. Ringo Star movía sus baquetas como insólito espectador de una debacle humana, mientras George Harrison veía que su talento estaba reconocido más fuera del grupo que dentro de él y era ninguneado por el binomio de amor-odio Lennon-McCartney.
El tema Get Back! quería ser una vuelta a lo esencial, al rock sin adornos de los orígenes de la banda. Fue el primero que se interpretó. No había mucho ensayo previo. Hasta Lennon tuvo que ser asistido por personal de los estudios para leer la letra. Algunos temas se interpretaron varias veces y como no se sabían los versos hay versiones distintas en cada toma.
Y en medio de esa improvisación el teclista Billy Preston interpreta uno de los solos de piano eléctrico más recordados de la historia. El concierto era un reto en todos los sentidos. Primero técnico, pues además de ser grabado en cine, tenía que subirse toda la ingeniería de los estudios a un tejado. El siguiente de los retos era musical: cuatro músicos que se clavaban cuchillos al bajar de los escenarios tenían que tocar acordados. Y, por último, el reto de la seguridad pública, ya que la policía acabó con 40 minutos gloriosos desenchufando los amplificadores del grupo. ¿El resultado? El mejor concierto de la historia. Refrán: A la ira y el enfado, darles vado.
Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
martes, 5 de febrero de 2019
martes, 29 de enero de 2019
Fitur, transporte y legitimidad
Nunca había tenido una sensación tan extraña como la experimentada el miércoles pasado entrando a Ifema para hacer la cobertura informativa de Fitur. A las puertas del metro miles de taxistas en pie de guerra se enfrentaban a la policía y gritaban consignas nada agradables. Sentí que mi libertad estaba secuestrada y algo de miedo. Mis familiares me llamaron por teléfono para saber si estaba bien, ya que aquel conflicto se estaba retransmitiendo por la televisión en directo.
La elección de esa manifestación no ha sido al azar. Pretendía ser una andanada en la línea de flotación a la ciudad de Madrid: colapso de las vías de comunicación y mala imagen a medio mundo de una gran feria internacional con 250.000 participantes. Solo periodistas acreditados en Fitur había cerca de 7.500, que han trasladado a sus lugares de origen una pésima radiografía de nuestro país, con el consiguiente impacto en nuestros flujos turísticos.
Siempre he creído en el derecho de huelga como un derecho inalienable, pero creo que deben existir unos límites. Creo que si te manifiestas pero conculcas los derechos de los demás --vaya, que los fastidias o empleas violencia-- las protestas quedan desautorizadas ipso facto.
El conflicto del taxi es consecuencia de un cambio de paradigma. Los taxistas de toda la vida han pagado una fuerte suma por sus licencias y ahora la llegada de las nuevas plataformas les hace pupa. Pues que se pongan las pilas y mejoren sus servicios. En muchas ocasiones hay taxistas con varias licencias que pasan de padres a hijos y eso se parece mucho a obsoletos derechos medievales. El mundo cambia. Y ahora le ha tocado al taxi.
Otra cosa es la igualdad de condiciones en una situación de libre competencia. Uber y Cabify tienen derecho a operar, pero no en un marco donde todo vale. Hay que sentarse y dialogar, pero, de momento, lo único que he visto es mucha rabia y mala baba a raudales. Refrán: Los amigos son como los taxis, cuando hay mal tiempo escasean.
La elección de esa manifestación no ha sido al azar. Pretendía ser una andanada en la línea de flotación a la ciudad de Madrid: colapso de las vías de comunicación y mala imagen a medio mundo de una gran feria internacional con 250.000 participantes. Solo periodistas acreditados en Fitur había cerca de 7.500, que han trasladado a sus lugares de origen una pésima radiografía de nuestro país, con el consiguiente impacto en nuestros flujos turísticos.
Siempre he creído en el derecho de huelga como un derecho inalienable, pero creo que deben existir unos límites. Creo que si te manifiestas pero conculcas los derechos de los demás --vaya, que los fastidias o empleas violencia-- las protestas quedan desautorizadas ipso facto.
El conflicto del taxi es consecuencia de un cambio de paradigma. Los taxistas de toda la vida han pagado una fuerte suma por sus licencias y ahora la llegada de las nuevas plataformas les hace pupa. Pues que se pongan las pilas y mejoren sus servicios. En muchas ocasiones hay taxistas con varias licencias que pasan de padres a hijos y eso se parece mucho a obsoletos derechos medievales. El mundo cambia. Y ahora le ha tocado al taxi.
Otra cosa es la igualdad de condiciones en una situación de libre competencia. Uber y Cabify tienen derecho a operar, pero no en un marco donde todo vale. Hay que sentarse y dialogar, pero, de momento, lo único que he visto es mucha rabia y mala baba a raudales. Refrán: Los amigos son como los taxis, cuando hay mal tiempo escasean.
martes, 22 de enero de 2019
Plataformas
Somos la tierra de las plataformas. Y sé que soy
políticamente muy incorrecto poniendo la lupa sobre ellas. Pero lo cierto es
que cada vez que aflora un proyecto, de cualquier tipo, aparece un conjunto de
ciudadanos que se opone. Siempre hay algo que salvar, algo que se extingue,
algo que proteger… Gracias a las plataformas ciudadanas se evitan los desmanes
de los poderosos o de los políticos, y se preserva el medio ambiente. Pero
muchas veces me pregunto sobre la representatividad de ellas, de cuántas personas
están detrás y de qué intereses son los que realmente mueven a esos probos
ciudadanos en sus demandas.
No nos engañemos. Tras muchas de esas agrupaciones
ciudadanas suelen estar las intenciones más o menos veladas de los partidos
políticos y otros grupos de presión. Una plataforma puede estar formada por un
par de ciudadanos avezados en la relación con los medios de comunicación, que
en muchas ocasiones nos convertimos en altavoces involuntarios –o no-- de
intereses partidistas o particulares. Creo que es necesario un equilibrio al
respecto y ser muy cautos a la hora de dar bombo a unas o a otras. Si los
intereses de las plataformas triunfaran siempre no evolucionaríamos. Nos
habríamos quedado en la puerta de la cueva ancestral, viviendo felices, en un
medio ambiente perfectamente conservado y tapándonos con pieles… Uy, pieles no,
que hay que proteger la fauna… Bueno, pues con lino… Uy, no, lino no, que las
fábricas textiles contaminan… Pues con plástico, uf, no que el plástico es
canceroso… Y así hasta el infinito.
En conclusión, las plataformas son necesarias y cumplen una
función. Pero creo que no todas tienen el mismo peso y que si las tenemos
siempre en cuenta Extremadura se quedará excluida de cualquier tipo de progreso
económico, como la gran olvidada que es en la actualidad. Refrán: Sólo cabe
progresar cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira
lejos. (Ortega y Gasset).
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