Buñuel en el laberinto de las tortugas de Salvador Simó es en la animación extremeña como el Akira de Katsuhiro Otomo para el cine japonés. Habrá un antes y un después de esta película en la que el talento extremeño rezuma por cada fotograma.
He de confesar que ya sentía admiración por la novela gráfica del cacereño Fermín Solís. La traslación al cine y al color de su universo se ha hecho de forma coherente y hace disfrutar al espectador desde el primer minuto del filme. Y no era nada fácil la historia, ni el tema: El universo de Luis Buñuel y su no siempre bien comprendida mirada a la comarca de las Hurdes plasmada en la película Tierra sin pan. Cine dentro del cine.
La acción comienza en París, donde las vanguardias artísticas bullían en torno a un surrealismo que Dalí lideraba. Buñuel aparece como el ‘niño malo’ de este movimiento envuelto en la incomprensión.
La cinta de animación redescubre la figura un amigo de Buñuel, el escultor y pintor Ramón Acín, quien tras ganar un premio en la lotería decide financiar un trabajo complejo en el lugar más inhóspito del continente europeo. Por cierto que Acín desaparecería y volvería a aparecer de los créditos de la cinta tras ser fusilado por anarquista.
Muy interesante es la recuperación del Buñuel niño, su tormentosa relación con su padre y las ensoñaciones surrealistas que trufan esta joya de los dibujos animados.
Otro acierto del filme es que incluye algunos fotogramas de la película original, aunque sin ‘destriparla’, lo que sin duda aumenta el interés de los aficionados al séptimo arte. Además la banda sonora de Arturo Cardelús es una delicia que apuntala la epopeya narrativa.
No soy experto en cine, pero auguro un gran futuro para Buñuel, en el laberinto de las tortugas. Lo que siento es que haya sido la presión popular la que haya obligado a su proyección en salas convencionales. Algo va muy mal en este país cuando esta maravilla queda vedada tan solo a unos pocos ojos privilegiados. Refrán: Una película de éxito es aquella que consigue llevar a cabo una idea original. (Woody Allen)
Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
martes, 14 de mayo de 2019
martes, 7 de mayo de 2019
Nostalgias de los gusanos de seda
En mis tiempos mozos -hoy me toca el rol de abuelo Cebolleta- no había móviles, ni tabletas, ni consolas, ni nada que se le pareciera. La calle era nuestro escenario natural y en ella se desarrollaba, para bien o para mal, nuestro mundo. En casa me esperaban la merienda, los deberes y los payasos de la tele, pero muy dosificados. Todavía recuerdo con emoción cuando vi -con los catorce años correspondientes- mi primera película con un rombo.
Lo cierto es que de ese mundo de limitaciones no he salido con ningún trauma aparente y con espíritu crítico sobre la realidad. Todo eran privaciones entonces. Todo lo más que nos dejaban era tener gusanos de seda.
Cuando era niño, ser poseedor de una caja de zapatos con su par de decenas de gusanos era todo un privilegio y un orgullo. Me pasaba las horas viéndolos comer, limpiándoles amorosamente las hojas y -todo sea dicho- haciéndoles alguna ‘perrería’. Los gusanos enseñaban el proceso de la metamorfosis de algunos animales y tenía algo de magia esperar a que saliera la mariposa del capullo. Y eso eran nuestros ‘ordenadores’, lo que nos fascinaba entonces.
Estos días he vuelto a ver por los árboles de la ciudad de Cáceres una hoja de papel fotocopiado anunciando que se vendían gusanos de seda y un teléfono de contacto. Me ha alegrado tanto que he quedado con los vendedores (por wasap, eso sí) para comprarles 5 euros de gusanos con su correspondientes moreras.
Ahora tendré que variar mis rutas del colesterol hacia los parajes donde hay moreras para recolectarlas pacientemente y sin hacer ningún deterioro. Suelo aprovechar las hojas que el viento ha tirado al suelo para no tener que arrancarlas.
Durante unos días volveré a ser el niño de hace cuarenta años y seré feliz sin necesidad de estar atado a una máquina, de ser esclavo de aventuras virtuales. La diversión la tengo encerrada toda en una caja de zapatos. Refrán: Lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los humanos
Lo cierto es que de ese mundo de limitaciones no he salido con ningún trauma aparente y con espíritu crítico sobre la realidad. Todo eran privaciones entonces. Todo lo más que nos dejaban era tener gusanos de seda.
Cuando era niño, ser poseedor de una caja de zapatos con su par de decenas de gusanos era todo un privilegio y un orgullo. Me pasaba las horas viéndolos comer, limpiándoles amorosamente las hojas y -todo sea dicho- haciéndoles alguna ‘perrería’. Los gusanos enseñaban el proceso de la metamorfosis de algunos animales y tenía algo de magia esperar a que saliera la mariposa del capullo. Y eso eran nuestros ‘ordenadores’, lo que nos fascinaba entonces.
Estos días he vuelto a ver por los árboles de la ciudad de Cáceres una hoja de papel fotocopiado anunciando que se vendían gusanos de seda y un teléfono de contacto. Me ha alegrado tanto que he quedado con los vendedores (por wasap, eso sí) para comprarles 5 euros de gusanos con su correspondientes moreras.
Ahora tendré que variar mis rutas del colesterol hacia los parajes donde hay moreras para recolectarlas pacientemente y sin hacer ningún deterioro. Suelo aprovechar las hojas que el viento ha tirado al suelo para no tener que arrancarlas.
Durante unos días volveré a ser el niño de hace cuarenta años y seré feliz sin necesidad de estar atado a una máquina, de ser esclavo de aventuras virtuales. La diversión la tengo encerrada toda en una caja de zapatos. Refrán: Lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los humanos
martes, 30 de abril de 2019
Las ‘Piedras negras’ de Eugenio Fuentes
Cada Día del Libro me impongo un nuevo reto como lector. Me esfuerzo por iniciarme en algún género literario desconocido para mí o sumergirme en alguna obra que sea distinta a las que habitualmente consumo. Tengo que confesar que soy un lector muy básico, de bestsellers, y por lo general, de textos que no requieren de un excesivo esfuerzo comprensivo.
Este año el desafío ha sido Piedras negras, del extremeño Eugenio Fuentes. La novela negra es un género que siempre me ha asustado por dos motivos: no me gustan ni la violencia ni las tramas complejas. Y afortunadamente este trabajo se aleja totalmente de esos dos escollos.
Elogiar a estas alturas la obra de Eugenio Fuentes es casi caer en el tópico o ser redundante, pero tengo que decir que Piedras negras es un trabajo digno de un orfebre del lenguaje, absolutamente recomendable y que te mantiene intrigado de principio a fin. Otro descubrimiento ha sido el de Ricardo Cupido, un personaje detectivesco cuya trayectoria ha sido esculpida en otras novelas y del que siempre quieres saber más sobre su intrigante vida y su forma de proceder ante cada caso.
No voy a desvelar mucho de la trama. El autor sabe llevar muy bien los tempos narrativos y no se hace difícil de seguir. Durante la investigación sobre un niño robado en la guerra civil, Ricardo Cupido se encuentra con un crimen con la especulación inmobiliaria de telón de fondo. Otra curiosidad es que la ciudad de Toledo, descrita de forma fantasmagórica, se convierte en un personaje más de la novela, y que los grandes poderes, el eclesiástico y el económico, revolotean por una historia con muchos tintes cinematográficos.
En resumen, he descubierto un autor y un personaje que me han seducido, quizá para siempre. Muy recomendables. Y encima son del terruño. Refrán: El arte de escribir consiste en el arte de interesar. (Jacques Delille).
Este año el desafío ha sido Piedras negras, del extremeño Eugenio Fuentes. La novela negra es un género que siempre me ha asustado por dos motivos: no me gustan ni la violencia ni las tramas complejas. Y afortunadamente este trabajo se aleja totalmente de esos dos escollos.
Elogiar a estas alturas la obra de Eugenio Fuentes es casi caer en el tópico o ser redundante, pero tengo que decir que Piedras negras es un trabajo digno de un orfebre del lenguaje, absolutamente recomendable y que te mantiene intrigado de principio a fin. Otro descubrimiento ha sido el de Ricardo Cupido, un personaje detectivesco cuya trayectoria ha sido esculpida en otras novelas y del que siempre quieres saber más sobre su intrigante vida y su forma de proceder ante cada caso.
No voy a desvelar mucho de la trama. El autor sabe llevar muy bien los tempos narrativos y no se hace difícil de seguir. Durante la investigación sobre un niño robado en la guerra civil, Ricardo Cupido se encuentra con un crimen con la especulación inmobiliaria de telón de fondo. Otra curiosidad es que la ciudad de Toledo, descrita de forma fantasmagórica, se convierte en un personaje más de la novela, y que los grandes poderes, el eclesiástico y el económico, revolotean por una historia con muchos tintes cinematográficos.
En resumen, he descubierto un autor y un personaje que me han seducido, quizá para siempre. Muy recomendables. Y encima son del terruño. Refrán: El arte de escribir consiste en el arte de interesar. (Jacques Delille).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)