martes, 19 de junio de 2018

Periodismo en la era de la posverdad

Todas las intervenciones de la pasada gala de los Premios Empresario del Año 2018 (por cierto las más vistosa y divertida de las 23 ediciones que llevamos hasta ahora) tuvieron un tema en común: las noticias falsas. La mentira, antítesis del periodismo, ha preocupado siempre a los profesionales y ahora a los amos del mundo. ¿Saben ustedes cuál ha sido el tema estrella de la última reunión del Club Bilderberg en Turín? Pues la posverdad, la trola.

¿Cómo evitar tragarse un bulo? Lo primero es distinguir los medios de comunicación que hacen una exhaustiva comprobación de la veracidad de las informaciones de aquellos que funcionan a golpe de ‘cortar y pegar’.

También recomiendo al lector hacer caso al sentido común a la hora de valorar una noticia y no a los prejuicios. Esa es la puerta de entrada de las noticias falsas a nuestro imaginario. Si una noticia ‘chirría’ hay que ponerla siempre en cuarentena y contrastar en otros medios y fuentes. Existen muchas webs en busca del like fácil y noticias generadas en agencias publicitarias que buscan colarse por las rendijas de la urgencia diaria en las redacciones, ahora muy adelgazadas en los medios tradicionales. Un viejo aforismo reza que «cualquier cosa que alguien quiere que se publique es publicidad y que todo lo que alguien no quiere publicar es periodismo». Por eso los periodistas son más necesarios que nunca ahora.

En este momento en el que las redes sociales encumbran o hunden a cualquier cargo público con informaciones que corren como la pólvora, urge que los ciudadanos sepan que detrás de una noticia firmada por un periodista está la garantía de fuentes contrastadas. Lo demás es adorar al algoritmo de Google. Refrán: Consejos vendo, que para mí no tengo.

martes, 5 de junio de 2018

Crucifijos

Sin biblias ni crucifijos. Así ha sido la toma de posesión de Pedro Sánchez, nuevo presidente del Gobierno, abriendo una nueva etapa desde el minuto uno. Este país teóricamente aconfesional, como se refleja en su Constitución de 1978, ha tenido, sin embargo, mucha reticencia a abandonar estas liturgias.

Antes de la Reforma Política, Adolfo Suarez se arrodilló ante el rey y la Biblia, colocando estos valores por encima incluso del propio Gobierno, fuera de la ley. Todos los presidentes del Gobierno han jurado o prometido sus cargos ante el texto sagrado y el crucifijo. A pesar de que la relación con la Iglesia es la de un Estado laico. Pero eso solo es en la teoría, puro papel mojado.

De facto, el peso de la religión católica es innegable en el devenir de la sociedad española, hecho alejado de lo que debe ser una realidad plural, en la que conviven muchas formas de entender la relación con lo trascendente. Además, el papel de la Iglesia en la educación, con conflictos eternos sobre quién da las clases de religión y cuántas horas, está siempre en el epicentro del debate. Eso sin hablar de regalías, exenciones fiscales y concordatos con la Santa Sede.

El crucifijo está presente en mi vida. Me santiguo por la mañana antes de salir de casa y a la hora de dormir. El sufrimiento de Cristo en la cruz tiene para mí, como para muchos, un hondo significado de entrega a los demás. Sin embargo, a estas alturas del siglo XXI, no creo que sea un elemento que se deba imponer ni aparecer en los rituales de asunción de poder. La religión, creo, debe mantenerse en la esfera de lo privado y personal, habiendo de mostrarse respeto tanto por quienes practican cualquier credo como para los que no.

Y por último, la tutela del crucifijo y la Biblia no ha sido nunca garantía de nada. Casi todos los políticos nos han acabado, finalmente, decepcionando por mucho juramento sacro que hicieran. Refrán: Con la cruz en el pecho, pero el diablo en los hechos.

martes, 29 de mayo de 2018

Te recuerdo Florentina

Todo el mundo debería volver a casa después de ir a trabajar. El trabajo no debe entrañar nunca poner en peligro tu vida, ni la de los demás. El trabajo no dignifica, como decía mi tía-abuela Carmela, maestra nacional en la república. El trabajo no nos hace libres, como se podía leer en el frontispicio de los campos de concentración nazi.

El trabajo es simplemente un intercambio, de esfuerzo, de talento, de actividad... por dinero para vivir, no para morir. El trabajo no es una suerte, una bendición divina, ni algo por lo que matar, mentir o prostituirse. El trabajo es, ni más ni menos, que un derecho recogido en nuestros más altos textos normativos. Por eso, cuando alguien va a trabajar y no vuelve, cuando el trabajo no sirve para ganarse la vida sino para perderla, no es trabajo... es un gran engaño.

En mi pensamiento tengo a José María Sánchez Tejeda (56 años) que falleció la semana pasada mientras trabajaba en un edificio en Madrid. Pienso en él, que fue al tajo y no volvió. Pienso en su mujer, Florentina Arroyo, y en sus dos hijas, que recibieron una llamada de teléfono que les cambió la existencia para siempre. Pienso en todos los obreros que diariamente se juegan la vida en obras. Muchos la pierden. Es cierto que cada vez menos. Pero en esta crisis económica cuando se trata de abaratar costes de lo primero que se tira es de la supresión de medidas de seguridad. Y que no me cuenten milongas.

Era la tercera semana de José María en Tygma, subcontratada para vaciar un inmueble. Fue el lunes a Madrid a trabajar. Como buen chinato era un excelente albañil. No regresó de la capital. En cinco minutos -como en la canción de Víctor Jara Te recuerdo Amanda- quedó sepultado por un derrumbe del edificio.

Ahora vendrán los sindicatos, el toma y daca entre la constructora, las subcontratas y demás miserias hasta que José María se convierta en un dato más, en una estadística, y solo queden las eternas lágrimas de Florentina como testimonio amargo de los que fueron a trabajar y no volvieron jamás.