martes, 8 de febrero de 2022

Democracia ultracocinada

 

El bochorno que todos los años nos suele acompañar a la participación de España en el famoso festival de la canción de Eurovisión ha comenzado antes de la cita en Turín. No es baladí la cuestión. Lo que se pone en tela de juicio es el ‘miajón’ de la democracia y la participación de la ciudadanía en una televisión que, por cierto, pagamos entre todos. No soy experto, sí un entusiasta de la música como motor de cambio de las cosas, y el Benidorm Fest destila un tufillo a tongo macerado a fuego lento que tira de espaldas.


No sé quiénes han sido las cabezas pensantes que han calculado que las tragaderas de los españoles son infinitas. Han cometido errores básicos de comunicación. Es normal que una organización o un gobierno tengan un candidato preferido. Lo habitual es dejar claro que se está con él y si se quiere revestir su elección con la pátina del apoyo popular, perfecto. Pero si los planes no salen como esperas hay que aceptar el resultado. Las redes sociales han cambiado para bien o para mal la presión que legítimamente ejerce la opinión pública. Ya no vale convocar una votación y si no me gusta lo que sale posicionarme en contra. Sobre el Benidorm Fest planean sombras de muchas dudas y eso nunca debe suceder cuando se trata de un ente público. Es lícito querer darle una vuelta de tuerca a la participación de España en Eurovisión, pero no todo vale. Hay que explicar muy bien el peso del jurado ‘profesional’ y por qué sus miembros están ahí. No debe haber ninguna conexión ni tangencial con ninguno de los participantes. Lo cierto es que Chanel (que contaba detrás con una potente productora y asesores) era la favorita del ente público. Lo mejor hubiera sido elegirla directamente y no revestirla de una democracia ultracocinada como las encuestas de Tezanos. RTVE se ha autogenerado un problema. Dicen que una mancha de mora con otra se quita. Creo que ni aunque Chanel gane Eurovisión se van a poder despojar del olor a podredumbre generado. Seguiremos lamentándonos un año más.

miércoles, 2 de febrero de 2022

La absurda muerte de René Robert

 La absurda muerte de René Robert

La muerte de René Robert me ha conmovido. No por la desaparición de quien inmortalizara en sus trabajos fotográficos a lo más granado del flamenco, como Paco de Lucía o Camarón, que también, sino por las circunstancias tan desgraciadas de su fallecimiento, tremendamente reveladoras de la inhumanidad que nos está caracterizando. René, de 85 años de edad, había salido a dar un paseo. Se desplomó en una calle del centro de París y permaneció allí, ante la mirada ignorante de los transeúntes, tirado en el suelo, sin nadie que lo auxiliara, hasta bien entrada la madrugada. A las seis y media de la mañana un ‘sintecho’ dio la voz de alarma y alertó a los servicios de emergencia. René había fallecido por hipotermia en una calle transitada, ante la desidia y la molicie de todos. El laureado reportero gráfico no recibió un auxilio que previsiblemente le habría salvado la vida. ¿A dónde hemos llegado?

Esta situación me recuerda a la sufrida por Javier Echeverría-Torres Sauquillo, hijo de la política Paca Sauquillo, gran defensora de las libertades públicas, quien fallecía en el metro, donde se encontraba completamente solo, sin poder hablar, enfermo y en estado de semi-inconsciencia. Los responsables de seguridad que debían auxiliarle lo sacaron a la superficie y lo abandonaron a la intemperie, donde murió. Fueron condenados. 

Ya dijo Sartre que «El infierno son los otros», pero es una concepción del mundo excesivamente egoísta. Parecía que la pandemia nos iba a volver más empáticos con los problemas de los demás, pero desengañémonos, no es así. Me atrevería a decir que todo lo contrario. Nuestros hermanos están colapsando por las calles y nos importa un pepino. No somos humanos, no me reconozco en el espejo en el que me miro a diario. Refrán: Cuando el villano está en el mulo, no conoce a Dios ni al mundo. 

martes, 25 de enero de 2022

Una Fitur distinta a todas

Los ecos de la Feria Internacional del Turismo (Fitur) ya resuenan lejanos, pero me gustaría reflexionar sobre lo novedoso de esta última entrega, sin duda distinta a todas. En primer lugar porque la anterior Fitur se celebró en mayo del año pasado, con lo que ha habido menos tiempo entre ediciones. Otro dato singular es que no recuerdo una inauguración en el estand de Extremadura con la visita de dos ministros de la talla de Reyes Maroto y Miquel Iceta, la presencia de algún secretario general y la participación del presidente extremeño en varias ruedas de prensa, cuando lo normal es que circunscriba solo al Día de Extremadura.

Tampoco ha sido normal el acceso a Ifema. Dos filas. Una para los que tengan el Pasaporte Europeo Covid y otra para los que acceden con pruebas PCR. El resultado es un cuello de botella, al que hay que sumar los lógicos controles de rayos X por la presencia de los Reyes de España. Se tardaron horas en acceder a los pabellones. Si de por sí hacerlo es un caos en una Fitur ‘normal’ este año ha sido de locura. Otro tema es que a los periodistas se les obliga a entrar a las diez de la mañana. La mayoría tienen que montar equipos de radio, vídeo o conectar por internet con sus periódicos. He visto a algunos compañeros haciendo conexiones en directo entrando por la puerta, sin todavía llegar a su set de retransmisión. Más novedades: 53 presentaciones profesionales en el estand extremeño. Creo que la cifra es récord. El pabellón por vez primera era abierto al cien por cien y eso le ha proporcionado un gran dinamismo. Muy bien.

Lo cierto es que me quito el sombrero ante los profesionales –de la información y del turismo- que tienen que trabajar como ‘piojos en costura’ y en condiciones muy adversas esos días. Todo sea porque a Extremadura se la conozca mejor. El objetivo merece la pena.