martes, 4 de junio de 2019

Medio siglo de una encamada por la Paz

La semana pasada se cumplió el primer medio siglo de una encamada histórica. Desgraciadamente, los motivos que la originaron siguen vigentes. Desde entonces el ser humano no ha aprendido nada, o muy poco. Me refiero a aquel mítico Give Peace a Chance de John Lennon y Yoko Ono en un hotel de Montreal (Canadá) que sirvió para grabar una canción homónima e himno pacifista por antonomasia.
Creo que merece la pena recordar las circunstancias que rodearon a la grabación de este tema en el hotel Queen Elizabeth. John Lennon y Yoko Ono protagonizaban ruedas de prensa que eran auténticas performances. En Ámsterdam ya habían convocado a los periodistas para hablar del «amor en la cama». Fue en el Hilton y los que creían que iban a asistir a un hecho obsceno se encontraron a una pareja que hablaba de lo hermoso que era el amor y lo hacía tumbada en una cama. Nada más. Pero la de Canadá fue una acción más ambiciosa, días después.
En una modesta suite llena de hare krishna, curiosos y periodistas, se grabó con medios rudimentarios una canción de denuncia contra el imperialismo, contra los poderosos, contracultural y, sobre todo, pacifista. Las condiciones fueron tan precarias que hubo que añadir coros en la mezcla definitiva que salió en disco. El movimiento por la paz mundial tenía por fin su himno. Lennon y Yoko aparecen en unas fotos de leyenda, en la cama, con unos pijamas blancos. Es curioso que una canción con solo dos acordes haya tenido tanto recorrido.
En la actualidad, el hotel Queen Elizabeth ofrece la mítica suite 1742 por unos 2.000 euros la noche, y una réplica del manuscrito original.
El mundo 50 años después sigue girando, y la canción sigue inspirándonos a todos. Lástima que nos sigan separando la avaricia, la soberbia, la política y la mentira a los seres humanos. Refrán: Todo lo que decimos es démosle una oportunidad a la paz (John Lennon).

martes, 28 de mayo de 2019

Ceremonias de graduación, una horterada

A veces me siento la única persona del mundo a la que le parecen una horterada las ceremonias de graduación, tan en boga ahora. Recuerdo que en mis tiempos -que creo que no son tan lejanos- cuando superábamos un ciclo formativo o nos daban un título simplemente recogíamos las notas y a lo sumo nos tomábamos unas cañas en la cafetería.

Pero ahora nos ha invadido la Prom Night, sin duda influidos por el cine norteamericano. Sí, es esa fiesta a la que hay que ir siempre con pareja y en ella se decide toda tu vida (con quien te vas a casar, la universidad donde estudiarás, tus amigos...). Según el séptimo arte yanqui esa noche bendita tienes que alquilar un horrible esmoquin, una camisa de chorreras e ir a recoger a tu pareja a su casa con un ramo de flores.

En España todavía no estamos llegando a esos niveles de mal gusto pero estamos ya trabajando en ello. Las fiestas de graduación son simplemente una excusa más para sablear los bolsillos de los abnegados padres y una razón más para la ingesta masiva de alcohol en los abrevaderos habituales.

Los niveles llevan incluso a alquilar el Palacio de Concresos. En sus puertas veo desfilar a jóvenes y padres ataviados con las famosas bandas cruzadas de colores que lucen en los trajes largos. También veo a gaznápiros con pajarita, en muchos casos repetidores contumaces que han logrado superar el ciclo formativo de marras más por cagalástimas que por otra cosa. Y lo que más me sorprende es que luzcan el birrete universitario quienes no lo son siquiera.

En mi caso, superar cualquier escollo docente no era premiado ni reconocido, simplemente era mi deber. No se premiaba con coches o con un implante de pechos. Y es que eso de regalar y agasajar por cumplir con tus obligaciones como hijo o como estudiante lleva con el tiempo a minusvalorar el esfuerzo y a banalizar la realidad. Refrán: Hay alguien tan inteligente que aprende de la experiencia de los demás (Voltaire)

martes, 21 de mayo de 2019

Familia interespecie

Cuando llego del periódico a casa, nada más dar una primera vuelta a la llave, Dalí ya está saltando al otro lado de la puerta. Gala, siempre algo más apática, se despereza en el sofá. Dalí casi me derriba frotándose contumazmente sobre mis pies, haciendo ochos y dejándome el pantalón lleno de pelos. Lo primero que hago es darles de comer por riguroso orden jerárquico. Dalí comerá en la salita de la música su pienso especial contra los eczemas y tendré que cerrar la puerta para que no salga corriendo a la terraza, donde Gala ya está afilándose las garras y maullando sin parar pidiendo alimento para gatas castradas de atún y pollo. Una vez repuestos sus cuencos ya no les importaré nada.

Entonces será el momento de dirigirse al acuario. Todos los días tengo que limpiar las algas del cristal y controlar la temperatura, dureza y ph del agua. Si no hay que hacer ninguna corrección simplemente les daré de comer a los peces. Por la mañana, escamas; por la tarde, pellets; por la noche, larva de gusano rojo del Amazonas y si es festivo artemia salina (un microcrustáceo) congelada o viva.

Aún no me he puesto el delantal para meterme en la cocina a preparar la cena y me dirijo al gambario. Allí en apenas 20 litros mis gambas neocaridinas se alimentan de espirulina y pastan tranquilas en el verde musgo de java. Tienen regulada la temperatura por calentador y compruebo la conductividad del agua. Perfecto. Algunas están ya ovadas y pronto habrá nuevos habitantes en el gambario. ¡Qué alegría!

He dejado a los gusanos de seda para después de cenar. En su caja de zapatos llena de agujeros, dan cuenta cada día de cinco o seis hojas de morera. Elimino las viejas, les tiro las cacas e inspecciono por si alguno hubiera hecho el capullo. Nada. Habrá que esperar. Finalmente limpio el hormiguero que tengo en el cajón de la entrada. Tengo una hormiga reina desde septiembre y el otro día puso huevos que no prosperaron. Le dejo un poco de aguamiel en el tubo. Me tiro en el sofá, suspiro y pienso. ¿Pero quién es la mascota de quién