martes, 14 de enero de 2020

José Vicente Moreno, cerebro en la sombra

A veces, tras los éxitos en cualquier orden de la vida está el trabajo de alguien que realiza su labor en la sombra y no suele aparecer en la foto o los titulares. Es el caso de José Vicente Moreno Arenas, coordinador de proyectos de la Red Extremeña de Desarrollo Rural (Redex), que nos dejó por sorpresa la semana pasada. Desde hacía diecisiete años se ocupaba de que en el difícil mundo del desarrollo rural hubiese la coherencia necesaria para que no se superpusieran actividades y que ningún dinero público se esgrimiese en vano.

Yo contaba con verle en próximas fechas con motivo de la Feria Internacional del Turismo. Ahora saber que no está me llena de hondo pesar, porque era el contacto de Redex con los medios de comunicación y quien me avisaba de cuándo estaban listos todos los miembros de la red para hacer la habitual foto de familia. No soy amigo de panegíricos ni obituarios, pero José Vicente representa una forma de trabajar que me gusta, porque huye del relumbrón y se centra en el trabajo y la amabilidad. Su preocupación por los demás le llevó a ser socio fundador del Instituto Extremeño para la Responsabilidad Social. Le conocí cuando trabajaba en la Mancomunidad de Lacimurga y le había saludado recientemente paseando por Cáceres. Ahora lamento que mi prisa me llevara a no pararme un rato para charlar con él. La próxima Fitur ya no será la misma sin José Antonio, el muñidor de muchos logros en los pueblos extremeños, que se ha ido tan discretamente como vivió.

También nos ha dejado hace escasas fechas, pero en este caso tras una vida muy fecunda, el escritor, cronista, profesor y colaborador en tiempos pretéritos de El Periódico Extremadura, Francisco Croche de Acuña (91 años), en Zafra. Lo conocí junto a nuestro añorado corresponsal Antonio Osuna durante una feria ganadera y aprecié que era un verdadero pozo de generosidad y sabiduría infinitas. Otro crack discreto que nos deja. Refrán: La muerte es tan cierta como la hora incierta.

martes, 7 de enero de 2020

Ilusión, el día después

Hoy es el día del regreso a la realidad, del café caliente apurado deprisa, de llevar a los niños corriendo al colegio entre el tráfico y la bruma, del sentir de nuevo que faltan horas al reloj. Las fiestas navideñas, que en España se alargan hasta el infinito, han terminado. En muchas personas existe un sentimiento de alivio, porque hasta lo bueno cansa, y porque muchas veces en el interior del corazón hay heridas que se agigantan cuando afuera todo es alegría, aunque esta en muchos casos sea fingida o forzada.

A pesar de todo, me gustaría que la ilusión de los días pasados se conservara para siempre, que nos empeñemos en ser inocentes como niños, aunque la realidad nos golpee con la fuerza de un garrotazo. Recuerdo con emoción, los Días de Reyes de mi infancia y esos regalos que anhelaba y que llegaron, más tarde o más temprano.

Un ‘Autocross’ y un microscopio me hicieron en aquella época muy feliz y jugué con ellos hasta destrozarlos. Antes, los juguetes se cuidaban muchísimo y pasaban de unos hermanos a otros. Hoy todo es más tecnológico y pasajero, y me temo que muchos juguetes solo sirven para que los niños los contemplen, sin interactuar con ellos. A veces pienso que los niños de hoy -agasajados en demasía por padres que sufrieron muchas privaciones- se ven desbordados. Y tanto estímulo, tanto videojuego, de alguna manera los convierte en zombis.

Insisto en conservar la ilusión, a pesar de todo. Aunque el día a día esté lleno de angustias y amargores. Prefiero pensar que todo va a ir a mejor, que mañana nos irá bien, aunque incluso nuestros representantes discutan a cara de perro y con argumentos y modales rudos. Comenzamos nueva etapa. Espero, sinceramente, que el futuro que nos espera sea para crecer. Yo les he pedido a los Reyes Magos un tren digno para todos… Será cuestión de tener ilusión. Refrán: Cuando seas joven, de ilusiones. Cuando seas viejo, de recuerdos.

martes, 17 de diciembre de 2019

Belenes ‘por lo civil’ y musgo

Las Navidades se han vuelto un campo minado. Recuerdo cuando siendo niño salía a buscar musgo para el belén familiar. Ahora, como nos estamos cargando el planeta, resulta que si te cogen arrancándolo te puede caer una multa de 200.000 euros, porque es una pieza clave del ecosistema y una especie protegida. Otro terreno pantanoso es la moda de los belenes laicos, que me parece que es una elucubración del tipo «hacer la comunión por lo civil».

Un belén laico es una de las grandes contradicciones a las que nos aboca este mundo en el que la espiritualidad se quiere hacer desaparecer. Los llaman ‘pesebres alternativos’, pero a mí me parecen una burla a la inteligencia. El belén trata de recordar el nacimiento de Jesús, que -para quien no quiera saber nada de su papel espiritual- hay que recordar que fue una figura histórica que marcó el devenir de los seres humanos para siempre y cuya existencia está documentada. A mí esos belenes que parecen un hospital robado me dan mucha pena, porque sus impulsores hablan de que quieren transmitir una idea, un concepto, una crítica al consumismo y cosas así, pero... ¿Hay algo más disruptivo que una familia de refugiados que tienen un hijo en un establo entre animales? ¿Hay un símbolo más vigente de la realidad diaria de muchos seres humanos del planeta dos mil años después del nacimiento de Cristo? Pues nada, que para algunos progres de salón hay que prescindir de mulas, niños, reyes y a veces hasta del pesebre, para mandar el mensaje universal del amor fraterno. Lo siento. Yo seguiré poniendo el belén napolitano que mi padre me regaló, con todos esas figuras históricas que a las nuevas generaciones de políticos les parece que sobran y les dan como repelús. Lo haré con inmenso amor y respeto. También saldré a coger musgo a riesgo de una multa millonaria. A lo mejor soy antiguo, carca, retrógrado y esas cosas, pero siempre se me encogerá el corazón al poner el belén y tendré presente a mis seres queridos, los que se fueron y los que están. Refrán: A burro viejo no se le cambia el pesebre.