martes, 18 de mayo de 2021

Fitur en mayo y sin folletos

Es extraña esta 41 Feria Internacional del Turismo, en pleno mayo, con los calores incipientes de esta primavera que se resiste a llegar, y sin folletos, ese oscuro objeto de deseo del viajero. A partir de mañana desde el Periódico Extremadura daremos cumplida información de cuanto suceda en el pabellón extremeño de la Institución Ferial de Madrid. 

Es la primera gran feria del país que se desarrolla de forma presencial en mucho tiempo y bajo estrictas medidas de seguridad sanitaria. Precisamente, hace un año Ifema cerraba sus puertas como gran hospital provisional ante la avalancha de casos de covid-19 en la capital de España. Fue todo un ejemplo de respuesta urgente, casi un milagro materializado en horas, en los pabellones 9 y 7. 

El estand institucional de Extremadura se encuentra en el pabellón 9 y será emocionante trabajar allí donde se libró una batalla por salvar las vidas de tantos ciudadanos. Ese pabellón concentra la energía de los profesionales de la salud que se dejaron la piel y la de que los que desgraciadamente abandonaron este mundo a causa de la pandemia.

A lo largo de 30 años tengo atesoradas muchas anécdotas sobre Fitur. La mayoría son festivas y se refieren a hechos que sucedieron fuera del recinto ferial, en lo que es la intrahistoria de la feria. Otras tienen que ver con los problemas técnicos derivados de enviar crónicas desde Madrid hace tres décadas, con procedimientos rudimentarios, como que se llevaran en mano los carretes sin revelar al periódico, o que las conexiones informáticas fueran un desastre. La que comienza mañana será también una feria muy especial por otros motivos. Tendremos el privilegio de llevarles la información a ustedes desde la misma zona cero de la pandemia con el recuerdo presente de quienes luchan contra ella y los que se quedaron en el camino.

martes, 6 de abril de 2021

Posología literaria

Todos los libros deberían indicar, al igual que las medicinas, cuáles son las mejores circunstancias para leerlos. Si para que un ibuprofeno te haga efecto y no haga daño es bueno que se administre después de comer, es lógico que algo similar suceda con la buena literatura. Me he dado cuenta con El huerto de Emerson de Luis Landero. No soy crítico literario y ni tan osado como para pretender valorar su trabajo. Pero sí creo que este libro, altamente recomendable, debería leerse cerca de una fogata o chimenea, rodeado de parientes lejanos y a razón de 3 capítulos por día. Yo lo he disfrutado subido en la solana del pueblo, que no es lo mismo que la lumbre, aunque este lacerante sol pascual ha hecho las veces de hogar. En ese patio, maté en una ocasión un deslabón, esa culebra ciega de la que habla Landero. No es un mito: existen. En la terraza me he identificado con el alburquerqueño cuando afirma que nunca se ha sentido más con un oficio que cuando era guitarrista. En ese gineceo doméstico me he preguntado en silencio sobre el género literario de El huerto de Emerson. ¿Autobiografía? ¿Ensayo? ¿Cuento? Quizá sea todo eso y nada, porque también es metaliteratura. En sus páginas se disecciona la especial relación del autor con distintos autores y libros. Y eso es lo que me ha dado la idea sobre la posología literaria. ¿La metamorfosis? Pues debe leerse en la oficina, 20 páginas al día. ¿Platero y yo? Frente a una dehesa, 5 capítulos día. ¿Un cuaderno de viajes? Subido a un tren, lo que dure el trayecto. La recomendación debería estar en la solapa o la vitola y estar escrita en letras rojas. De lo contrario, el lector corre el riesgo de indigestión literaria. En un mundo en el que los adolescentes hacen gala de solo leer el twitter, esta posología literaria podría hacer incluso que ganáramos algún lector. Y eso es una gran victoria. La frase: Cuanto más se lee, menos se imita. (Jules Renard). 

martes, 30 de marzo de 2021

Amargura

Llegó el Sábado de Pasión y pasó el Domingo de Ramos. De no estar inmersos en esta tragedia sanitaria y económica hubiera hecho estación de penitencia la cofradía sevillana a la que pertenezco. Me van ustedes a perdonar, pero, a pesar de mis treinta años de residencia en Extremadura, la hermandad de San Juan de la Palma (la Amargura) aún es un cordón umbilical que me une a mis hermanos y padres, a mis orígenes hispalenses. Sin duda, las cofradías de toda Extremadura tienen méritos de sobra, pero permítanme que sienta como propias la túnica blanca con cinturón de esparto y la cruz de malta sobre fondo rojo de los nazarenos de la Amargura. No soy habitual de cultos piadosos, ni de triduos, ni de liturgias ‘capillitas’, pero este segundo año sin Semana Santa en la calle, me deja un regusto muy amargo. No se trata de ninguna exaltación estética o folclórica. No es la añoranza ñoña de un día al año con hambre de capirotes, luz, saetas y bulla en las calles. 

La Amargura es como ese territorio seguro que siempre está ahí, con ese mensaje continuo de humildad y templanza que significa el silencio de Jesús ante el desprecio de Herodes. En la parroquia de San Juan de la Palma se han casado mis hermanos, bautizado mis sobrinos, y, de no haber pandemia, mi padre asistiría a las misas sabatinas. La Virgen de la Amargura ha sido objeto de ruegos y rezos familiares desde que tengo uso de razón. 

Estamos inmersos ahora en una larga noche oscura del ser humano, pero no es tiempo de instalarse en el pesimismo. Tenemos la inmensa suerte de tener todos muy cerca, en nuestras parroquias y templos, imágenes que nos hablan en estos días y siempre, en silencio, de la importancia de aplicar la misericordia y el amor a cada uno de nuestros actos vitales. Y solo a través el amor saldremos de este tremendo atolladero en el que estamos metidos. Refrán: En domingo de Ramos el que no estrena se queda manco.