martes, 11 de enero de 2022

Fragilidad y esperanza humana


Si una cosa es cierta en el ser humano es su fragilidad. Lo contó el gran pintor napolitano Salvatore Rosa (1615–1673) en un cuadro culmen del barroco. Este discípulo de Ribera se vio afectado por una peste que asoló Nápoles, ciudad que rivalizaba con París por ser entonces capital del mundo. 

La pandemia de entonces acabó con su hijo, su hermano y una hermana. El profundo dolor le llevó a representar una imagen dantesca: La muerte-canina obliga a escribir a un recién nacido la dura frase «La concepción es un pecado, el nacimiento es dolor, la vida es trabajo, la muerte una necesidad». 

Sin embargo, ante la aplastante realidad que estamos viviendo no quiero caer en el derrotismo de Salvatore Rosa. El hombre es frágil, pero también crisol de muchas virtudes que muchos se empeñan en ocultar por oscuros intereses. La pandemia pone negro sobre blanco nuestro lado más solidario. No puedo dejar de acordarme de los profesionales de la sanidad de primera línea y mal remunerados que juegan el físico en los cribados masivos y en los centros de salud, a veces en condiciones laborales que dejan mucho que desear. Tampoco puedo olvidarme de los amigos y vecinos que se ofrecen a asistir a los infectados dejándoles víveres en los ascensores, haciéndoles la compra o simplemente animándolos en su convalecencia. 

Cuando se está enfermo la realidad cobra su verdadera dimensión. Lo que creíamos grandes problemas empequeñecen. La vanidad se deshace como un azucarillo. Lo que antes era una gran ofensa se trasforma en una bagatela y solo importa el amor en cualquiera de sus acepciones posibles. Lo malo es que pasará la pandemia y volveremos a nuestras miserias cotidianas. ¿O no? De nosotros depende subir nuestro nivel de conciencia planetaria a un estadio superior.

martes, 21 de diciembre de 2021

La herida invisible

 La herida invisible

Las cifras de depresión son intolerables en una sociedad que invisibiliza el problema

La trágica desaparición de la actriz Verónica Forqué ha puesto sobre la mesa un tema tabú en la sociedad española: las enfermedades mentales. Las Navidades son una época en la que este tipo de patologías pueden ser más dolorosas para quienes las padecen, y especialmente para quienes están solos en estos días de fraternidad. 

El próximo viernes será la noche del encuentro con los seres queridos, aunque este año con el virus de la duda como comensal inesperado gracias a la variante ómicron. En medio de un escenario de gasto y de alegría externa son muchos los españoles que viven con una herida interior. Los datos son abrumadores: Diez personas se suicidan al día y otras 200 lo intentan. El consumo de ansiolíticos está disparado. La pandemia se ha convertido en un acelerador de los trastornos, con el 6,7 % de la población del país tocada por la ansiedad, exactamente la misma cifra de personas con depresión. 

¿Son tolerables estas cifras en una sociedad moderna? No. Estamos escondiendo el problema, invisibilizándolo, pero no por ello deja de estar ahí. Por eso creo que muchas veces debemos esforzarnos en comprender a aquellos que sufren angustia, tristeza o amargura vital. No vale de nada decirles eso de «anímate, hombre». Incluso creo que este clima de exaltación de la alegría no debe sentarles nada de bien a los enfermos mentales por una mera cuestión de contraste entre su alma rasgada y el bullicio y el clima, a veces muy fingido, de concordia universal. 

El regalo perfecto en estos días para un enfermo mental es que reciban nuestra comprensión y compañía, que hablemos con ellos con libertad de su patología. Es la mejor forma de celebrar la gran noticia del Amor de Jesucristo con los hombres. Más allá de una gran cena, de un presente para un familiar está el mensaje del niño que se hace Dios y nace en un humilde belén para todos los seres humanos sin excepción y especial para los que sufren

martes, 14 de diciembre de 2021

La entereza de la voz de Pablo Milanés

 La entereza de la voz de Pablo Milanés

Acudir a un recital de Pablo Milanés es hacer un ejercicio de nostalgia y desencanto a la vez

La voz de Pablo Milanés (78 años) tiene un registro parecido al de esos viejos contrabajos que con el tiempo ganan en matices sonoros. A esa privilegiada voz hay que sumarle una entereza artística y personal a prueba de bombas. 

Solo así puede explicarse que consiguiera levantar al público de sus asientos el viernes pasado en el Gran Teatro de Cáceres a pesar de un catarro soberano que debería haberle hecho guardar cama. Pero el concierto más aplazado del año no podía demorarse más y el adalid de la Nova Trova cubana sabe que con el público tiene un compromiso forjado desde hace décadas. No puede ni sabe defraudar.

Y Milanés es también un hombre arrojado si analizamos su compromiso político. Es uno de los pocos que -desde dentro- se atreve a señalar las carencias democráticas y materiales que se viven en la perla del Caribe. Acudir a un concierto suyo es hacer a partes iguales un ejercicio de nostalgia y desencanto. 

Recuerdo un recital de Milanés en Almendralejo hace ya cerca de tres décadas. Entonces le acompañaba una gran banda que hacía bailar a todos con sus montunos. Hoy su puesta en escena se ha adelgazado. Eso sí, le acompañan dos gigantes como Miguel Núñez (piano) y Caridad Varona (violonchelo), que ya por sí solos hacen grande el show. Trufó el recital con composiciones recientes que demuestran que no ha perdido un ápice de talento. Mantiene las canciones ‘de siempre’ y ha suprimido las de compromiso político. Solo deja espacio para la nostalgia y el amor. Ni rastro de aquellos barbudos que bajaron de Sierra Maestra. 

Milanés es la sobriedad hecha artista en escena. No regala ni un bis a sus seguidores, ávidos de que nos mienta y nos diga que el sueño de los días de gloria en Cuba fue verdad. Pero la realidad es muy tozuda. «No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió» (Joaquín Sabina