martes, 2 de febrero de 2021

Sueño un país

Sueño un país en el que nadie se salte la cola por respeto a los demás. En el que, si hay una situación de emergencia, los altos cargos militares sean nuestro escudo y no reciban primero las vacunas destinadas a los ancianos que deben defender. Sueño un país sin lameculos y pelotas que cuando tienen acceso a un medicamento no se lo ofrezcan primero a sus jefes esperando que este gesto les sirva para perpetuarse en sus trabajos bien remunerados sin esfuerzo. Sueño un país sin correveidiles con cargo político que, en vez de servir a la sociedad, solo piensen en servirse a ellos mismos y a los suyos. Sueño un país en el que no haya 700 altos cargos vacunados irregularmente y solo dimita una decena de ellos. Sueño con un país en el que un gerente de hospital tenga las entendederas mínimas para comprender que si vacunas a un mensajero, al cura y a los sindicalistas antes que al propio personal que está en primera línea está mal, muy mal. Sueño un país en el que el nivel del gobierno y partidos de oposición pueda superar un test mínimo de competencia. Sueño con una universidad que forme en el futuro a nuestros jóvenes y no sea una fábrica de venta de títulos on-line a los más pudientes y que estos créditos nunca se regalen a detentadores del poder. Sueño con un país en el que la educación y el diálogo presidan el día a día, y en el que la corrupción (ni grande ni pequeña) no sea la moneda de cambio. Sueño un país en el que el jefe del Estado no haya dedicado toda su vida a amasar dádivas, tarjetas opacas y billetes irregulares que contar con delectación. Sueño un país cuya bandera una a todos y no sea motivo constante de disputa. Sueño un país en el que quienes detentan una responsabilidad pública la tengan por sus méritos y no por las palmadas en la espalda que dan. Sueño un país, en definitiva que no se parece en nada a éste. La frase: “Qué buen vasallo si hubiera un buen señor” (Cantar del Mío Cid, verso 20)

martes, 26 de enero de 2021

Insolidaridad digital

El Rubius, nuestro youtuber nacional con más seguidores, anuncia que se muda a Andorra para pagar menos impuestos y se arma la marimorena. No entiendo por qué nos sorprende esta revelación hecha con desdén mientras jugaba a algún videojuego en directo. Desde hace años deportistas, políticos y reyes, entre otros nobles oficios, han decidido abjurar de su país para que su abultada cartera siga en esa situación. Que los millonarios sean egoístas no es sorprendente: ya sabemos cómo se adoban las grandes fortunas. Ahora la excusa tecnológica vuelve a sacar a la palestra un debate que era antiguo. Lo que me sorprende es que a los millones de seguidores de estos ‘creadores de tendencia’ y nuevos chamanes de la realidad no se den cuenta de lo insolidario que es este comportamiento. Estamos amamantando una generación de indolentes.

No voy a entrar en la calidad del contenido que crea este muchacho de pelo desordenado y dicción complicada. Lo cierto es que twitchers y streamers –así se llaman- se están empadronando en Andorra como locos en medio del estupor general. Si esta forma de ver el mundo se impone, en conjunción con la generalización del teletrabajo, aquí solo vamos a pagar impuestos cuatro románticos conscientes de su importancia en la construcción de hospitales, carreteras y servicios que disfrutan sin excepción todos los ciudadanos de un país, incluso los youtubers. Aquí pagarán impuestos sus seguidores, en muchas ocasiones jóvenes con pocos recursos que no pueden tener una casa en España y otra en Andorra, que se quedan obnubilados con una partida de videojuego. Lo que más me preocupa es esa proyección que el comportamiento egoísta y egotista está teniendo en una generación que no lee y no es crítica con la realidad. Los resultados ya los estamos sufriendo. La frase: El egoísta se ama a sí mismo sin rivales. (Cicerón). 

martes, 19 de enero de 2021

Sensación de bochorno frío

Voy de casa al trabajo y del trabajo a casa. No he querido ir a visitar a mis familiares en Sevilla durante las navidades. El círculo de personas con el que me relaciono puede contarse con los dedos de una mano y siempre bajo litros de gel hidroalcohólico, mascarillas y distancia social. Los pésimos resultados de la pandemia me hacen sentir abochornado y agotado. Mientras unos ciudadanos hemos seguido a rajatabla los consejos sanitarios, otros se han dedicado a transgredirlos sin miramientos so pretexto de que es algo que solo compete a ellos. Como he dicho en otra ocasión se trata de un cierre perimetral del corazón, de una falta de empatía brutal. Decía Sartre que el «infierno son los otros», pero en este caso no puede aplicarse. Estamos todos subidos a esta bola redonda que surca los espacios siderales y lo que hagamos en ella nos afecta a todos por igual. No me extraña que esta pandemia sea una forma en la que Gaia, la Tierra, nos avisa del poco cuidado que tenemos con este gran regalo que es el planeta donde vivimos.

El mundo está inmerso en la anomia, una falta de referencias alimentada por nuestros propios mandatarios. No nos pueden decir que hay que ser responsables y autoconfinarse, para seguidamente animar a reactivar la economía yendo a los bares y tiendas, para después cerrarlos. Esto es un ‘sindios’. Espero que todos los patinazos que los políticos están dando pasen la factura debida ante las urnas. Esta pandemia se va a llevar a miles de personas, la generación que trajo la democracia, y a gran parte de la clase política. Espero que para bien y los que vengan tras ellos sean más empáticos con los ciudadanos, más diligentes en sus actuaciones y más sinceros en sus planteamientos. Desgraciadamente este virus está sacando lo peor de nosotros: el egoísmo y la ineptitud más recalcitrantes. Refrán: Bochorno frío, aumenta el río.