Cuando hablamos de ferias ganaderas extremeñas siempre se nos vienen a la cabeza las grandes citas de la Feria Internacional Ganadera de Zafra (FIG) y la Agrogadera de Trujillo. Sin duda esos certámenes son referentes de excelencia y fechas marcadas en rojo para los profesionales del campo, pero me gustaría reivindicar hoy el papel de las pequeñas ferias rurales, con cifras menos espectaculares pero igualmente exitosas, como la que el pasado fin de semana tuvo lugar en Albalá.
Con solo quince años de trayectoria y una gran tradición, me ha sorprendido gratamente ver las naves llenas de buen ganado y ambiente exclusivamente vaquero. Era la primera vez que iba, pero creo se ha hecho un gran trabajo. Porque eso es lo que está acabando por ejemplo con Zafra, que la fiesta y la política están ocultando lo más importante: los animales. Hace ya años que la FIG se ha convertido en espectáculo para público no especializado y ha dejado arrinconado el ganado. Sí, un millón de personas visita Zafra, pero, ¿cuántas van a hacer tratos o a comprar un semental?
Las subastas tradicionales han acabado como algo pintoresco y casi romántico. Lo cierto es que el papeleo para llevar un ejemplar a una feria es tan grande que muchos ganaderos desisten. El número de ganaderías participantes se está reduciendo y da la impresión de que son siempre los mismos los que compiten entre sí, más por una cuestión de costumbre atávica que por mejorar la raza.
Las instalaciones de Albalá, aunque mejorables, están bien equipadas. Falta un rodeo para los concursos morfológicos. Pero la variedad de ganaderías y la calidad no tenían nada que envidiar a otras ferias. Eso sí, la muestra comercial es mínima y la jornada técnica escasa. Pero al final, lo que importa es que los profesionales, los ganaderos, estén contentos, pues son los protagonistas, y a muchos eso se les olvida. Refrán: Beba mi ganado en el Tajo, aunque lama guijarros.
Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
martes, 29 de octubre de 2019
martes, 22 de octubre de 2019
Las ‘zapatillas de Jesús’
La delgada línea que separa la obra de arte de la horterada es cada vez más fina. Hace escasas fechas saltaba a los teletipos la última locura del mundo del diseño de zapatillas, las ‘Jesus Shoes’. En un mundo cada vez menos creyente, menos espiritual y más incrédulo, los diseñadores de zapatillas esgrimen como argumento de ventas algo tan surrealista como la fe en Jesucristo, figura que ha quedado arrinconada, especialmente entre la juventud, que ya no tiene más referentes que los personajes que pululan y copulan por Gran Hermano VIP.
Sin embargo, las zapatillas de Jesús se llaman así porque tienen agua bendita del río Jordán en sus suelas. Además, entre sus cordones asoma un crucifijo dorado. También lucen unas plantillas rojas, un sello de inspiración vaticana. En el costado del calzado se hace referencia a la escena bíblica de Cristo caminando sobre las aguas. También hay una gota de sangre en la lengüeta. Han sido diseñadas por un estudio de Nueva York y puestas a la venta por miles de dólares.
Pues han durado menos que un caramelo en la puerta de un colegio: minutos. Y no solo eso, sino que el comprador las ha revendido a su vez por 3.621 euros. El estudio MSCHF, con sede en Brooklyn, compró un par de zapatillas deportivas del modelo Nike Air Max 97 a precio de mercado, es decir, 160 dólares, y las tuneó. Et voilà! Revalorizó el producto a precios astronómicos. ¿Quién puede desear unas deportivas así? ¿Un marchante de arte? ¿Un deportista ultracatólico? ¿Un macarra del Bronx? Me parece una banalización mercantil, que conecta directamente con todo el tramado actual de ‘influencers’. Es lo absurdo de esta cultura de la colaboración, que deriva hacia el mal gusto, al considerar a Jesucristo como figura para reforzar los valores de una firma.
La escena bíblica echando a los mercaderes del templo, convertido en «cueva de ladrones» viene que ni pintada. Me gustaría que todos los que comercializan con un material tan sensible se dieran cuenta de que están revendiendo su alma al diablo. Refrán: Más vale un pan con Dios que dos con el Diablo.
Sin embargo, las zapatillas de Jesús se llaman así porque tienen agua bendita del río Jordán en sus suelas. Además, entre sus cordones asoma un crucifijo dorado. También lucen unas plantillas rojas, un sello de inspiración vaticana. En el costado del calzado se hace referencia a la escena bíblica de Cristo caminando sobre las aguas. También hay una gota de sangre en la lengüeta. Han sido diseñadas por un estudio de Nueva York y puestas a la venta por miles de dólares.
Pues han durado menos que un caramelo en la puerta de un colegio: minutos. Y no solo eso, sino que el comprador las ha revendido a su vez por 3.621 euros. El estudio MSCHF, con sede en Brooklyn, compró un par de zapatillas deportivas del modelo Nike Air Max 97 a precio de mercado, es decir, 160 dólares, y las tuneó. Et voilà! Revalorizó el producto a precios astronómicos. ¿Quién puede desear unas deportivas así? ¿Un marchante de arte? ¿Un deportista ultracatólico? ¿Un macarra del Bronx? Me parece una banalización mercantil, que conecta directamente con todo el tramado actual de ‘influencers’. Es lo absurdo de esta cultura de la colaboración, que deriva hacia el mal gusto, al considerar a Jesucristo como figura para reforzar los valores de una firma.
La escena bíblica echando a los mercaderes del templo, convertido en «cueva de ladrones» viene que ni pintada. Me gustaría que todos los que comercializan con un material tan sensible se dieran cuenta de que están revendiendo su alma al diablo. Refrán: Más vale un pan con Dios que dos con el Diablo.
martes, 15 de octubre de 2019
El 'Veroño'
Ha nacido una nueva estación climatológica: el ‘veroño’. Fruto quizá del cambio climático, tiene su origen en una distorsión cognitiva. Nuestros recuerdos de la infancia en septiembre y octubre están repletos de lluvia, de abrigos, de nubes amenazantes que descargan su ira en el campo. Ahora ya no sucede eso.
¿Cuándo morirá este verano? El otoño parece que no quiere llegar y los ‘veranillos del membrillo’ se multiplican. Lleno de contradicciones, el ‘veroño’ prolonga las temperaturas del estío mezclándolas con la caída de las hojas. La lluvia es un anhelo generalizado y las noches invitan a recorrer la ciudad antigua, con solo una manga, con las estrellas de fondo como testigos mudos de la hazaña. Y las estimaciones de los meteorólogos indican que hay ‘veroño’ para rato.
Los grillos siguen cantando en la ciudad a pesar de estar ya a mediados de octubre. Si os dais un paseo nocturno por los barrios de Nuevo Cáceres o Casa Plata los oiréis. Son los últimos resistentes, gracias al ‘veroño’.
Recuerdo que cuando empecé a ir a la Feria de Zafra, eso era sinónimo de lluvias, de grandes aguaceros que contentaban a los ganaderos. Ahora, se desarrolla siempre en un ‘miniverano’, malo para los profesionales y bueno para los feriantes del mercadillo y para los fiesteros nocturnos.
Este pasado fin de semana la ciudad monumental cacereña era un ir y venir de turistas. Las terrazas estaban llenas y se respiraba esa alegría que solo pueden inyectar el sol y la luz. Cánovas era un ‘sindios’ de hojarasca caída de los árboles y calor, en una especie de eterno retorno, un bucle que nos impedía salir de allí, siempre saludando a diestra y siniestra a las mismas personas.
Y es que el ‘veroño’ ha venido para quedarse. Llegará el invierno y no habrá otoño. He tirado toda mi ropa de ‘entretiempo’, ya no existe. Hemos arruinado el planeta y acabado con las estaciones. Estamos a un paso de que la Tierra sea solo un infierno. Refrán: En octubre, caída de hojas y lumbre.
¿Cuándo morirá este verano? El otoño parece que no quiere llegar y los ‘veranillos del membrillo’ se multiplican. Lleno de contradicciones, el ‘veroño’ prolonga las temperaturas del estío mezclándolas con la caída de las hojas. La lluvia es un anhelo generalizado y las noches invitan a recorrer la ciudad antigua, con solo una manga, con las estrellas de fondo como testigos mudos de la hazaña. Y las estimaciones de los meteorólogos indican que hay ‘veroño’ para rato.
Los grillos siguen cantando en la ciudad a pesar de estar ya a mediados de octubre. Si os dais un paseo nocturno por los barrios de Nuevo Cáceres o Casa Plata los oiréis. Son los últimos resistentes, gracias al ‘veroño’.
Recuerdo que cuando empecé a ir a la Feria de Zafra, eso era sinónimo de lluvias, de grandes aguaceros que contentaban a los ganaderos. Ahora, se desarrolla siempre en un ‘miniverano’, malo para los profesionales y bueno para los feriantes del mercadillo y para los fiesteros nocturnos.
Este pasado fin de semana la ciudad monumental cacereña era un ir y venir de turistas. Las terrazas estaban llenas y se respiraba esa alegría que solo pueden inyectar el sol y la luz. Cánovas era un ‘sindios’ de hojarasca caída de los árboles y calor, en una especie de eterno retorno, un bucle que nos impedía salir de allí, siempre saludando a diestra y siniestra a las mismas personas.
Y es que el ‘veroño’ ha venido para quedarse. Llegará el invierno y no habrá otoño. He tirado toda mi ropa de ‘entretiempo’, ya no existe. Hemos arruinado el planeta y acabado con las estaciones. Estamos a un paso de que la Tierra sea solo un infierno. Refrán: En octubre, caída de hojas y lumbre.
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