martes, 12 de enero de 2021

Ángel del Cid, que nunca se jubiló

En ocasiones la agenda de la actualidad y de las circunstancias manda en el continuum informativo. Es lo que ha pasado de alguna manera con el fallecimiento, casi de puntillas, de Ángel del Cid (84 años) a principios de 2021. Del Cid fue conocido como el ‘rey del jamón ibérico’ cuando su empresa, Mafresa, se encontraba en pleno auge. Como otros grandes de los negocios en esta bendita tierra fue Premio Empresario Extremeño del Año 2006, cuando puso en marcha una línea de precocinados de jamón, la famosa quinta gama. En aquella ocasión, dijo que el secreto del éxito es el «entusiasmo, voluntad y mucha lucha». No le faltaba razón a este frexnense de adopción que llegó con apenas diez años a Fregenal de la Sierra junto a su padre, maestro y que estudió Profesor Mercantil.

Siempre de espíritu emprendedor, Del Cid fundó en 1960 Agrofico, de productos para el campo, a la que siguió Minolta España. Con todo el capital conseguido tras la venta de esta última, puso en marcha Mafresa, que contó siempre con una excelente relación con el mundo de la política, gracias a la cual multiplicó la capacidad de la firma, tanto en procesado de producto como en metros y número de trabajadores. Llegó a producir 100.000 cerdos ibéricos al año. Supo de la importancia de tener buenos contactos en la capital. Pasaba en Madrid largas temporadas y la publicidad de sus exquisiteces llegó a aparecer en el metro. Desgraciadamente, perdió hace una década el control de Mafresa, que en la actualidad ostenta el Grupo Jorge. Sin embargo, seguía al frente del hotel Cristina en Fregenal de la Sierra. No se rindió, luchó hasta el final con una larga enfermedad, imbuido siempre de ese espíritu incansable que siempre le caracterizó. Otro grande que nos deja. Refrán: Las personas no dejan de jugar porque crecen, crecen porque dejan de jugar. 

martes, 29 de diciembre de 2020

La vida es un trampantojo

En esta Navidad de ausencias y síndrome de la silla vacía del que muy pocos han podido escapar, las fiestas tienen ese sabor mineral que no borra el dulzor del mazapán y el turrón.

Con la que tenemos encima, con este mirarnos sin tocarnos, el conjugar la ilusión con la añoranza de los que se han ido es un juego de malabares. Ellos estaban aquí, llenando el espacio con sus palabras, con sus obras y también con sus defectos y miserias. Ahora la Navidad, nos pone cara a cara frente a la pérdida con su ausencia. Están ahí sus pertenencias, su espíritu, pero ellos no, aunque parezca que van a entrar por la puerta de un momento a otro. La vida se convierte es un gran trampantojo, una ilusión óptica por momentos, en la que, cuando cambiamos de ángulo, nos devuelve a un inmenso dolor y conflicto emocional.

Son muchos los extremeños que la semana pasada lucharon en sus casas contra este espejismo hiriente. No conozco año con más pérdidas personales, de familiares y gente cercana, por una u otra causa. El remate fue el día de Nochebuena, cuando me enteré del fallecimiento de Rosario Cordero, presidenta de la Diputación de Cáceres.

Tras tantas entrevistas, aunque no a fondo, pude conocer a la persona que hay tras el personaje público. Al margen de colores políticos, Cordero simboliza la larga lucha del municipalismo extremeño desde la llegada de la democracia y representa esa forma de hacer las cosas en las que el ciudadano estaba el primero. Su pueblo, Romangordo, está ornamentado con trampantojos, trasunto de esa gran ilusión óptica que es la vida y homenaje de los que se fueron. Con sus virtudes y defectos, Charo simboliza la desaparición de muchos extremeños este año, que lucharon hasta el final como decía Ché Guevara: «¡Hasta la victoria, siempre!»

martes, 22 de diciembre de 2020

Fuentes: el caminante impenitente

En literatura, como en periodismo, el autor puede transitar por las adormecedoras autopistas del algoritmo de Google y el testimonio de oídas, o bien dar un volantazo por las incómodas y tortuosas carreteras secundarias y los caminos rurales. Y todos sabemos que la segunda opción es la más honesta con la profesión de narrador.

Es lo que sucede a Eugenio Fuentes en su último trabajo Rutas, Dones, Heridas (Editora Regional) donde el autor montehermoseño bucea en el adn de Extremadura una década después de la primera entrega de Tierras de Fuentes, donde hablaba de Tierras, Frutos y Rostros. A la espera de nuevas aventuras de Ricardo Cupido, este libro se convierte en un excelente aperitivo, a la par que un buen discurso sobre nuestra identidad y las distintas extremaduras que hay en Extremadura.

Y Fuentes se ha calzado las botas y subido a la bicicleta por la dehesa en su periplo recopilatorio de artículos donde, lejos de convertirse en inquisidor con hachón encendido en su mano dispuesto a quemar vivo al hereje, lo hace desde un prisma amable e irónico.

Anécdotas como la de Felipe González e Ibarra por la A-66 o paseos por el megalistismo extremeño y sus piedras en equilibrio inestable, son algunas de sus rutas. Los dones constituyen un homenaje a amigos y experiencias como la del bodegón de Felipe Checa o el hierro de Miguel Sansón. El autor nos pasea por el estudio de Javier Remedios y la magia de la creación artística.

No tiene pudor al hablar de las heridas de nuestra tierra: el desierto demográfico, el drama de los tabaqueros o la seca. Finaliza el libro con una curiosa anécdota sobre el independentismo que personifica en la barretina jacobina y el gorro de Montehermoso, su pueblo. ¡Ojalá fuera Fuentes corresponsal del New York Times! Refrán: A Castilla el suelo. A Extremadura el vuelo.