Hemos iniciado el camino a la ‘nueva normalidad’ a través de un galimatías de fases, normas y horarios que llamamos ‘desescalada’. Todos estos sustantivos de nuevo cuño me dan pavor porque sé que abren un camino hacia lo ignoto o al sometimiento. El virus ha interrumpido el vals de la vida en mitad de un compás sincopado. En la ‘nueva normalidad’ que se avecina ya no habrá conciertos y aglomeraciones en torno a la música. Se acabaron los viajes caprichosos a conocer este hermoso planeta y a nosotros mismos. Los bares, con aforos controlados, ya no serán un auditorio improvisado para escuchar teorías cuñadas.
La ‘nueva normalidad’ no pinta bien para el papel prensa y el rugir de rotativas. Lo mismo sucederá con la educación, que tiende a un sistema híbrido en el que la dependencia de las pantallas será total. El mundo vivirá en un permanente estado de ‘shock’ en el que los seres humanos estaremos controlados por salvoconductos que llevaremos en el móvil e incluso chips integrados en nuestras propias carnes. Las fronteras se van a controlar más y todo apunta a una bipolarización EEUU-China tecnológica y geoestratégica. ¿Y qué me dicen del sexo? El virus del miedo nos lleva a un escenario de tocarnos menos, desconfianza y besos programados con mascarilla y guantes.
Si algo tiene de positiva la ‘nueva normalidad’ que se avecina es que probablemente nuestros mayores sean más respetados y los lugares donde pasen sus últimos días no sean visto como un mero negocio. Y seguramente el trabajo de médicos y sanitarios será valorado como merece.También creo que nos encaminamos al trabajo colaborativo y al teletrabajo que, bien administrado, puede ser positivo. En definitiva, espero que la famosa desescalada no sea un descalabro hacia un mundo deshumanizado por completo. Refrán: Nosotros mismos somos nuestro peor enemigo. Nada puede destruir a la Humanidad, excepto la Humanidad misma (Teilhard de Chardin).
Artículos publicados en EL PERIÓDICO EXTREMADURA todos los martes, en su contraportada.
martes, 5 de mayo de 2020
martes, 28 de abril de 2020
El balcón indiscreto
Esa pareja que veo todos los días frente a mí a la hora del aplauso ¿Quienes serán? Son un matrimonio joven, con dos hijos, lleno quizá de esperanzas y sueños que han saltado por los aires en apenas un mes. En mi mente elucubro sobre cuáles serán sus aficiones o sus trabajos, si son funcionarios, si les gusta el reguetón o la salsa, si leen a los clásicos o si pasan el día frente al televisor.
Visten chándal y ropa deportiva, salvo el pasado 23 de abril, que salieron al balcón como si fueran a participar en el desfile de San Jorge. Carnaval para mitigar el miedo y la soledad que sentimos todos, escondidos en nuestras casas, esperando un milagro que parece que tarda en llegar. Ella lloró ayer sobre su hombro. Quizá ellos me miren y también se pregunten por la vida de quien les observa desde la ventana de enfrente, y se cuestionen sobre mi vida.
La tarde empieza a despedirse por las cornisas de los edificios de Nuevo Cáceres, en medio de un extraño rumor a primavera que no llega y olores extraños entre los árboles del barrio.
En otros balcones unos aplauden y otros golpean sus cacerolas en señal de protesta. Algunos hacen vida en ellos. Se les ve jugando al ping-pong, haciendo deporte en 3 metros cuadrados o empalmando un cigarrillo tras otro en una ceremonia de la confusión y la perplejidad.
Vuelvo a mirar a la pareja y me pregunto si de haber coincidido alguna vez seríamos amigos, habríamos quedado en el bar de la esquina algún viernes para hablar de cosas intrascendentes y vuelto a nuestras casas entre carcajadas. Podríamos ser grandes cómplices, pero no. La peste con la que hemos comenzado este siglo lo ha truncado todo.
¿Qué pensarán ellos de este tipo anodino y bajito, con una hipoteca sobre sus espaldas, colon irritable y pelo rizado y canoso que les mira? No lo sé.
La noche abre sus brazos y llena cada rincón de oscuridad. La música ha cesado. Los balcones se cierran. Ya no queda nada. Solo olor a insecticida y sirenas de ambulancias.
Visten chándal y ropa deportiva, salvo el pasado 23 de abril, que salieron al balcón como si fueran a participar en el desfile de San Jorge. Carnaval para mitigar el miedo y la soledad que sentimos todos, escondidos en nuestras casas, esperando un milagro que parece que tarda en llegar. Ella lloró ayer sobre su hombro. Quizá ellos me miren y también se pregunten por la vida de quien les observa desde la ventana de enfrente, y se cuestionen sobre mi vida.
La tarde empieza a despedirse por las cornisas de los edificios de Nuevo Cáceres, en medio de un extraño rumor a primavera que no llega y olores extraños entre los árboles del barrio.
En otros balcones unos aplauden y otros golpean sus cacerolas en señal de protesta. Algunos hacen vida en ellos. Se les ve jugando al ping-pong, haciendo deporte en 3 metros cuadrados o empalmando un cigarrillo tras otro en una ceremonia de la confusión y la perplejidad.
Vuelvo a mirar a la pareja y me pregunto si de haber coincidido alguna vez seríamos amigos, habríamos quedado en el bar de la esquina algún viernes para hablar de cosas intrascendentes y vuelto a nuestras casas entre carcajadas. Podríamos ser grandes cómplices, pero no. La peste con la que hemos comenzado este siglo lo ha truncado todo.
¿Qué pensarán ellos de este tipo anodino y bajito, con una hipoteca sobre sus espaldas, colon irritable y pelo rizado y canoso que les mira? No lo sé.
La noche abre sus brazos y llena cada rincón de oscuridad. La música ha cesado. Los balcones se cierran. Ya no queda nada. Solo olor a insecticida y sirenas de ambulancias.
martes, 21 de abril de 2020
150 miradas a Cáceres
Este jueves iba a ser para mí un día muy especial. Iba a presentar mi último libro, 150 miradas a Cáceres. Llevo preparando este acontecimiento hace mucho tiempo y nada me hubiera gustado más que hacerlo a lo grande, en Cánovas, en la Feria del Libro de Cáceres, este 23 de abril.
Sin embargo, el dichoso covid-19 y sus rigores lo harán imposible. No nos engañemos, a los periodistas nos gusta el contacto con el público y los lectores, algo que los finos llaman feedback. Todos tenemos un corazoncito y nos priva el reconocimiento, lo que en su justa medida es sano, pero que, en desmesura, se llama vanidad. La profesión tiene muchos amargores y pocas alegrías, por eso anhelo esos momentos de ligero relumbrón como el que estaba preparado para esta semana tan especial para la literatura.
Ya que no podré hacerlo personalmente, quisiera reconocer la ayuda de la escritora Pilar Galán, que me orientó, Eugenio Fuentes, prologuista y maestro narrativo, Paqui López Calvache, profesora y correctora, y Tomás González, autor de las fotografías de las cubiertas. 150 miradas a Cáceres es una selección de los artículos de esta Zona Zero de los últimos 13 años. En ellos se dibuja un aguafuerte de la vida en esta ciudad, pero muy lejano de esa ‘ciudad feliz’ que a algunos gusta tanto. Abundan los homenajes y la crítica, pero sin el uso del lanzallamas en el que algunos se sienten cómodos. Yo no. 150 miradas a Cáceres es un libro amable, cuyo objetivo es pintar una sonrisa en el lector. Para que eso sea posible, aunque los ejemplares en papel duerman el sueño de los justos en la Institución Cultural El Brocense, la Diputación de Cáceres va a colgar el contenido accesible para todos online. Si logro que el confinamiento le sea más leve a un solo lector ya me doy por satisfecho. Soy un escritor de otro tiempo y adoro el papel. El salto a lo virtual lo he hecho sin anestesia. El tú a tú con el lector tendrá que esperar. Refrán: ¡He venido a hablar de mi libro! (Paco Umbral).
Sin embargo, el dichoso covid-19 y sus rigores lo harán imposible. No nos engañemos, a los periodistas nos gusta el contacto con el público y los lectores, algo que los finos llaman feedback. Todos tenemos un corazoncito y nos priva el reconocimiento, lo que en su justa medida es sano, pero que, en desmesura, se llama vanidad. La profesión tiene muchos amargores y pocas alegrías, por eso anhelo esos momentos de ligero relumbrón como el que estaba preparado para esta semana tan especial para la literatura.
Ya que no podré hacerlo personalmente, quisiera reconocer la ayuda de la escritora Pilar Galán, que me orientó, Eugenio Fuentes, prologuista y maestro narrativo, Paqui López Calvache, profesora y correctora, y Tomás González, autor de las fotografías de las cubiertas. 150 miradas a Cáceres es una selección de los artículos de esta Zona Zero de los últimos 13 años. En ellos se dibuja un aguafuerte de la vida en esta ciudad, pero muy lejano de esa ‘ciudad feliz’ que a algunos gusta tanto. Abundan los homenajes y la crítica, pero sin el uso del lanzallamas en el que algunos se sienten cómodos. Yo no. 150 miradas a Cáceres es un libro amable, cuyo objetivo es pintar una sonrisa en el lector. Para que eso sea posible, aunque los ejemplares en papel duerman el sueño de los justos en la Institución Cultural El Brocense, la Diputación de Cáceres va a colgar el contenido accesible para todos online. Si logro que el confinamiento le sea más leve a un solo lector ya me doy por satisfecho. Soy un escritor de otro tiempo y adoro el papel. El salto a lo virtual lo he hecho sin anestesia. El tú a tú con el lector tendrá que esperar. Refrán: ¡He venido a hablar de mi libro! (Paco Umbral).
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